EDITORIAL

Urge una política energética en la UE

El ramal norte del oleoducto que, procedente de Rusia, suministra a través de Bielorrusia el 12,5% del crudo consumido por la UE dejó de manar el lunes. Ayer, también se cerró el ramal sur, sumando a Hungría y Eslovaquia a una lista de damnificados en la que ya figuraban Alemania y Polonia. Pero no hay que llamarse a engaño: es toda la seguridad del suministro energético europeo la que, de manera creciente, está en peligro. Y sometida a variables tan imprevisibles como las batallas comerciales que, sin respeto alguno a las normas comerciales internacionales, ha emprendido Vladimir Putin con algunos de sus antiguos aliados, como Bielorrusia.

Varios factores contribuyen a que Europa esté hoy sometida al albur de estas circunstancias. Por un lado, su dependencia energética no deja de aumentar, tanto por el agotamiento de los recursos internos como por el abandono -por razones medioambientales o políticas- de fuentes propias como el carbón o la energía nuclear. La creciente necesidad europea coincide, además, con la colosal sed de energía de gigantes emergentes como China o India.

Pero quizá la variable más volátil es la actitud de un Putin que ha convertido los ingentes recursos energéticos rusos en ariete de la política exterior del Kremlin. Ayer, la Comisión Europea se encargó de recordarle que la credibilidad de Rusia como proveedor energético está cada vez más en entredicho.

Es este un inquietante escenario que pone más de manifiesto la urgencia con que la UE debe acometer el diseño y puesta en marcha de una política común energética. La canciller alemana, Angela Merkel, que ocupa la presidencia de la UE este semestre, reconoció ayer que ningún país puede hacer frente en solitario a los desafíos energéticos del siglo XXI, una confesión que contrasta con los acuerdos bilaterales que Berlín, de espaldas a la UE, ha suscrito con Rusia para garantizarse el suministro. Acuerdos que, por cierto, que no han librado a Alemania del corte de suministro de esta semana.

Merkel tiene ahora la oportunidad histórica de liderar el arranque de la política energética común. La Comisión Europa presentará hoy mismo un programa de trabajo para los próximos tres años que pretende crear un mercado energético competitivo, reducir la dependencia y dotar a Europa de una voz única ante sus proveedores. Las plausibles propuestas serán la base del Consejo Europeo que en marzo, bajo la presidencia de la canciller, fijará la ambición de la futura política energética.

En esa iniciativa ya no puede haber tabúes como la energía nuclear, la segregación de actividades en las empresas o el regulador europeo. Este segundo aviso de Putin, tras el corte del gasoducto de Ucrania de hace un año, ha mostrado la insensatez de anclarse en debates anacrónicos. Y sería injustificable que la benignidad de este invierno haga olvidar que el petróleo se acercó a los 80 dólares por barril el pasado año.

Los líderes europeos deben estar a la altura del desafío y no dejarse atrapar por supuestos intereses nacionales. La gran mayoría de los ciudadanos ya es consciente de que retos como la energía -igual que el medio ambiente- deben resolverse a nivel comunitario, y con el mismo rigor democrático exigido a escala nacional.