COLUMNA

España, geriátrico de Europa

Muchas veces hemos oído lo de que nuestra costa mediterránea se convertiría en el gran geriátrico de Europa. De hecho, ya llevábamos bastantes años observando la sistemática adquisición de viviendas por europeos, deseosos de alternar los años de su jubilación entre su país de origen y nuestras playas. Otoño e invierno aquí, y primavera y verano allí, se entiende. Este fenómeno ha colaborado a mantener la fuerte demanda de segundas residencias en la costa y, lejos de detenerse, parece que la apetencia de nuestro clima y hospitalidad continuará, a pesar de los imposibles precios que la alejan del poder adquisitivo medio europeo. La previsible contención de su valor mantendrá viva la demanda.

También sabíamos que la construcción de residencias o de complejos urbanísticos dedicados a personas de la tercera edad iba en aumento. No en vano el imparable envejecimiento de la población europea en general, y de la española en particular, precisaba de atención especializada. Como muestra, un botón. En 1900 los mayores de 65 años suponían en España el 5% de la población total; las previsiones para 2025 nos auguran que alcanzarán casi el 22%. En algo más de un siglo tendremos una configuración poblacional completamente distinta, por más que la intensa inmigración que estamos experimentando equilibre algo esta proporción.

Bueno, todo esto ya lo sabíamos. Pero ahora descubrimos que la cosa va a más, y que adquiere dimensiones hasta ahora insospechadas. No sólo se trata de que los europeos adquieran residencias ni que las empresas construyan residencias. No. Son los propios servicios sanitarios europeos los que integran la atención geriátrica en instalaciones en nuestro país. El pasado fin de semana, el diario El País titulaba un interesante reportaje: Noruega abre clínicas en Alicante. Municipios como Baerum, Bergen, Stavanger, Asier, y en breve Oslo, envían a pacientes de determinadas dolencias a la costa mediterránea española a instalaciones y residencias en lugares como Altea o L'Alfas del Pi durante su periodo de convalecencia o cura. El alcalde de Oslo, Ped Ditlev-Simonsen, anunció el pasado mayo la compra de un solar en Altea para construir una residencia de 50 plazas para sus ciudadanos. 'El sol es una energía fantástica', afirmaba una de las agradecidas pacientes. Y tenía razón. El clima templado y soleado mejora el humor, disipa las brumas de algunas depresiones y, sobre todo, ayuda a la recuperación de determinadas enfermedades, por no repetir lo de la mejora de la calidad de vida.

Entre otras enfermedades, el buen tiempo tiene efectos curativos sobre la artritis, la esclerosis múltiple, el derrame cerebral o los problemas respiratorios crónicos. Algunas ciudades nórdicas ya comprobaron que resulta más barato enviar a España a sus ancianos que atenderlos en su propio país. De hecho, se estima que el coste de una plaza resulta 15.000 euros al año más económica. Además del ahorro, nuestra costa le ofrece un clima envidiable. No es chocante, pues, que el Estado de bienestar nórdico incluya la atención de sus mayores bajo nuestro sol.

La fórmula de financiación es bien variada. Desde subvenciones para que acudan a centros privados, como el caso de la Hacienda del Sol en La Vila-Joiosa, hasta centros directamente construidos y gestionados por las Administraciones noruegas correspondientes. ¿Qué buscan? Pues básicamente el sol, y el menor precio comparativo, toda vez que los salarios en España son todavía un 40% más económicos que los noruegos. En principio, el sol seguirá por bastantes años, pero es prudente -y deseable- pensar que los salarios españoles se irán acercando progresivamente a los noruegos. También buscan una estabilidad política y una seguridad que, desgraciadamente, los países del Mediterráneo sur no ofrecen en nuestros días.

Sin duda alguna, España reúne muchos atractivos para convertirse en el geriátrico de Europa. ¿Es esto bueno, es malo? Sobre todo será inevitable, por lo que debemos prepararnos y, en lo posible, beneficiarnos de ello. Dado que es un fenómeno europeo, comunitaria debería ser la legislación que homologara las instalaciones de atención a esos mayores.

Estamos ante una poderosísima fuente de empleo. Pero no nos quejemos después de la masificación de nuestras costas ni de la demanda de inmigrantes. La atención de los abuelos europeos incrementará la demanda de suelo y de mano de obra.

Manuel Pimentel