COLUMNA

La sabiduría de la tortuga

Entre los muchos manuscritos que me llegan a la editorial, leo uno que me sorprende. Se titula La sabiduría de la tortuga y predica algo completamente diferente a lo que proclaman muchos de los manuales económicos al uso. Lejos de predicar la hiperactividad y la búsqueda del éxito rápido, defiende la calma y la lentitud. Afirma que el uso reposado del tiempo es bueno para la salud individual, social y empresarial.

El estrés, el síndrome del quemado, la ansiedad… ¿le suenan, verdad? Desgraciadamente, cada vez son más frecuentes entre las personas que nos rodean. Pues el correr más de lo que se debe, y el querer hacer más cosas de las que se pueden, son responsables, en gran parte, de estas dolencias del siglo.

'Si utilizamos el símil de la tortuga es para interrogarnos sobre los estilos de vida actuales. En la cultura del denominado primer mundo ser lento es sinónimo de ser torpe, ineficaz, tonto o inútil. Se impone la rapidez, todo tiene que estar listo en el momento. Por ejemplo, una espera de 15 segundos ante el ascensor se hace insoportable o por mucha alta velocidad de la que se disponga, nos enerva que no aparezca rápidamente una página en internet. Cualquiera que observe el día a día de nuestras ciudades verá una vorágine de sujetos corriendo desesperadamente de un lugar a otro. Muchas personas, si pudieran, desearían que el día tuviera el doble de horas o incluso la posibilidad de no dormir, ya que supone un tiempo desaprovechado'.

Romper la 'barrera del tiempo' de nuestras posibilidades pasa factura a cuerpo y mente, que se rebelan enfermando

Una noche, un atareado C. Honoré, se percató de que tenía prisa por terminar de contarle a su hijo el cuento de cada noche. En su mente ya se había instalado el principio de cuentos exprés de un minuto. Todo lo que lo sobrepasara era una pérdida de tiempo. Su instinto le hacía saltarse páginas para así poder terminar antes y dirigirse a su ordenador para hacer mil cosas más. Casi rompió a llorar. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué no era capaz de saborear ese momento entrañable? Y fue entonces cuando decidió cambiar los postulados de su vida. Escribió el libro Elogio de la lentitud, y se convirtió en uno de los principales teóricos del movimiento slow.

Slow es una tendencia cultural que replantea otros movimientos anteriores, tales como los de calidad de vida, new age, etcétera, bajo la óptica del tiempo. Apuesta por potenciar la desaceleración o la calma. No está a favor de la lentitud extrema o inapropiada, sino que apoya el tiempo justo que tiene cada cosa, y que debemos conocer y ponderar. Está a favor de un capitalismo lento, frente a un turbocapitalismo que no considera ni adecuado ni inteligente. Correr tanto no es sinónimo de hacer muchas cosas, ni mucho menos hacerlas bien. Decía Ortega y Gasset que 'prisa sólo tienen los enfermos y los ambiciosos'.

El movimiento slow tiene su propio decálogo: 1) cambiar el reloj por la brújula. Llegaremos donde queremos dando menos vueltas; 2) convertirse en el protagonista de la propia historia, no limitarse a correr tras los terceros protagonistas; 3) aprender a conocerse, tanto en fortalezas como en debilidades; 4) saber priorizar, otorgando prioridades y jerarquía de valores; 5) saborear el presente: carpe diem; 6) saber perder el tiempo: ganar calidad de vida; 7) darle tiempo al tiempo; la creatividad necesita su reposo; 8) saber simplificar; soltar algunos de los pesados lastres que gratuitamente arrastramos; 9) saber ser paciente y perseverante, pro activo y no reactivo, y 10) saber vivir: ser positivo y tener sentido del humor.

El romper la barrera del tiempo de nuestras posibilidades pasa factura a nuestro cuerpo y nuestra mente, que se rebelan y protestan como saben, enfermando. Y en el libro analiza algunos de los clásicos síntomas y enfermedades, la adicción al trabajo, el estrés, el burn-out o estar quemado y el narcisismo. Frente a todos ellos plantea una receta que considera infalible: la calma es oro. La filosofía última del movimiento no defiende el actuar demasiado lento, sino el hacerlo con talento.

San Agustín afirmaba que 'creía conocer lo que era el tiempo, pero si se lo preguntaban, ya no lo sabía'. Termino de leer el manuscrito, me tomo mi tiempo y lo tengo claro: editaremos el libro de José Luis Trechera.

Manuel Pimentel