EDITORIAL

Datos europeos para EE UU

Bruselas y Washington cerraron la madrugada del viernes un acuerdo preliminar sobre el traspaso de datos de los pasajeros de avión que cruzan el Atlántico. El nuevo convenio, que expirará a finales de julio de 2007, reemplaza el anulado por el Tribunal de Justicia europeo y evita, por tanto, un peligroso vacío legal tanto para las compañías aéreas como para sus clientes.

El acuerdo, sin embargo, es una nueva claudicación de la UE ante la Administración estadounidense, que basándose en su política antiterrorista muestra, cuando menos, una inquietante tentación extraterritorial. Con el visto bueno resignado de los ministros de Justicia de la UE, Bruselas renuncia al control de las 34 categorías de datos personales de pasajeros transatlánticos que EE UU ya exige desde hace dos años. El acuerdo de 2004, anulado como consecuencia de un inoportuno recurso del Parlamento europeo, restringía la utilización de esos datos a la autoridad de Aduanas estadounidense, que debía tener autorización, caso por caso, de las autoridades europeas para poder traspasarlos a otro departamento.

Washington, aprovechando el vacío legal provocado por la anulación del antiguo acuerdo, ha forzado que Europa renuncie a ese control. A partir de ahora, será el Departamento de Seguridad Interior de EE UU el que decidirá el destino final de los datos de pasajeros europeos, que estarán sometidos a un escasamente preciso 'adecuado nivel de protección'.

Paradójicamente, el acuerdo supone que los datos circularán con más facilidad en EE UU que entre las autoridades de los diferentes Estados miembros de la UE o, incluso, en algunos casos, que entre los distintos organismos de un mismo Estado. Washington ha invocado la eficacia que esa libre circulación supone en el combate contra el terrorismo para justificar la nueva permisividad. Quizá sea cierto. En ese caso, o bien la UE acuerda internamente la misma libertad para mejorar su propia protección antiterrorista, o bien acepta que ha tenido que claudicar ante el pragmatismo estadounidense. El resto es incoherencia y paños calientes para tranquilizar a la opinión pública.