Crónica de Manhattan

La peor nota, en sanidad

En el pasado se daba por sentado que el sistema sanitario estadounidense era, simplemente, el mejor del mundo. Con esta línea empieza un estudio comparativo sobre la atención a la salud en Estados Unidos hecho por la Commonwealth Fund, una organización no partidista y sin ánimo de lucro. Es un arranque que presagia que lo que se lea a continuación será una batería de razonamientos para acabar con esta asunción.

Y así es. El informe, publicado la semana pasada y hecho por estudiosos de la academia y el sector privado, califica el sistema sanitario americano ( privado salvo para pobres y mayores de 65 años), teniendo en cuenta 37 variables que miden la calidad, el acceso, eficacia y equidad, entre otros factores.

Tras estas pruebas la nota que se deduce es el suspenso.

No es algo nuevo para los 46,6 millones de personas sin seguro, aquellos que debido a la gravedad de su enfermedad encuentran rápidamente los límites de la cobertura privada o los miles que tienen que solicitar la quiebra por no poder pagar las facturas del médico o la farmacia. Pero es una llamada de atención de un organismo de peso que concluye que la mejora 'del sistema de sanidad es una cuestión de urgente necesidad nacional'.

El estudio concluye que lo más lamentable es que EE UU es el país que, de lejos, más gasta en sanidad comparado con el resto de los países industrializados. De hecho, se dedica a ello el 16% de su PIB frente a una media del 10%. La Commonwealth Fund recuerda que pese a estos recursos es el único país industrializado que no garantiza seguro universal y donde la cobertura sanitaria se deteriora 'dejando a millones sin acceso asequible a una sanidad preventiva y esencial'.

Y esto no sólo ocurre por el coste de los fármacos o la falta de coordinación sino que, como dicen muchos economistas y recordó en una entrevista televisada recientemente el ex presidente Bill Clinton, hay mucha burocracia en este sector, y cada vez que se mueve un papel hay que pagar.

Tal y como está 'sus costes no hacen más que elevarse y se pone en riesgo a los pacientes', explican en este estudio.

Para argumentar este punto se cita una estadística que calcula el número de muertes que podrían prevenirse con tratamientos efectivos y a tiempo en 19 países. EE UU está en los últimos puestos con 115 muertes por cada 100.000 casos al año. Francia, con 75 defunciones por cada 100.000 lidera este triste ranking. Por lo que respecta a mortalidad infantil, si en los tres primeros países industrializados hay 2,7 casos por cada 1.000, en EE UU hay siete. En cuanto a las pruebas médicas preventivas recomendadas, sólo el 49% se las hace.

En el capítulo de costes, según afirma el estudio, 'los presupuestos de las familias, los gobiernos (central y locales) y las empresas están cada vez más presionados'.

Los afectados lo saben. Empresas como las automovilísticas de Detroit viven una crisis sin precedentes en parte por los costes sanitarios que asumen de los trabajadores y que crecen. Cuando la crisis se empezó a profundizar, Thomas Friedman decía en The New York Times que no entendía cómo los dirigentes de GM, Ford y Chrysler, no se manifestaban todos los días frente a la Casa Blanca exigiendo un sistema estatal universal de salud. No lo hacen ni ellos (al menos públicamente) ni casi nadie, pero el mito de la calidad sanitaria está roto hace tiempo.