TRIBUNA

¿La mejor política industrial es la que no existe?

Los retos deunmercado cada vezmásglobal y competitivo exigen de los poderes públicos políticas que ayuden a las empresas españolas a ser más eficientes, según el autor. Una tarea que, en su opinión, debe tener una carga más técnica que política

Los retos de un mercado cada vez más global y competitivo exigen de los poderes públicos políticas que ayuden a las empresas españolas a ser más eficientes, según el autor. Una tarea que, en su opinión, debe tener una carga más técnica que política

Desde que en la época de Carlos Solchaga como ministro de Industria del primer Gobierno de Felipe González hiciera fortuna la frase 'la mejor política industrial es la que no existe', hasta la declaración de José Montilla al comienzo de su gestión como ministro de Industria, Turismo y Comercio del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero: 'La creación de este ministerio ha supuesto la vuelta de la política industrial a la agenda del Gobierno', han transcurrido unos cuantos años.

La primera frase hay que situarla en su contexto histórico. España tenía entonces una estructura industrial, heredada del franquismo, que los Gobiernos de UCD, sin respaldo suficiente para poder abordar política industrial alguna que no supusiera sostener, como fuera, lo insostenible, no se atrevieron a tocar. Al PSOE le tocó abordar el problema; desde la legitimidad que le daba ser un partido de izquierda, se lanzó a hacer una necesaria política de corte casi neoliberal. El Ministerio de Industria controlaba entonces dos grupos industriales enormes: el Instituto Nacional de Industria (INI), con empresas, la mayoría insertadas en sectores en declive, que habían tenido razón de ser, tal vez, en el pasado, pero que eran, entonces, paradigmas de la ineficacia; y el Instituto Nacional de Hidrocarburos (INH), mucho más eficiente y con un enfoque mucho más razonable desde el punto de vista industrial.

La liberalización de los mercados trae beneficios al consumidor y a las empre-sas, y es la que ayuda a que éstas sean más eficientes en un mercado cada vez más global y competitivo

La única forma de abordar el trabajo en el ministerio era a través de una drástica reestructuración con cierre de factorías no rentables en la industria naval, siderurgia, aceros especiales, etcétera. Esa política supuso el principio de la práctica desaparición de la industria pública, sentando las bases para la privatización de estas empresas una vez reestructuradas. Viendo lo que esperaba, se entiende más fácilmente la frase de la época del primer Gobierno de González.

La frase de Montilla, recién incorporado, anunciaba una nueva política industrial, no únicamente horizontal, como había venido siendo en los últimos años, sino también sectorial. No pienso que la mejor política industrial sea la que no existe, pero tampoco me parece acertada la vuelta a las políticas sectoriales. De hecho, no ha habido ningún cambio sustancial de política industrial.

La política industrial debe favorecer la competitividad de nuestra industria. No debe basarse en la protección de nuestra industria frente a los retos de la globalización, sino en el aprovechamiento por parte de nuestra economía de esa globalización. La liberalización de los mercados está trayendo beneficios para los consumidores y las empresas, y es ésta la que ayuda a que éstas sean más eficientes en un mercado cada vez más global y más competitivo.

¿Qué es lo que se puede hacer para ayudar a las empresas españolas a competir en el mercado global? Pocas cosas directas -aunque hay algunas- y muchas indirectas. Es fundamental mantener un cuadro macroeconómico estable; es primordial mejorar las infraestructuras de comunicaciones y transportes; es importantísimo fomentar la educación a todos los niveles para acrecentar el capital humano; es de cajón favorecer la investigación básica y la investigación aplicada; hay que flexibilizar todo lo posible el mercado laboral para favorecer que los ajustes de empleo en los sectores menos productivos y la creación de empleo en los más eficientes sea más fluida, y es preciso evitar situaciones en las que se vea restringida la libre competencia -¡y quedan muchas!-.

Tampoco podemos olvidar que hay muchas deficiencias en el modelo de liberalización global. Cuando hablamos de globalización y de libre competencia podemos estar olvidando lo poco liberalizado que está el sector de la energía a nivel planetario y lo estratégico que resulta para todos los países. El dilema de la utilización de la energía nuclear y el problema del agotamiento de los combustibles fósiles, controlados por un puñado de Estados y vitales para todos, están ahí.

De otra parte, está bien que favorezcamos la flexibilidad para abaratar los costes de transacción de las externalidades de cualquier tipo, pero tampoco podemos olvidar las gravísimas externalidades a largo plazo que afrontamos globalmente: contaminación, efecto invernadero, cambio climático, etcétera. Estos dos aspectos son los más genuinamente políticos de la política industrial.

¿No debería el Ministerio de Industria tener una carga mucho más técnica y mucho menos política? El ministro Montilla, como secretario del PSC, ha podido jugar un interesante papel político incorporado al Gobierno, pero ¿era el lugar adecuado el Ministerio de Industria? ¿Se puede estar cometiendo otro error con la incorporación de Joan Clos al ministerio? Puede que sea interesante para el PSC cambiar al alcalde y futuro candidato a la alcaldía de Barcelona, pero, sin juzgar su capacidad política, ¿es el perfil adecuado para el Ministerio de Industria? La política es para los políticos y tiene su propia lógica, pero en este tema yo no la veo por ningún lado. ¡Ojalá me equivoque!