COLUMNA

Arde Galicia... un año más

El presidente de la Xunta de Galicia ha dado por superada la grave crisis de los incendios que han arrasado la comunidad autónoma. El autor analiza la situación y sostiene que las distintas Administraciones siguen sin prestar suficiente atención a lo que califica como 'plaga'

Por primera y espero última vez voy a incurrir en intrusismo periodístico para narrar algunos aspectos de lo ocurrido en estas últimas semanas en una Galicia asolada por el fuego. Desde hace casi 25 años visito en todas la épocas del año esta tierra en la cual tengo numerosos amigos, conocidos y lo que ahora se califica de 'contactos'. No hablo pues a humo de pajas, si puedo permitirme la frase.

Un año más, decía, los bosques de Galicia están ardiendo. Las cifras oficiales recuerdan que el periodo más negro de incendios fue el comprendido entre 1994 y 2000, y entre 1985 y 1989 en cuanto a la vegetación afectada, observándose un leve descenso desde aquel último año hasta 2003, para resurgir con fuerza en 2004 y alcanzar cotas muy altas ya el año pasado.

Dicho esto, mi primera impresión es que las Administraciones públicas -autonómicas y local, ¡esas que se dicen están más próximas al ciudadano!- siguen sin prestar la atención debida a esta plaga. No repetiré lo recogido en la prensa a propósito de la falta de diligencia de los responsables de la Xunta para renovar convenios con Defensa, reforzar sin obsesiones lingüísticas los dispositivos contra incendios, olvidar lo puesto en pie por anteriores Gobiernos, subvencionar la limpieza de bosques, asegurarse que sus teléfonos de urgencia funcionan o reconocer rápidamente la gravedad de la situación -'Está bajo control', afirmó el domingo 6 de agosto el señor Pérez Touriño cuando seguían sin dominarse un centenar de fuegos y él debía continuar meditando sobre la 'nación de Breogan'-.

Los ayunta-mientos no están exentos de culpa, aunque sólo sea porque muchos dedican una porción mayor de sus presu-puestos a los festejos que a sus brigadas de protección civil

Tampoco los ayuntamientos están exentos de culpa, aunque sólo sea porque muchos de ellos dedican una porción mayor de sus presupuestos a los festejos que a la dotación de sus brigadas de protección civil y casi ninguno obliga a sus vecinos a mantener limpias unas fincas en las que se acumulan suciedad, vegetación de toda clase y materiales desechados de todo tipo, incluidos los inflamables -Galicia no es sólo la patria del 'feísmo' urbanístico, sino también la del inmundo minifundio de los residuos-.

Está también el pueblo gallego. Generoso en sus esfuerzos pero cauteloso a la hora de denunciar incendiarios y pirómanos, propenso a excusar sus propias omisiones y acciones -por temerarias que sean, y un ejemplo son las reservas mentales para aceptar su parte de culpa en el hecho insólito que señala que en esta comunidad los accidentes de tráfico se han incrementado en un 35% desde la puesta en marcha del carné por puntos- y más inclinado a actuar individualmente que en equipo -el contraste entre la disciplina y la organización de las brigadas militares y las civiles, con los consiguientes resultado, era estremecedor-.

He dejado en último lugar a la Administración central. No discutiré las dotes de pitonisa de la ministra de Medio Ambiente para referirme únicamente a dos aspectos: su timidez en solicitar ayuda internacional -parece que fue la Comisión quien recordó a nuestro Gobierno que podía solicitar medios a otros países- y el imaginativo recurso a la teoría de la conspiración.

Desde el franquismo es bien sabido que pocos argumentos hay tan socorridos como culpar a un enemigo desconocido de nuestras propias faltas. Comenzando por los despechados por no haber renovado un contrato hasta la 'banda de desalmados' -Rubalcaba dixit-, pasando por la heterogénea trama negra constituida por madereros sin escrúpulos, ávidos constructores, arteros narcotraficantes, enemigos jurados del eucalipto, cazadores, vinateros y todo el variopinto conjunto de agricultores desaprensivos, y acabando con los borrachos pirómanos sin pensión, lo cierto es desde hace 20 años las investigaciones, detenciones, interrogatorios y alguna que otra leve condena judicial no han podido explicar y menos ofrecer prueba alguna de que tales mafias existen y cómo funcionan. Y ahora el director de la Guardia Civil nos ilumina afirmando que 'no se puede confirmar la existencia de una trama incendiaria, pero como hipótesis tampoco se puede descartar'. He reservado para el final un modelo de falta de escrúpulos morales; hasta hace pocos días esa porción de la sociedad civil gallega que se puso en pie de guerra contra los Gobiernos central y autonómico en el naufragio del Prestige no había hecho acto de presencia ni aplicado su famosa consigna de Nunca mais a esta sempiterna tragedia de Galicia. Ha acabado haciéndolo en unas ridículas concentraciones que han reunido a unos centenares de personas tras pancartas que pedían simultáneamente 'Lumes nunca mais' y acusaba a los 'Ppirómanos'. Como muestra de hipocresía ética y desvergüenza política es muy reveladora.

'Adiós ríos, adiós fontes,/ Adiós regatos pequenos/ Prados, ríos, arboredas,/ Pinares que move ó vento'. El emigrante que cantaba Rosalía, cuando vuelva, no reconocerá la terra que dejó; sus conciudadanos la habrán destruido.