La opinión del experto

La dificultad como estímulo

Antonio Cancelo diferencia entre los ejecutivos que se encogen ante los problemas, echando balones fuera, y los que se envalentonan y se crecen ante lo inesperado. El secreto está en saber gestionarlo

Cualquier trayectoria, por muy brillante que sea, se ve salpicada de cuando en cuando por imprevistos indeseados, fruto de decisiones erróneas, equivocaciones o actuaciones propias o de terceros que interrumpen el camino trazado, creando dificultades adicionales ante las que resulta necesario adoptar una posición que permita paliar los efectos negativos o, mejor aún, superarlos. En este caso, no nos referimos a los grandes traumas que pueden sacudir la vida empresarial, hasta cuestionar la misma pervivencia, si no de aquellas cuestiones que sin afectar a lo vital trastocan el buen funcionamiento, introduciendo componentes inesperados que lastran el devenir esperado de los acontecimientos.

Todos los directivos con alguna experiencia saben perfectamente que las cosas nunca ocurren exactamente tal como se pretende y que los escollos no anticipados originan sorpresas desagradables que, si tienen alguna importancia, pueden obligar a un reajuste de prioridades que, al menos temporalmente, modifiquen la agenda de trabajo prevista. Si bien una actuación permanente excepcional apuntaría a deficiencia organizativas; lo contrario, pensar que nada debe salirse de lo establecido, reflejaría una visión poco realista del mundo.

En la cultura de cada directivo debería estar asumido el hecho de que periódicamente van a aparecer elementos extraños, circunstancias complejas e imprevistas que trastocan el orden esperado y que, precisamente por su contingencia, reclaman respuestas específicas que deberán elaborarse en el momento, pero para cuya elaboración se necesita algún material previo. Carecerá de ese material previo quien no acepte que esas cosas pueden pasar, y que del hecho de no estar previstas no se deduce en modo alguno que se escapen al ámbito de sus responsabilidades. Los directivos que se sientan apabullados por lo imprevisto, para quienes el peso de lo nuevo indeseado signifique una merma de su capacidad de reacción, que tiendan a evadirse, a dejar pasar el tiempo en espera de circunstancias más gratificantes, o que pierdan el humor. En definitiva, si huyen de su obligación estarán en una situación anímica escasamente propicia para elaborar soluciones que permitan resolver la cuestión planteada, por lo que su organización tendrá que soportar las consecuencias desfavorables de lo acontecido. Hay quienes se sienten agredidos por lo inesperado, considerándose injustamente tratados por decisiones ajenas, internas o externas, que la procedencia poco importa, como si fueran ellos a título personal el objetivo de tales decisiones. Su reacción más inmediata es proclamar la injusticia de lo sucedido, lo que se traduce en expresiones, con frecuencia malsonantes, que proclaman con palmaria notoriedad lo malvados que son los causantes de tales acontecimientos. Despilfarran una parte de las energías, que estarían mejor empleadas en el diseño de acciones destinadas a paliar o resolver la crisis. Analizar lo indeseado, en términos de justo o injusto, es una pérdida de tiempo, en tanto los causantes estén legitimados para decidir como lo han hecho. Otros dedican sus esfuerzos a buscar culpables, alejando de sí mismos cualquier atisbo de culpabilidad, incluso cuando lo ocurrido caiga en el ámbito de sus responsabilidades directas. Lo curioso es que, una vez determinado el culpable, creen haber culminado correctamente su tarea, por mucho que el asunto permanezca activo y siga perjudicando el desarrollo de la empresa. La empresa y su éxito pasa a un segundo plano, ya que lo verdaderamente importante es librarse de cualquier grado de responsabilidad.

Los directivos más experimentados han diseñado un comportamiento maduro para encajar los golpes

También hay quien encuentra en la dificultad un estímulo añadido. No son personajes que tiendan al masoquismo, si no que cuando se encuentran ante situaciones difíciles e inesperadas ponen en funcionamiento todas sus facultades, conscientes de que en esos momentos hay que recurrir a las reservas más recónditas y que no pueden permitirse el lujo de abandonarse a reacciones instintivas, probablemente cómodas pero irresponsables. Aparte del desahogo personal, no creo que se gane nada trasladando a la organización un estado anímico negativo, sobre todo cuando los demás no pueden hacer nada para resolver las cuestiones que han provocado tal estado. Cuando a los colaboradores se les convoca para poner en su conocimiento hechos que entorpecen el logro de los objetivos de la empresa, pero que trascienden a sus responsabilidades, hay que hacerlo como medio para estimularlos, haciéndoles partícipes de una situación negativa que se ha resuelto positivamente. Si no se presenta lo negativo acompañado de propuestas superadoras cuya aplicación ya se ha iniciado, se corre el riesgo de generar en la organización un pesimismo que dificultará el funcionamiento de otras áreas en principio ajenas al efecto indeseado.

Los directivos más experimentados han diseñado como parte de un comportamiento maduro la capacidad para encajar golpes, aunque estos alcancen partes prohibidas por los reglamentos, y ello sin descomponer la figura. Como no son superhombres ni supermujeres, han diseñado algunos trucos elementales que les permiten desahogarse sin contaminar, diferentes en cada caso, manteniendo en todo momento el dominio de sí mismos y, en consecuencia, toda su capacidad de acción. Nada importa la justicia o la injusticia de la acontecido, resulta intrascendente encontrar culpables, lo único importante es no desperdiciar la menor partícula de energía para dar respuesta a lo inesperado, que inevitablemente va a ocurrir por muy acertadamente que se gestione la empresa. La gestión de lo inesperado es un atributo que hay que cultivar a lo largo de la vida.