El laboratorio de Islandia
Hace algunos años una compañía logró el permiso del Gobierno islandés para poner en marcha un experimento sin precedentes: obtener la base de datos genética de un país entero. Se eligió Islandia porque esta isla, poblada a partir del siglo X por celtas y vikingos, y desde entonces -por razones geográficas obvias- apenas se han registrado movimientos demográficos. Ello ha provocado que, primero, reconstruir el árbol genealógico familiar sea una afición nacional y, segundo, que la islandesa tenga fama de ser la población más homogénea -menos mestiza- del mundo.
Ya unos años después son los inversores quienes fijan su mirada en esta isla volcánica, y también como una suerte de laboratorio. El banco central -Sedlabanki- subió ayer los tipos de interés tres cuartos de punto hasta el 13%. Hace tres meses estaba en el 10,25%. Resulta que los famosos desequilibrios globales han recalentado la economía islandesa, que aprovechó los bajos tipos de interés en Europa, EE UU y Japón para atraer dinero a un país cuyo bono rentaba el 9% y tenía calificación de AAA. Llegaba dinero del exterior y los bancos islandeses se financiaban en Europa con dinero barato. La corona se apreció el 60% en tres años y la economía creció al 6%.
Ahora llegan las vacas flacas. La inflación se ha ido al 8% y el déficit exterior al 16,5% del PIB. La deuda externa privada más que duplica la producción. Fitch ha recortado la calificación crediticia de Islandia, los tipos tanto a corto como a largo se han disparado y la corona se ha depreciado un 20% en el año.
Al contrario que el del genoma, el de la corona es un experimento involuntario, esta vez sobre los efectos de un mercado globalizado no ya en zonas económicas emergentes, sino en uno de los países más ricos del mundo en PIB per cápita. El euro tiene desventajas, y no son pocas, pero probablemente los desequilibrios de Islandia dentro del euro habrían sido más suaves. Como los que registra hoy por hoy la economía española, por poner un ejemplo.