La opinión del experto

El peso del pasado

Antonio Cancelo analiza cómo la historia de una empresa repercute en la gestión. Pide que el respeto a los inicios y al momento que vive la compañía puedan ser compatibles

En los inicios de cualquier andadura empresarial se encuentran las dificultades lógicas de cualquier comienzo, ya que todo está por hacer y es necesario buscar un hueco en un mercado en el que, generalmente, nadie siente la necesidad de un nuevo partícipe. Los titubeos propios de cualquier nacimiento se ven compensados por la energía de los protagonistas y por la limpieza del proyecto que, como no tiene historia, carece de las rémoras que el paso del tiempo va generando, al tener dos espacios a los que orientarse: el futuro, que hay que construir, y el pasado, que constituye la referencia en la que muchos se sienten seguros y a la que se aferran con pasión digna de mejor causa.

Es curioso, pero la pátina del tiempo empieza a acumularse a una edad temprana, ya que bastan diez años de trayectoria para, cuando la empresa apenas ha alcanzado la adolescencia y sus miembros se acercan a la edad madura, observar comportamientos empeñados en magnificar el pasado reciente, del que han sido coprotagonistas, mientras contemplan con recelo los signos, objetivamente gozosos, del progreso realizado. Me impactó profundamente la queja, absolutamente sincera, de una persona, activa y comprometida, que un buen día me dijo que 'esto ya no es lo que era'.

Algunos, da la impresión que equiparan a la empresa a una catedral, una pintura, una escultura, que nacieron concluidas y que el único mérito que pueden añadirles las generaciones futuras es mantenerlas tal como fueron concebidas. Bien al contrario, la empresa es un ser vivo que no puede permanecer si no se adapta con rapidez y precisión a los cambios del entorno, es decir, si acepta ser diferente, sin miedo a desprenderse de elementos que, aun habiendo sido necesarios, han quedado obsoletos.

Gestionar con acierto la presión de los tiempos, los que se fueron y los que llegan, es una tarea compleja

Gestionar con acierto la presión de los tiempos, los que se fueron y los que llegan, es una tarea directiva compleja, puesto que constituye un ámbito de actuación en que lo racional y lo sentimental crean una mezcla en la que, con frecuencia, es difícil distinguir con nitidez sus componentes y, aun en el caso de poder hacerlo, no se resuelve amputando cualquiera de los términos. Pasado y futuro, razón y sentimiento, deben conjugarse con habilidad, conscientes de la necesidad de un hilo conductor que, sin embargo, debe manifestarse con formulaciones diferentes a lo largo del tiempo.

Para el directivo se hace difícil gestionar la convivencia de una historia con el diseño de su continuidad, mucho más cuando ese nuevo diseño puede incorporar tantos elementos diferentes que muchos entenderán que hay más ruptura que adaptación. También las modificaciones acumuladas progresivamente generan sensación de ruptura, lo que se da en todas las empresas de éxito porque las comparaciones no se hacen entre ayer y hoy, sino entre hoy y hace cinco años.

Cuando la empresa ha tenido la inteligencia suficiente para prolongar su existencia durante varias décadas, la nostalgia se refugia en un pasado que se idealiza, dotándolo de virtudes inexistentes que poco tienen que ver con la realidad vivida en lo que ahora se añora. Mucha gente busca el paraíso perdido en el tiempo que fue y adopta una posición crítica hacia lo que ahora le toca vivir. Los datos objetivos de ese mejor tiempo pasado no corroboran el sentimiento de pérdida que invade a los que tienen historia dentro de la organización. Reconstruir la ilusión perdida es una labor que forma parte de la tarea de la alta dirección, a la que debería dedicar no pocos esfuerzos ya que, desgraciadamente, esa pérdida del sentimiento de la realidad que consiste en otorgar las virtudes al pasado y los defectos al presente, no se corrige haciendo que la gente participe en cursos de formación.

La explicación directa, comunicando el porqué de las cosas, la necesidad de cambiar para contribuir al bienestar de todos los que, directa o indirectamente, forman parte de la empresa, la potenciación del desarrollo profesional, la seguridad en el empleo, la explicitación de los valores que movilizan a la empresa, contribuirán en buena medida a que unos recuperen la ilusión y a que otros no se incorporen al pelotón de los nostálgicos.

A veces se piensa que el respeto a los valores fundacionales obligaría a las generaciones siguientes a una fidelidad inquebrantable que limitaría su capacidad para gestar su propio proyecto, como si el tiempo transcurrido y las modificaciones habidas hubieran sido contempladas en su integridad por los fundadores. Aún peor, se da por supuesto, aunque no se exprese de este modo, que el pensamiento inicial era claramente superior al actual, limitando así la libertad de las personas que hoy tienen que construir su futuro. Respeto a la historia y actualización tienen que ser compatibles y también en este terreno la responsabilidad máxima recae en los directivos.

Claro que, a veces, son los propios directivos quienes caen en el error de anteponer su pensamiento pasado al presente y, habiendo sido creadores de una idea de éxito que han sabido desarrollar posteriormente, consiguiendo el reconocimiento tanto interno como externo, dedican más tarde todos sus esfuerzos a la defensa de lo que antaño fue innovador pero que el paso del tiempo está dejando, o ha dejado ya, inservible. Si están situados en la cúspide de la organización y su prestigio se mantiene por un pasado brillante y ampliamente reconocido, el peligro es grave, ya que, sin desearlo, pueden crear la tumba de aquello a lo que tanto y tan equivocadamente aman.