Lealtad, 1

Las profecías autocumplidas

La frase, o la advertencia, de que solamente hay que temer el propio miedo la pronunció Franklin Delano Roosevelt, presidente de Estados Unidos en el año 1933, en lo más profundo de la Gran Depresión que se inició en 1929. Esta sentencia se ha vuelto una suerte de comodín ante cualquier circunstancia. Es sonora, conocida y fácilmente aplicable, lo que la asoma al lamentable mundo de las frases hechas, que a fuerza de querer decir todo no dicen nada.

Pero no es el caso. Roosevelt dibujó como nadie los efectos de las profecías autocumplidas, de los temores que provocan precisamente eso a lo que se teme, y que no habría sucedido de no ser por el dichoso miedo. La economía está plagada de profecías autocumplidas, como ya dice ese otro refrán, menos brillante, según el cual si la gente pensase que la llegada de las cigüeñas hace caer la Bolsa, esto terminaría por ocurrir. Hasta que un inversor no entiende que el mercado es poco más un estado de ánimo colectivo es difícil que se sienta cómodo en el mundo de los parqués.

Así, si a algo hay que tener miedo después de la última oleada vendedora de la Bolsa, es al propio miedo. Ya se ha repetido hasta el hastío que, en el fondo, nada ha cambiado. Y es cierto. Ahora bien, ojalá eso fuese suficiente como para descartar una nueva caída de los mercados. Las economías no cambian de un día para otro, pero la Bolsa sí. Y lo hace por sorpresa, de forma habitualmente desproporcionada.

Por eso, aunque ni los analistas más agoreros aconsejan hoy por hoy deshacer las carteras de renta variable, tampoco conviene amortizar las advertencias. Tengan más o menos base, si llegan a generalizarse lo suficiente las profecías terminan cumpliéndose por el mero hecho de pronunciarse. De ahí que la complacencia no sea buena compañera de viaje cuando la Bolsa baja y la volatilidad repunta.