EDITORIAL

Una reforma fiscal a medias

Cuando todo el mundo tenía los ojos puestos en la recta final de la negociación sobre el Estatuto de Cataluña, el Gobierno ha conseguido desviar momentáneamente la atención poniendo encima de la mesa su largamente anunciada reforma fiscal. Una reforma que simplifica el actual modelo tributario reduciendo el número de tramos del IRPF de cinco a cuatro, igualando la tributación de todos los instrumentos de ahorro y, en el caso de Sociedades, suprimiendo la actual maraña de deducciones a cambio de un recorte progresivo en los tipos impositivos. Se reduce con ello el excesivo dirigismo fiscal del que adolece el actual modelo tributario, que lleva tanto a particulares como a empresas a tomar decisiones de ahorro e inversión por razones fundamentalmente fiscales. Sin embargo, la reforma anunciada ayer queda muy lejos de lo que hacían presagiar las promesas hechas por el equipo económico del PSOE antes de llegar al Gobierno.

Entre el revolucionario tipo único de IRPF promovido entonces por Miguel Sebastián, actual director de la Oficina Económica de la Presidencia del Gobierno, y las reformas aplicadas por el Partido Popular durante sus dos legislaturas existe un término medio. Una posición que tiene como claros representantes al vicepresidente, Pedro Solbes, y al máximo responsable de Hacienda, Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que son quienes finalmente han impuesto su modelo de reforma. El propio Solbes cifró en sólo 'entre 4.000 y 5.000 millones' el coste total de las modificaciones, incluyendo IRPF y Sociedades, pero justificó la moderación de la reforma señalando que el Estado debe 'garantizar su suficiencia financiera'.

En materia tributaria es poco recomendable hacer grandes revoluciones, sobre todo si el modelo existente funciona razonablemente bien y las Administraciones públicas obtienen los recursos necesarios para aplicar sus políticas sin estrangular el desarrollo del sector privado. Pero la reforma anunciada ayer adolece de un exceso de prudencia.

De los cambios anunciados, que aún están sujetos a modificaciones, el único que realmente puede introducir mayor dinamismo en la economía española es la unificación en el 18% de la tributación de todos los instrumentos de ahorro, ya que el oxígeno que puede proporcionar una fuerte rebaja de la tributación empresarial se dosificará de tal forma que puede tener un efecto neutro sobre la atracción de la inversión.

Los cambios sobre el ahorro, estableciendo en el 18% toda la tributación independientemente del origen del rendimiento (plusvalías bursátiles, ganancias patrimoniales no bursátiles, seguros, dividendos o depósitos tradicionales), elimina las discriminaciones actuales que sesgaban el destino del ahorro particular hacia determinados productos, atendiendo exclusivamente a razones fiscales. Con el nuevo modelo, las entidades financieras deberán hacer un esfuerzo mucho mayor por diseñar productos que resulten atractivos por razones de rentabilidad y no por el atractivo tributario. Algo que necesariamente dinamizará la industria. Lástima que sea éste el único terreno en el que se da un salto realmente cualitativo.