EDITORIAL

Más población y más riqueza

Los intensos cambios en los movimientos migratorios de los últimos ocho años han convertido a España en el país de la Unión Europea con mayor entrada neta de extranjeros. A mediados de los años noventa, muchos expertos decían que nunca llegaríamos a los 40 millones de habitantes. Hoy ya somos 44. Y al intenso flujo inmigratorio se une un extraordinario repunte de la natalidad. Este proceso ha obligado al Instituto Nacional de Estadística (INE) a modificar al alza sus proyecciones demográficas. Según las nuevas estimaciones, la población española alcanzará los 53 millones de habitantes en 2050 si se mantiene el actual flujo migratorio. España lleva seis años consecutivos en los que la natalidad crece ininterrumpidamente. Esa tendencia ha roto la espectacular caída iniciada a mediados de los setenta hasta tocar fondo en 1998, cuando España fue el país con menor natalidad y empezó a envejecer aceleradamente.

La nueva evolución poblacional ha obligado también a elevar las perspectivas de la renta nacional y las previsiones del PIB, y es la principal explicación del continuado crecimiento de la economía española, muy por encima de la media comunitaria durante los últimos diez años. El incremento de la población y de la natalidad tiene como consecuencia lógica el aumento del consumo: por vez primera los hogares españoles han superado los 6.000 euros de consumo trimestral, gran parte del cual se destina a vivienda, en compra o alquiler. Así se cierra el círculo virtuoso del actual crecimiento de la economía, basado en el consumo y en la construcción -la demanda de vivienda seguirá siendo alta- y apoyado en el aumento continuo del empleo.

Si se consigue equilibrar la sostenibilidad del crecimiento, con mayor peso del sector exterior, y se eleva la productividad con mayor nivel tecnológico, el crecimiento está asegurado. En gran parte será gracias al aumento de la población. La llegada de inmigrantes y su aportación a la natalidad hace que crezca la complejidad social de España y es un elemento que, si actúa dentro de los cauces de la legalidad, aporta un notable vigor a la economía del país. Pero se equivoca quien crea que la inmigración es la panacea que resolverá todos los problemas.

Los positivos datos de la evolución demográfica no deben ocultar, sin embargo, un serio problema en nuestra pirámide poblacional que acecha en el tiempo: el envejecimiento de la población. España va camino de ser uno de los países más envejecidos del planeta por la alta concentración de ciudadanos en edad de jubilación y a causa del aumento continuo de la esperanza de vida, una variable a tener en cuenta porque ya está entre las más altas de los países desarrollados. Pese al fuerte flujo inmigratorio y a la recuperación de la natalidad, ni la proyección demográfica más expansiva lo evita. La ratio de jubilados frente a trabajadores activos se disparará en cualquier caso, y en la misma proporción lo harán los costes en pensiones y dependencia. Por eso cobran especial relevancia la reforma de las pensiones pendiente y la ley sobre dependencia que el Gobierno prepara para este otoño.