COLUMNA

El sector privado y los objetivos del milenio

Ha llegado el momento'. Con esta frase, el pasado 14 de junio el Secretario General de Naciones Unidas, Kofi Annan, junto con el presidente francés, Jacques Chirac, y el primer ministro británico, Tony Blair, inauguraron la conferencia en el Palacio del Elíseo de París, organizada por el Pacto Mundial de Naciones Unidas para más de 140 altos directivos de compañías de todo el mundo. El objetivo de la conferencia: definir qué papel debería tener la empresa en el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.

Los Objetivos son un compendio de ocho compromisos adoptados en la Cumbre del Milenio de 2000, en Nueva York -por 147 Jefes de Estado y Gobierno y 189 naciones en total- con el fin de erradicar la pobreza extrema del mundo.

Lograr los objetivos adscritos a la Declaración del Milenio, generada a través del mayor consenso internacional de la historia, supondría que en los próximos 10 años se podría liberar a más de 500 millones de personas de la extrema pobreza y a 300 millones de padecer desnutrición crónica, 30 millones de niños dejarían de morir antes de los cinco años y 115 millones podrían ir a la escuela por primera vez en lugar de trabajar en fábricas o en campos de cultivo, dos millones de mujeres dejarían de morir en el parto y la enfermedad del sida dejaría de propagarse. Aún estamos a tiempo de conseguirlo.

Es momento de que la empresa vaya más allá de la responsabilidad social y, sin comprometer sus beneficios, contribuya a liderar la lucha contra la pobreza

Kofi Annan siempre fue claro a la hora de especificar que ni Naciones Unidas, ni ningún actor de forma individual, logrará cumplir por si solo con los Objetivos del Milenio; para ello será preciso aunar esfuerzos a través de una voluntad política firme, una sociedad civil vigorosa y un sector privado activo.

Sin embargo, el progreso de estos últimos cinco años en el logro de los Objetivos no ha sido el esperado. De hecho, en cuanto a logros cuantitativos, ha sido un auténtico fracaso. Es verdad que ha habido ciertos avances: a nivel gubernamental, seis nuevos países se han comprometido en aumentar la Ayuda Oficial al Desarrollo a un 0,7% del PIB, entre ellos España, y recientemente se ha cancelado la deuda externa de 18 países empobrecidos, que representan a 296 millones de personas.

Por otro lado, la sociedad civil ha iniciado una de las mayores campañas de la historia a través de la Llamada Global Contra la Pobreza, que en España ha adoptado el lema Pobreza Cero Sin Excusas, para movilizar a la ciudadanía y exigir a los gobernantes que cumplan con sus responsabilidades firmadas en la Declaración del Milenio. Pero a pesar de estos esfuerzos, todos los informes señalan que los objetivos no se van a lograr.

'¿Y qué está haciendo el sector privado?' se preguntan muchos de los actores que participan activamente en este movimiento global para erradicar la pobreza. '¿Qué podemos hacer?' parecían responder en el foro de París los presidentes signatarios del Pacto Mundial. Al parecer, mucho.

La empresa ha entendido que su interacción con el entorno social y los problemas del mundo tiene un impacto directo en sus riesgos empresariales, en su reputación, en la moral de sus trabajadores y en la solidez de los mercados de los cuales depende. Su reacción a la hora de aplicar políticas de responsabilidad social realizando informes sostenibles, promoviendo la transparencia y adoptando códigos éticos, demuestra su voluntad de adaptarse a un entorno social cada vez más sensibilizado y exigente, del cual es consciente que forma parte intrínseca.

Sin embargo, ante el reto común de la nueva Agenda Global del Desarrollo, este compromiso es insuficiente. Con más de dos tercios de la humanidad viviendo por debajo de los niveles de dignidad humana, 800 millones pasando hambre y 30.000 niños muriendo cada día por causas relacionadas con la extrema pobreza, ha llegado el momento de que la empresa vaya más allá de su política de responsabilidad social para convertirse en un aliado estratégico que contribuya a liderar la lucha en contra de la pobreza extrema en el mundo. Este compromiso no tiene por qué comprometer su capacidad de generar beneficios. Todo lo contrario.

La empresa es un actor clave a la hora de crear oportunidades para que esos dos tercios de la humanidad que viven con menos de dos euros al día puedan beneficiarse directamente de la economía, de la generación de empleo, de un incremento de renta y de la mejora de la calidad de vida.

Puede estimular la generación de capacidades locales mediante una cooperación estrecha con la comunidad local, puede fomentar la proliferación de mercados internos en los países menos avanzados y promover prácticas comerciales sostenibles. También puede promover un entorno regulador favorable a la generación de actividades económicas, fomentando la coherencia de las políticas con las necesidades básicas del país y adoptando un compromiso serio con el desarrollo sostenible, enfatizando especialmente la gobernabilidad y la transparencia. Puede replicar las buenas prácticas que han generado un impacto positivo en el cumplimiento de los Objetivos del Milenio, puede ejercer una función clave en las acciones de sensibilización y comunicar la problemática del desarrollo y sus soluciones, puede fomentar alianzas con el sector público para lograr conjuntamente objetivos de desarrollo concretos, y puede desarrollar nuevas asociaciones con la sociedad civil activa en la base de la pirámide.

El secretario general de Naciones Unidas ha resaltado que es la falta de actividad económica, no su presencia, lo que condena a gran parte de la humanidad que está sufriendo. La empresa puede. Y ante el dramatismo de la situación actual, en esta cuenta atrás de diez años para lograr los Objetivos del Milenio, muchos opinan que el poder debería ser un deber.