COLUMNA

Una crisis necesaria

Este fin de semana tiene lugar la cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea. El momento es propicio, unas semanas después del rechazo de la Constitución en Francia y en Holanda. El punto fundamental de la agenda, la discusión del presupuesto de la Unión Europea para el 2007-13, refleja de manera muy clara una de las razones de la crisis institucional en la que está inmersa la Unión Europea. Francia y Reino Unido están enfrentados a raíz del cheque británico (Francia ha propuesto que la devolución anual de parte de la contribución británica al presupuesto comunitario se reduzca drásticamente). Reino Unido ha respondido de la manera esperada, si no desaparece o se reduce la causa del cheque británico, es decir, los fuertes subsidios a la agricultura derivados de la política agraria común de los cuales se beneficia sobre todo Francia, el cheque británico no es negociable.

Este debate pone de manifiesto las raíces de la crisis institucional europea. Anclada en unos mecanismos cada vez más anacrónicos, como la política agraria común, Europa malgasta capital político en debates improductivos. Con o sin cheque británico, la verdadera discusión debería ser el desmantelamiento de la política agraria común para así crear espacio en el presupuesto para proyectos de interés general europeo. No olvidemos que Europa es la única zona económica del mundo donde el crecimiento de la productividad se ha desacelerado. ¿No sería mucho mas útil para todos, incluidos los agricultores europeos, fomentar la inversión en capital productivo, para así elevar el crecimiento potencial de la economía europea? Sería interesante hacer un referéndum a nivel europeo y consultar a los ciudadanos cuáles serían sus prioridades de gasto del 1% del PIB europeo que se dedica al presupuesto comunitario. Dudo que la respuesta fuera dedicar dos tercios a subsidiar la agricultura. Otra muestra del déficit democrático europeo.

Pero además, el tono de la discusión revela el problema de incentivos que sufre el sistema de gobierno de la Unión. Los países acuden a negociar a Bruselas, para el tema que sea, con el objetivo único de volver a casa con una victoria, definida como una mejora de las condiciones para el citado país. Compromisos que redunden en el bien común pero que supongan una pérdida de poder o de retribuciones no aportan ningún beneficio político. Por tanto, los países tienen claros incentivos egoístas. Esto se ha visto claramente reflejado en el comportamiento de ciertos países respecto a la política fiscal en los últimos años, ignorando los compromisos adquiridos en el contexto del Pacto de Estabilidad aun a costa de minar la disciplina fiscal europea.

La creciente falta de solidaridad europea aumenta la urgencia de adoptar la mayoría como mecanismo de decisión

El déficit democrático y la falta de una buena estructura de incentivos culminan con la política monetaria común y el euro. El Banco Central Europeo es el banco central más independiente del mundo. Tiene la obligación de rendir cuentas al Parlamento Europeo, pero éste no tiene capacidad de actuación si está en desacuerdo con la actuación del Banco Central -a diferencia de, por ejemplo, el Congreso americano, que tiene la potestad de cambiar la ley que gobierna la Reserva Federal-. Por tanto, la labor de control del Banco Central la ejercen los Gobiernos, intentando influir en la política monetaria a través de comentarios públicos y de presiones privadas, todos ellos contraproducentes. Esta semana, el presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, reclamó un mayor poder para los ministros de Economía en su labor de interlocutores de la autoridad monetaria. Finalmente, el euro elimina los incentivos necesarios para la adopción de políticas fiscales adecuadas, ya que la posible penalización de los mercados con una subida de tipos de interés ha prácticamente desparecido.

Por tanto, la crisis institucional que ha conllevado la debacle constitucional debe ponerse en el contexto de una Europa que no ha conseguido armar una arquitectura de incentivos eficiente. Hasta ahora arreglos de mínimos han servido para salir adelante, pero la cruda realidad de la falta de crecimiento, el aumento del desempleo y la falta de liderazgo político ha revelado finalmente que el emperador está desnudo.

La construcción europea es una gran empresa, cargada de dificultades, y que ha logrado grandes éxitos hasta la fecha. Pero esta crisis revela que la política de soluciones de corto plazo no da más de sí, y que ha llegado el momento de la toma de decisiones drásticas. La creciente falta de solidaridad europea aumenta la urgencia de adoptar la mayoría como mecanismo de decisión, para evitar los comportamientos egoístas y oportunistas.

En una Europa cada vez más dividida y divergente la alternativa es la parálisis, y ya hemos visto adónde lleva. Europa necesita un liderazgo que se imponga a la agenda política de los países para así retornar a la senda de crecimiento necesaria para hacer frente a la competencia de los mercados emergentes y al envejecimiento de la población. La divergencia de políticas está haciendo de Europa una zona monetaria cada vez más imperfecta. Esta crisis no es sobre la Constitución europea, sino sobre el futuro de la Unión Europea. La cumbre de este fin de semana no será el primer paso, pero esperemos que los líderes europeos al menos tomen nota del gran problema al que se enfrentan. Europa ha progresado siempre a base de crisis. Esperemos que no se rompa la tendencia.