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Tribuna

Pánicos bancarios

El presidente del Comité de Bancos de la Duma rusa manifestaba recientemente que 'el sistema bancario depende del estado de ánimo de la gente'. Si me lo permiten, entiendo que la situación es exactamente la contraria, por ser el ánimo de la gente el que depende del sistema. De otra forma no se entiende que, cuando arrecian los rumores sobre la iliquidez de un banco y se forman colas en sus oficinas solicitando el reintegro de fondos, les falta tiempo a sus dirigentes para transmitir serenidad y confianza entre sus impositores.

Sin llegar a calificarse de auténticos pánicos bancarios, la situación rusa ha puesto nuevamente en el disparadero la siempre delicada cuestión de la protección de los depositantes y, por extensión, la credibilidad en el sistema bancario. Situación que, por otra parte y salvando las distancias, tampoco le ha sido ajena a los impositores de alguna entidad crediticia española en los últimos meses. Afortunadamente, los bancos centrales han sabido reaccionar con celeridad. En otros casos, son las propias entidades las que se anticipan a dichas circunstancias, como ocurre con las cajas y bancos regionales alemanes que, en previsión de la pérdida de garantía estatal a partir del año 2005, han aumentado sus dotaciones al fondo común de garantía.

Y es que los bancos trabajan con dinero. Cierto, pero con dinero ajeno, que hacen suyo y que han de devolver. Porque la actividad de intermediación indirecta en el crédito que realizan consiste, resumidamente, en comprar dinero barato para revenderlo caro a un plazo generalmente superior, sabiendo sobre todo a quién se vende.

La experiencia europea en la banca debe servir a los países tentados de precipitar las medidas de liberalización

La conclusión no es otra sino que el bancario es un negocio de riesgo y de gestión de riesgos y, quizá por ello mismo, convendrán igualmente que ningún banco ha quebrado por el encarecimiento de su pasivo sino, muy al contrario, por la dudosa calidad de las inversiones que constituyen su activo. Circunstancia que se agrava, más si cabe y como ya tuvo ocasión de poner de manifiesto el mismo Tribunal Constitucional (STC 14-02-1992 y 16-07-1997), por el riesgo de contagio en el conjunto de la economía que la actividad conlleva.

Y para que no se acuerden de Santa Bárbara sólo cuando truena es por lo que ante situaciones de iliquidez adquieren relevancia los mecanismos de protección propios de sistemas desarrollados y que descansan, preventivamente, en restricciones al crecimiento y concentración de riesgos mediante el sometimiento a coeficientes de solvencia y, con carácter reactivo, en el reconocimiento de facultades extraordinarias de intervención en las entidades reguladas y en la activación de sistemas de garantía constituidos por las aportaciones del sistema financiero en su conjunto.

Más allá de tales principios inspiradores de los sistemas desarrollados, que además han terminado por poner coto a la situación de servidumbre de muchas entidades crediticias respecto de los grupos empresariales en los que se integraban, la cuestión tendría mucho que ver, desde otro orden de cosas, con la más o menos estrecha relación entre las empresas bancarias y las industriales lo cual, en última instancia, nos llevaría a discutir sobre los distintos modelos de banca operantes en Europa y EE UU, caracterizado este último por una separación entre actividades crediticias e inversores que lo distingue del primero.

En todo caso, lo que sí es cierto es que el modelo de banca universal tiene que ver necesariamente con la existencia de una rigurosidad y disciplina en el ejercicio de la actividad impuestos por el organismo supervisor. Desde esta perspectiva, la experiencia europea debería servir a los países que, ansiosos por acelerar el tránsito a las economías de mercado, pueden caer en la tentación de precipitar las medidas de liberalización, con grave riesgo para un interés superior digno de protección, como es el buen funcionamiento del sistema de pagos y de la economía en su conjunto.

Y es que, en contra de la opinión del político ruso indicada al inicio, crédito proviene del latín credere y son precisamente las entidades crediticias, al conceder crédito y mediante los criterios que sigan en su concesión y gestión de riesgos, las que han de hacer honor a su denominación. Que por algo les viene reservada por ley.

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