Lealtad, 1

Kostolany, el Maestro, ya murió

André Kostolany murió hace años rico, inmensamente rico. Hizo gala de sus recomendaciones y atesoró joyas, palacios en los cinco continentes, cuentas bancarias en los principales bancos del mundo, sin distingos de color o religión, y cuentan que con mucho dinero, cash, en varias cajas fuertes, que ni de eso se fiaba.

El Maestro de la especulación bursátil se arruinó tres veces, pero siempre fue fiel a su esquema. Escribió en uno de sus libros que el mundo tiene que agradecer mucho a la Bolsa, porque gracias a su dificultad, incluso a su magia, hay albañiles, pintores, periodistas, camareros, maestros, monjas, curas, abogados, arquitectos, pilotos y, también, vagos.

Si la Bolsa, añadía, fuera tan fácil como jugar a las muñecas, algo así como coser y cantar, un desarrollo lógico y matemático, de dos y dos son cuatro, nadie trabajaría, porque todo el mundo se dedicaría a jugar a la Bolsa.

Apostillaba, en este ideario filosófico, que en la Bolsa dos y dos son cinco menos uno, o tres más uno, pero generalmente nunca cuatro. ¿Habría muerto rico, inmensamente rico, Kostolany, con todo el respeto a su memoria, en la Bolsa actual?

La dificultad de la que tanto escribió el Maestro hoy, en el más corto plazo, no es tal. Desde la invasión de Irak, las cosas de la Bolsa son fáciles de entender. Los días transcurridos de esta semana refrendan comportamientos similares vividos en los meses de verano. La gran razón que mueve la Bolsa es que ésta no debe -no la dejan- caer. Siempre que los índices se cansan o persiguen retrocesos más o menos importantes sale dinero debajo de las piedras. Es la mano del dios de la Bolsa.

Hay, además, un corifeo que está al quite, como en las corridas de toros de lujo. La gran faena que se libra en las últimas horas es que el hundimiento del dólar es bueno para los mercados y para la economía del mundo, porque gracias al retroceso Estados Unidos podrá enderezar el rumbo de sus déficit y con ello insuflar ánimos al resto de las principales economías del mundo. Es decir, que a partir de ahora las subidas de las Bolsas serán directamente proporcionales a la caída del dólar, justo lo contrario de lo argumentado la semana pasada.

Las Bolsas, en fin, no bajan porque no las dejan bajar, lo que las convierte en un juego fácil, sin riesgo y grandes expectativas. Además, los terremotos monetarios no importan. Es más, comienzan a ofrecer su lado más bueno. Los nuevos libros de Bolsa, si es que alguien se atreve a editarlos, deben considerar estos asuntos.

Falla, no obstante, el dinero, aunque hay quien dice que esto es bueno para que se mantenga la tendencia alcista de las Bolsas. Mejor pocos que muchos, dicen algunos entendidos en la materia.