Ángel Cabrera

'El trabajo del directivo es de servicio público'

El decano del Instituto de Empresa anima a los ejecutivos a que consideren la dirección de empresa como una profesión con mayúsculas. Opina que las escuelas de negocios deben conseguir que la ambición de los profesionales sea responsable

Tiene 36 años y desde hace dos es el decano del Instituto de Empresa, una de las escuelas de negocios que cada año figura entre las más prestigiosas del mundo. Ángel Cabrera, ingeniero de telecomunicaciones, tiene verbo fácil y las ideas muy claras sobre cuál debe ser el perfil del nuevo líder que demandan las empresas.

Pregunta. ¿Cuáles son los mayores errores que han cometido los directivos a lo largo del pasado curso?

Respuesta. Aunque no se puede generalizar, creo que ha habido una sobrerreacción a algunos eventos de política internacional. Psicológicamente eso es explicable y es bueno estar alerta y vigilante, pero puede tener implicaciones negativas en el desarrollo de la organización. El frenazo en seco es malo porque se paralizan las inversiones. El segundo error, pero no sólo de este año, es pensar en el ajuste de plantilla como la panacea universal por varias razones. Hay veces que es inevitable reducir la plantilla, pero suele tener efectos perniciosos que hay que tener en cuenta. El ajuste de personal en función de la edad es un error porque se descapitaliza la compañía de talento. Las personas mayores de 50 años son precisamente las que tienen conocimiento histórico de la trayectoria de la empresa. No es conveniente desprenderse del capital intelectual. Quitar a los que menos rinden suele generar conflictos laborales, por eso se aceptan mejor los sistemas de despido por edad. A pesar de que, en ocasiones, el recorte de plantilla pueda salvar a una empresa, esta solución debería tomarse cuando ya no quede más remedio. Tampoco tiene efectos motivadores para el resto de la plantilla.

P. ¿Algún fallo más?

R. Hay otro error que se ha cometido y que tiene que ver con las puntocom y es que se ha ido al otro extremo y no hay que olvidar que ha habido una auténtica revolución. A pesar del fracaso del Nasdaq, de que se hayan hundido muchas empresas, lo cierto es que nos ha cambiado el trabajo. Hay que invertir en tecnologías de la información porque en el mundo de los negocios surgen competidores que antes no había. No se puede descartar el comercio electrónico. Hay efectos de las nuevas tecnologías que han quedado para permanecer.

P. En lo que sí se han volcado este año los altos ejecutivos ha sido en los temas relacionados con la reputación corporativa, ¿es una moda?

R. Este año es el tema de moda, pero es un debate viejo que creo que ha cambiado en algo. Decía Anthony Giddens que después de la II Guerra Mundial y hasta la década de los ochenta había una confianza plena en el Estado como proveedor de los servicios. Después comienza la época de las privatizaciones, en la que se da la vuelta a todo y existe una sobreconfianza en la empresa. Luego surgen dos fenómenos, el de la globalización e Internet. Y surgen algunos peligros que no habíamos considerado, como los problemas de desigualdad con otros países. La sociedad empieza a reaccionar a través de Internet. Se lanzan campañas de boicot, se empieza a sospechar del capitalismo, y las empresas se dan cuenta de la presión que existe porque te castiga el mercado financiero, el laboral. La mentalidad de los directivos tiene que cambiar.

P. ¿Hacia dónde tiene que cambiar?

R. Tiene que ser una mentalidad más sofisticada y profesional. Un médico es un profesional, que cura, que hace diagnósticos, que tiene que formarse para poder ejercer, pues un directivo lo mismo. La dirección de una empresa es una profesión con mayúscula, que tiene impacto en la sociedad, en el medio ambiente, en los accionistas. Es un trabajo complejo, que requiere formación. Es un servicio público y no es incompatible con la idea de que tiene que hacer dinero. Y hay que transmitir a los ejecutivos la idea de que la sociedad te da privilegios, pero a cambio hay que dar valor a esa sociedad. Y aquí es donde las escuelas de negocios tenemos una tarea importante porque, además de formar en finanzas, en recursos humanos, estrategias y desarrollo de método, hay que enseñar a tener una idea sofisticada de cuál es el papel que desarrolla el directivo dentro de la sociedad. No se trata de una moda, es un gran cambio y un gran reto.

P. ¿Cómo cree que reaccionarán?

R. Supongo que bien. No sirve formar en cuestiones técnicas si no saben cuál es la función social de la contabilidad. A algunos se les olvida que manejan el dinero de otros y que su primera responsabilidad es crear riqueza y no destruir su dinero. El trabajo del directivo es de servicio público.

P. Destaque algún acierto.

R. El tema de la responsabilidad social corporativa. En algunos casos puede haber cinismo o exageración, pero en cualquier caso es sano. Que Emilio Botín hable sobre las cuestiones sociales del banco es bueno, que Telefónica, BBVA o Ferrovial presenten sus memorias sociales es un acierto y supone un gran cambio cualitativo. Hay que aplaudir a la empresa española por el paso al frente que han dado. Por primera vez nos están diciendo lo que ganan sus consejeros con el fin de saber si son independientes y defienden los intereses de los accionistas. Se requiere mucha valentía para hacer esto.

P. ¿Qué hay que hacer cuando a una escuela de negocios llega un alumno con demasiada ambición?

R. Es bueno que haya gente con ambición, que la utilice como motor personal. Yo siempre lo comparo con el carnicero de Adam Smith, que da valor a la sociedad porque te permite comer un filete. ¿Lo hace por filantropía? Pues no. Lo hace por ambición, pero al final lo que importa es que tienes el filete en el plato. Las empresas necesitan de gente desafiante, con ambición personal y debe dar la oportunidad a sus profesionales de ganar dinero. Un ejemplo de directivo con una ambición sana, a mi juicio, es Larry Page, el fundador del portal Google, que hace lo que le gusta y tiene ambición. Espero que los alumnos tengan ambición, otra cosa es que haya que sofisticarla, domarla y moldearla para que esa ambición sea responsable. En las escuelas de negocios tenemos que completar esa ambición con una visión responsable de lo que es la sociedad.