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Columna

Europa ya debería caminar sola

Después de un año 2002 difícil para la UE, pésimo para Alemania y Francia, y mediocre para España, florecen las interpretaciones a veces fantasiosas de sus problemas. Van desde una industria en declive a los efectos de la restaurada fortaleza del euro, pasando por las consecuencias de hechos graves acaecidos en otros países: la tragedia de las Torres Gemelas, la crisis argentina, Enron y similares.

Hasta ahora no se ha prestado la debida atención a un problema como el del escaso crecimiento de la productividad del trabajo en estos dos últimos años. La UE se asemeja mucho a lo que ocurre cuando un automóvil se mueve ( fatigosamente) con el freno de mano echado. Dicho de otra forma, que los problemas principales no vienen del lado de la demanda interna que, bien que mal, se mantiene en expansión (gracias en parte a una combinación de política monetaria y fiscal moderadamente expansiva), sino del lado de la oferta que sigue arrastrando sus rigideces estructurales: el resultado es una productividad que apenas avanza y como consecuencia una pérdida importante de la competitividad. Y, aunque pueda parecer una visión ciclista de la economía mundial (a parte de ser un trabalenguas), el hecho cierto es que todos los países compiten por ver cuál es el más competitivo en la gran competición económica global.

El tema de la productividad no tiene por qué reducir el nivel del debate sobre las políticas públicas de nuestros países. Es más, debe recordar para no volver a repetirlos, algunos errores de política económica cometidos en las dos mayores economías de la UME, en parte responsables del persistente letargo en que se ha instalado la economía de la zona.

La UE es capaz de dotarse de una Constitución, pero olvida los prometidos ajustes estructurales, quizá porque políticamente no es atractivo Europa no está prestando demasiada atención a su baja productividad, que está provocando una importante pérdida de competitividad

Alemania, cuyo modelo de ortodoxia monetaria exigía que fuese imitado por los aspirantes mastriquianos, sabía perfectamente que mantener durante largos años las enormes transferencias (4% del PIB) a la parte oriental después de la reunificación, llevaría inexorablemente a un déficit público importante y creciente si no llevaban a cabo (como así fue) los dolorosos ajustes que exigían una reducción compensatoria del gasto público, fundamentalmente en bienestar social.

Francia, por su lado, hizo en las últimas elecciones presidenciales unas promesas de importantes rebajas de impuestos (luego cumplidas) basadas en unas perspectivas de fuerte crecimiento que nunca se realizaron y llevaron también a un grave deterioro de las finanzas públicas.

Hay que recordar que fue Alemania la que insistió en poner un límite (el 3% del PIB) al déficit público de los miembros de la UME, pensando, sin duda, en los países del ClubMed, para emplear la arrogante fórmula utilizada por el Bundesbank para designar los países de la Europa del sur, de donde se esperaba viniese la primera tempestad en las finanzas públicas de la zona.

Ese vendaval tan temido al otro lado del Rin ha empezado a arreciar efectivamente estos dos últimos años y no se sabe ni cuándo va a amainar ni cuáles pueden ser sus efectos. Pero no sopla del Sur, sino del Norte, de Alemania y Francia, que, según su particular conveniencia, se han puesto el famoso Pacto de Estabilidad por montera, mostrando bien a las claras el predominio de sus intereses (y egoísmos) nacionales sobre los comunitarios.

Todos esto vendría a explicar por qué la Europa comunitaria se haya conformado en estos últimos años con el escaso crecimiento conseguido quedando en el rebufo de la economía norteamericana. Parece llegado el momento de que la UE rompa la cadena de dependencia de ese potente motor económico en un momento en que el planeta está en una situación económica preocupante en un escenario no cooperativo, como ha traslucido en la última (e inútil) reunión del G8.

Europa tiene, en efecto, recursos más que sobrados, si se gestionan eficientemente, para caminar sola a buen paso: una población de más de 400 millones de habitantes (casi el doble que Estados Unidos); es el primer bloque comercial del mundo (40% del total) y el segundo (24%), por su producción. Hay, sin embargo, un riesgo importante de que la languidez de su economía se prolongue y en el curso de la mundialización el Viejo Continente vaya perdiendo su peso en la economía mundial, que ganarían Asia y EE UU.

Hay para ello dos razones: una demografía declinante y una productividad insuficiente. La primera, resultado, como es sabido, de una tasa de fecundidad (1,4 hijos por mujer) inferior al umbral de reposición, se intenta paliar con una inmigración que por sí sola no parece pueda hacernos salir de este invierno demográfico.

En cuanto al segundo motor, el avance de la productividad y de la flexibilidad de la economía, hace falta para acelerar su régimen algo más que la eurorretórica de las grandes orientaciones de política económica, como la última tan prometedora de Lisboa. Curiosamente los países de la UE son capaces de dotarse de una Constitución, pero dejan para las calendas grecas los prometidos ajustes estructurales, quizá porque son políticamente poco atractivos.

Si Europa no quiere perder el tren del progreso y se pretende, además, justamente que sea una potencia mundial es preciso acabar con estas nefastas dilaciones. La razón es muy sencilla y por eso sobradamente conocida, aunque parece necesario recordarla continuamente.

Las medidas tendentes a mejorar la productividad no son la purga de Benito y las políticas de oferta dan sus frutos sólo en el medio plazo. Pensar, en efecto, que actuaciones dirigidas a estos fines, tales como las orientadas a promover la investigación y el desarrollo, a mejorar la formación de la población laboral o a incentivar la inversión y la innovación, dejan ver sus resultados en el corto plazo es pensar en lo excusado.

En resumen, que Europa no tiene tiempo que perder si no quiere quedar rezagada en la gran competición económica mundial.

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