El estado de la nación
Acabamos de asistir al último debate sobre el estado de la nación de esta legislatura. Durante dos días el Congreso de los Diputados se transforma en una suerte de ruedo ibérico donde se lidia la acción de gobierno y la alternativa de la oposición. Es, como el debate presupuestario, el momento para confrontar proyectos, programas y liderazgos.
En esta ocasión tenía un valor añadido: era el último debate antes de las elecciones generales y el último debate del presidente Aznar y, por tanto, una ocasión propicia para hacer balance de los últimos siete años de Gobierno. Pero un fantasma recorría el albero: la Asamblea de Madrid y los dos tránsfugas Tamayo y Sáez. Algo huele a podrido en Dinamarca y el joven Hamlet es incapaz de atajar la podredumbre de su propia casa.
Hay una larga tradición de transfuguismo que ha beneficiado directamente al Partido Socialista. Conspicuos tránsfugas dieron al PSOE el Gobierno en Madrid, Aragón y Galicia. Ahora el transfuguismo afecta al oficialismo de Ferraz en la isla guerrista de Madrid. No hay que olvidar que Tamayo y Sáez apoyaron a Zapatero y actuaron como interventores de su candidatura en el congreso de su entronización, por eso tenían el aval de su secretario de organización.
Hay una larga tradición de transfuguismo que ha beneficiado directamente al Partido Socialista
Ignoro los espúreos propósitos que albergan estos señores al no votar a su candidato, quizás se creyeron el espejismo de un socialismo más centrado y no tan escorado a la izquierda. Lo que sí sé es que lo que no puede hacer Hamlet es trasladar la traición o sus problemas internos al PP. Y menos aún, seguir la técnica goebelsiana de difamar, injuriar y calumniar al adversario para tapar sus propias vergüenzas. Si hay algo que huele a podrido en Dinamarca lo que hay que hacer es depurar el ambiente, y ésa es una responsabilidad interna del Partido Socialista.
El debate sobre el estado de la nación se transformó en el debate sobre el estado de la oposición. No es para menos: el PSOE acusa más que nunca falta de liderazgo, de proyecto y de programa. Falta de todos los ingredientes que deberían adornar a una alternativa de Gobierno. La deserción de Tamayo-Sáez no es más que la guinda del estado general de desafección que embarga al Partido Socialista.
Con el telón de fondo de unos malos resultados y la autoridad del líder bajo mínimos, Zapatero afrontó un debate en el que hubo de oír del presidente del Gobierno que más que regenerar España lo que tiene que evitar es que en su partido le regeneren antes de tiempo.
Le crecen los enanos por todas partes, en Cataluña, con un Maragall que va por libre; en Navarra, donde sus concejales desoyen las instrucciones de Ferraz; en Valencia, con una crisis poselectoral abierta; la baronía castellano-manchega a la expectativa, y ahora, Madrid. El PSOE es un hervidero de familias e intereses encontrados incapaz de construir un proyecto único. Y si no son capaces de gobernarse a sí mismos, cómo van a gobernar este país.
La falta de liderazgo arrastra la falta de proyecto. No vimos en el debate ni una sola propuesta seriamente meditada desde los bancos de la oposición. Ni siquiera cuando desde el Gobierno, tras exhibir un razonable balance en materia tributaria, se requirió al líder socialista para que explicara su modelo de IRPF. El silencio fue la mejor respuesta. Cayeron las pancartas y también las ideas, si es que en algún momento las hubo.
La gran conclusión del debate es que no hay alternativa, nuestro socialismo languidece en un estado de permanente ingravidez que le lleva a hilvanar un discurso huero de contenido programático. Frente a su oquedad política, el presidente pudo construir un balance de siete años de Gobierno basado en seis puntos: defensa del Estado de derecho y lucha contra el terrorismo, modernización de la economía, modernización de los servicios públicos, desarrollo del Estado autonómico, cohesión territorial y social de España, e integración europea. Y estableció tres grandes objetivos a nivel nacional que han de marcar el futuro político: estabilidad institucional, afianzar las bases de la prosperidad económica y social y fortalecer la posición internacional de España.
Tras el debate seguimos sin conocer la alternativa socialista. Nada nuevo bajo el sol.