COLUMNA

Con trajes de campaña

El presidente del PP, en su intervención del pasado lunes ante la junta directiva nacional de su partido, redujo las diferencias con la oposición a una larga serie de dicotomías esquemáticamente presentadas con un bronco maniqueísmo.

Aznar se arroga el sentido del Estado frente a todos los demás que carecen de él, especialmente Zapatero; su Gobierno encarna la moderación y la claridad mientras la inventada coalición Zapatero-Llamazares quiere dividir el país y sólo sabe predicar el rencor y el enfrentamiento; los populares han cumplido con su responsabilidad pero Aznar sólo ve tras la pancarta a comunistas y socialistas juntos en la irresponsabilidad, la ambición de poder y el radicalismo.

Y éstas, junto a otras muchas diatribas quedaron resumidas por el presidente en la ocurrente metáfora con la que animaba a sus militantes a presentarse ante los electores vestidos de proyectos e ideas, para dejar en evidencia a los que están en pelota porque se les ha agotado la agitación, ya que según él han recibido como una mala noticia la corta duración del conflicto de Irak.

Más que un discurso fue una arenga, en lugar de argumentos para el debate político cargó las baterías de su partido con descalificaciones para el ataque y lejos de vestirlo con nuevas ideas le confeccionó un traje de campaña. De campaña en el sentido más agresivo del término, además del electoralista evidenciado con las medidas económicas que mañana aprobará el Consejo de Ministros.

Con tanto ardor guerrero no deja el señor Aznar ni un resquicio para restablecer el diálogo cuando es más necesario, por las consecuencias de todo tipo que está acarreando una guerra ilegítima (aunque él siga llamándola eufemísticamente conflicto) y por los retos que para España se derivan en los planos nacional e internacional.

Ni el belicoso secretario de Defensa norteamericano Donald Ramsfeld se ha atrevido a proclamar la victoria en Irak ni a dar por zanjada la guerra como ha hecho Aznar; y el Pentágono prevé que se reproduzca la situación de Afganistán donde aún se siguen librando combates con grupos organizados de talibanes.

Sirva o no lo anterior para justificar la instalación de bases militares norteamericanas en Irak, se acentúa el rechazo de los distintos clanes a que Washington designe administradores y determine el futuro de los iraquíes, pero también se agudiza el debate ineludible sobre el papel que debe jugar Naciones Unidas en la reconstrucción del país, que es a fin de cuentas el debate sobre cómo restituir la legalidad internacional que fue burlada por los Gobiernos que decidieron o apoyaron la intervención militar al margen del Consejo de Seguridad.

Si bien está que haya un tirano menos, se precipita Aznar al suponer que ello ha procurado ya mayor seguridad para el mundo. Sigue sin haberla en la zona, donde aumentan las incertidumbres de los países vecinos a Irak y se oscurecen las perspectivas de solución para el conflicto palestino-israelí, mientras las relaciones internacionales, especialmente las de Europa y EE UU, siguen sumidas en el mare mágnum.

En este contexto es cuando menos una ligereza afirmar que España ha encontrado su sitio con la decisión de apoyar a la Administración Bush.

Al contrario, la impresión que da la diplomacia española es la de estar desubicada en el concierto internacional, ya sea realizando una tarea muy secundaria con los países árabes, que deambula entre la triste reunión de la ministra de Asuntos Exteriores con el presidente sirio y su aciaga comparecencia junto a su homólogo tunecino, o con lo que es más preocupante todavía, la esquinada posición dentro de la Unión Europea en la que ha dejado Aznar a nuestro país.

No se han superado los recelos suscitados por la carta de los ocho, que fracturó el consenso europeo, y el presidente del Gobierno español vuelve a la carga declarando que los europeos no deben tener una política común de defensa y exterior, sino limitarse a una simple coordinación porque en su opinión han de ser los EE UU los que tengan el papel principal en materia de seguridad, más aún desde la caída del muro de Berlín.

Extraña teoría que además de incongruente con la evolución de Europa tras superar la división fraguada en Yalta, se opone frontalmente a la propuesta de varios países centrales como Francia, Bélgica y Alemania, renovada precisamente a raíz de los últimos acontecimientos.

En todo caso es una imprudencia que raya en la temeridad seguir abordando asuntos de gran trascendencia para los intereses del Estado español, inmediatos y futuros, sin recuperar el mayor consenso posible entre los principales partidos parlamentarios.

Pero eso no se podrá conseguir confundiéndose de vestuario, es preciso dejar las guerreras en el baúl para arroparse en el respeto mutuo y escuchar a quienes no han querido la guerra, ni corta ni larga.