COLUMNA

El pavor de la victoria

Aún no ha terminado el tiroteo y ya se han provocado nuevos alborotos; en Irak, en toda la región de Oriente Próximo y en las relaciones internacionales.

El Ejército invasor está cubriendo sus últimos objetivos militares, pero nada se sabe de los dos primeros: la localización de las armas de destrucción masiva y la detención de su propietario, el dictador que estaba presto a utilizarlas contra el mundo occidental.

Ya se ha tomado Tikrit, los marines beben cerveza y se relajan en las ruinas del Palacio del Sur, el mismo que Sadam Husein se hizo construir en su ciudad natal para conmemorar su imaginaria victoria sobre las tropas anglo-americanas en la primera Guerra del Golfo de 1.991. Fueron los palacios horteras revestidos con lujosa obscenidad y esos horrendos monumentos erigidos para el culto a la personalidad del tirano, los que debieron ocupar la mayor capacidad fabril del régimen desde entonces.

Porque a rearmar el Ejército, que apenas ha aguantado los ataques, y a fabricar el terrorífico armamento que se le suponía pero que sigue sin aparecer por ninguna parte no debió dedicarse tan a fondo como aseguraba el Pentágono.

Aunque Sadam no aparezca (tal vez haya pasado al mundo de los fantasmas con Bin Laden), es un primer paso que al pueblo iraquí se le haya librado de él. Pero de librarse de un dictador a liberarse dista mucho más que un matiz. El camino hacia la democracia será todavía más complicado por haber partido de una guerra ilegítima y estar dirigido por la potencia ocupante.

A pesar de la aparente buena letra del documento de 13 puntos elaborado en la reunión del martes en Nasiriya, la música y los ánimos de los 80 clanes congregados allí es muy inquietante.

Ninguno de los grupos envió a representantes de primer nivel, evidenciando con ello su desconfianza y escasa voluntad de comprometerse con el proceso auspiciado por Estados Unidos.

El administrador Jay Garner, designado por Bush, se tuvo que felicitar a sí mismo por celebrar su cumpleaños en tan significativa ocasión, ya que ni los reunidos aceptaron que presidiera el cónclave ni los manifestantes chiitas -principal componente de la población iraquí- le cantaron el cumpleaños feliz, sino que le gritaron su rechazo por las calles de la ciudad. El favorito de los norteamericanos, Ahmed Chalabi, de tortuosa trayectoria en el mundo de los negocios, se quedó en Londres consciente de los recelos que levanta entre la mayoría de los grupos opositores al régimen depuesto.

Y la imposición de un gobernador árabe en Mosul ha levantado a los kurdos de la región, muriendo una docena de personas en la refriega.

Mientras tanto se suceden los saqueos y el vandalismo que han destrozado el Museo Arqueológico Nacional, la Biblioteca y el Conservatorio, además de múltiples edificios oficiales y establecimientos privados. La indiferencia de los jefes militares norteamericanos ante los actos de pillaje, incumpliendo con las obligaciones que establece la Convención de Ginebra, ha suscitado la indignación de buena parte de la población iraquí, así como la conjetura, dentro y fuera de Irak, de que tanta vista gorda responda a una táctica premeditada de los estadounidenses para justificar la prolongación de su permanencia en el país y para engordar el negocio de la reconstrucción.

Sin dar un respiro a la comunidad internacional, el presidente Bush ha lanzado ya una grave acusación contra Siria de complicidad con los seguidores de Sadam Husein y de nuevo sobre la supuesta fabricación de armas químicas y biológicas.

Que haya coincidido con las invectivas de Ariel Sharon contra el Gobierno de Damasco y con el recrudecimiento simultáneo de sus agresiones contra Gaza y Cisjordania ha provocado el temor a una escalada en la desestabilización de la zona y la sospecha de que la hoja de ruta para solucionar el conflicto con los palestinos ya se está desplazando hacia otro trazado a conveniencia del Gobierno israelí.

La contumacia de la Casa Blanca en mantener quebrada la legalidad internacional, su negativa a restituir plenamente el papel político y jurídico de Naciones Unidas así en Irak como en el resto de la región, es la corriente de fronda que sigue perturbando las relaciones transatlánticas. Si Blair y Aznar quieren contribuir de verdad a restañarlas, no deberían seguir prestándose a servir de recaderos a la Administración republicana de Estados Unidos.

Por lo que nos afecta a los españoles, resulta especialmente lamentable el papel al que se ha dejado relegar el presidente del Gobierno. Dijo haber sacado a España del rincón de la historia con sus servicios a la causa belicista de Bush y éste lo dejó en el cuarto trastero cuando llegó la hora de la verdad a partir de la madrugada del 20 de marzo.

Ahora lo vuelve a sacar para que tranquilice al Gobierno sirio. Pero, despilfarrado en gran parte el caudal de la política exterior española durante estos meses de conflicto, poca solvencia le queda a este Gobierno para cumplir los encargos que tengan a bien encomendarle desde Estados Unidos.

España debe recuperar su lugar y su prestigio en la esfera internacional ejerciendo de nuevo como socio leal de la Unión Europea y destacándose en su fortalecimiento.

Paradójicamente esa mayor fuerza de la Unión Europea ya no depende solamente de su ampliación que hoy se corrobora en Atenas, sino que pasa por dotarse de una sólida política común en defensa y exterior incluso antes de que se incorporen los nuevos socios a partir del año que viene. Para que éstos, junto a las mejores perspectivas de progreso económico, encuentren también en Europa el paraguas de seguridad que hasta el momento han buscado en la otra ribera del Atlántico y para mantener precisamente la mejor de las relaciones posibles con Estados Unidos, las que se basen en la autonomía recíprocamente respetuosa entre ambas partes.