COLUMNA

Los humos de Bagdad

José Manuel Morán subraya que los contratos para reconstruir las regiones que hoy se devastan en Irak se han empezado a firmar sin transparencia, en condiciones que poco tienen que ver con los modos comerciales a implantar

Al tiempo de escribir estas líneas los noticiarios dan cuenta de que el número de muertos en la invasión de Irak ya no se podría contar sólo por unidades o decenas como los primeros días. A la vez que algunos comentaristas, al tener que referirse a la caída de misiles sobre asentamientos civiles, no dudaban en acogerse al tópico de señalar que incluso las armas inteligentes podrían tener errores en ocasiones. Como si con ello se pudiese disculpar a los agresores que, para hacer felices a quienes dicen que iban a liberar, empiezan por destruir ciudades y llenar de horror vidas inocentes.

Después, eso sí, de haber alardeado propagandísticamente de que con los nuevos despliegues tecnológicos las guerras ya nunca se parecerían a las que se glosaban en los cómics de Hazañas Bélicas. Que narraban cómo los aliados quitaban de en medio a nazis y japoneses y lo hacían con armamentos y equipamientos similares. Aunque luego el valor, arrojo y heroísmo de los buenos siempre acababan por desequilibrar los combates.

Ahora, sin embargo, con esta invasión al margen de las Naciones Unidas y de toda cordura civilizada, se puede comprobar que las armas del dúo anglo-americano no sólo son muy superiores a las de los famélicos ejércitos iraquíes, sino que es muy probable que tampoco las de otros países avanzados puedan parangonarse con ellas. Pues desde la guerra de Kuwait hasta ahora la diferencia de tecnologías militares se ha agrandado tanto que cuando se habla de una campaña de Conmoción y Pavor puede que no sólo se esté pensando en amedrentar a los integrantes del Eje del Mal. Sino aclarar de paso, a los que disienten apelando a la legalidad y el concierto entre Estados, que el desnivel es ya insalvable incluso para los que todavía tienen ejércitos. Pues para los que ya sólo cuentan con la operatividad de la Guardia Civil está claro que sólo les queda ir de comparsa a las Azores. Pero ni siquiera esa obsequiosidad les da para que les esperen a la hora de empezar las hostilidades, de forma que el petrolero que se mande de apoyo pueda llegar antes que caiga el telón sobre el fragor de los acontecimientos. Ni mucho menos para que se les invite a discutir en Camp David qué faenas subalternas se les podría asignar para la idealizada reconstrucción.

Entre los hollines que nublan los horizontes de la antigua Mesopotamia cualquiera puede ver el oportunismo de algunas gentes

Y es que mientras algunos discuten de si con las humaredas que hay en Bagdad las bombas se desvían, hay quien está firmando contratos de gestión privada de puertos o de asistencia técnica, ahora a los ejércitos y mañana a los que se aplicarán a reconstruir las regiones que hoy se devastan y calcinan, en unas condiciones que poco dicen de la transparencia que se dice que han de tener los nuevos modos comerciales que se quieren implantar en los aledaños de Babilonia. Ni es probable que Simbad el Marino pudiera soñar con tesoros como los que algunos parecen estar a punto de encontrarse. Aunque para ello no les quede más remedio que hacer caso omiso de las buenas prácticas que aconsejan dejar de lado informaciones privilegiadas u oscuras influencias políticas.

Por ello, aun a pesar de que las reiteradas fumaradas bagdadíes no impidan ver estos procederes torticeros, ni eviten percatarse de ver cómo escurren el bulto los obispos españoles para que no les tilden de desleales ni se escandalice su grey cuando les dijesen que de hacer caso al Papa le estaban haciendo el caldo gordo al tirano, es probable que los humos de Bagdad estén nublando la visión de lo que realmente está ocurriendo. Y sobre todo de lo que va a ocurrir si se sigue por la senda de ir hacia un mundo unipolar. Que no atiende otras razones que las de la hegemonía de una superpotencia que si hoy atemoriza con armas de destrucción masiva, mañana intentará someter, a sus modelos tanto los órdenes económicos como los culturales y vivenciales.

De ahí que aunque entre los hollines que nublan los horizontes de la antigua Mesopotamia cualquiera pueda ver el oportunismo de gentes como Cheney o Perle, que radicalizan discursos con la misma celeridad que firman contratos sustanciosos para ellos o para sus corporaciones de origen, puede que sea difícil hacerse cargo de que detrás de tales alardes de prepotencia sólo está el comienzo de un nuevo orden económico. En el que es probable que no se quiera que tengan cabida conceptos como los de la sostenibilidad, la multiculturalidad o la biodiversidad. Ni se pretenda que sea receptivo para asimilar los llamamientos de la Santa Sede recordando que el fin nunca puede justificar los medios, ni caben ocupaciones preventivas contra los tiranos, por más que se diga que es para liberar a los oprimidos, cuando éstos no están por la labor ni están siendo diezmados.

En las pasadas semanas se ha tratado de camuflar el inhumano y cruel rostro de esta guerra con el tizne de librar al mundo del peligro que le suponía Sadam. Ahora, al ver cómo se inicia el reparto del botín, cabe pensar que en lo sucesivo, cuando se quiera hacer una opa preventiva, por poner un ejemplo, ya no bastará con saber si el señor Rato estaba avisado. Habrá que asegurarse, incluso en una anécdota como esta para el mercado energético mundial, de que se ajusta a los cánones del Imperio. Y se sabe de antemano cuál es el capataz que más simpático le cae al procónsul que han dejado de guardia en este arrinconado cortijo del nuevo orden.