La Atalaya

Nuevo equipo en EE UU

Olvídense de Cheney, Powell y Rumsfeld, vicepresidente y secretarios de Estado y de Defensa, respectivamente, de EE UU. Si quieren saber quién planifica la estrategia política de la Casa Blanca y tiene más influencia con Bush, presten atención a los movimientos de Karl Rove, el veterano consejero de George Bush desde los tiempos de Texas, artífice, entre otras cosas, de la aplastante victoria republicana en las elecciones legislativas del pasado noviembre. Su mano se percibe en el relevo del equipo económico, preocupado por ganar elecciones para su jefe, cometido que ha desempeñado con total eficacia. La sustitución de Paul O´Neill en el Tesoro y de Lawrence Lindsey al frente de los asesores económicos de la Casa Blanca es el pistoletazo de salida para las elecciones presidenciales de 2004, en las que la economía jugará un papel primordial.

A pesar de su resistencia innata a cambiar de colaboradores, Bush ha prescindido de éstos, seguramente aconsejado por Rove, porque no quiere emular la derrota que sufrió su padre en 1992 a manos de Bill Clinton, por una situación económica adversa, sin que la victoria militar en el Golfo un año antes propiciase la reelección. (El lema de campaña fue entonces: '¡Es la economía, estúpido!'). O'Neill ha sido una rara avis en la actual Administración, un independiente que, como el secretario de Estado, Colin Powell, ha chocado muchas veces con los halcones presidenciales. Un hombre hecho a sí mismo, de origen muy humilde -nació en una casa sin agua corriente ni electricidad-, O'Neill fue llamado por Bush por su éxito empresarial como presidente de la primera multinacional del aluminio, Alcoa. Su labor como portavoz y embajador económico de la Administración republicana a nivel internacional no ha podido ser más conflictiva. Nunca tuvo pelos en la lengua y sus exabruptos en casos delicados, como las crisis argentina y brasileña, causaron más de un quebradero de cabeza a la Casa Blanca. En el plano doméstico, O'Neill, que nunca se consideró parte del establishment washingtoniano, se ganó la enemistad conservadora por oposición a uno de los dogmas intocables republicanos: la rebaja indiscriminada de impuestos como medio de estimular la economía. O'Neill expresó varias veces su preocupación por el aumento incontrolado del déficit.

También ha sido forzada la dimisión del presidente de la SEC, equivalente de la Comisión Nacional del Mercado de Valores, Harvey Pitt, incapaz de devolver la confianza a los inversores tras la caída bursátil del último año y el descubrimiento de los fraudes financieros protagonizados, entre otros, por Enron y Worldcom. Su sustituto, un veterano de Wall Street y amigo de la familia Bush, William Donaldson, de 71 años, banquero y presidente de la Bolsa neoyorquina durante cinco años. John Snow, empresario de ferrocarriles, que sirvió en el equipo de Gerald Ford, será el nuevo secretario del Tesoro. Ambos, pendientes de confirmación por el Senado.

Por presiones de la derecha republicana, el nombramiento de Stephen Friedman, ex presidente de Goldman Sachs, como sustituto de Lindsey, que se pensaba anunciar al mismo tiempo que los de Snow y Donaldson, ha sido puesto en cuarentena, aunque parece que Bush conseguirá vencer las resistencias de los halcones. El pecado de Friedman: su frialdad hacia el programa de recorte salvaje de impuestos y haber colaborado con el secretario del Tesoro de la era Clinton, Robert Rubin.