COLUMNA

Internet reinventa sus negocios

En un mundo globalizado, donde también lo son la delincuencia y el terrorismo, es imposible que la libertad no tenga que pagar una parte de la factura de la seguridad. Un ejemplo de que eso es así lo tenemos en la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información y del Comercio Electrónico (LSSICE), aprobada en el Congreso el pasado 27 de junio y que obliga a las empresas proveedoras de acceso a Internet a controlar y almacenar durante un año los datos de navegación de todos sus internautas, por si son necesarios en las investigaciones criminales.

El Ministerio del Interior no va a pagar esa factura, y el mandato legal, tan polémico como intervencionista, cargará a las empresas con unos gastos que afectan a sus expectativas de negocio y que pueden terminar con el cierre de más de una. Como contrapartida, se acelerará el proceso de reinvención del negocio de los proveedores de acceso.

En 1999 arrancó el Internet gratuito en España y con él la democratización de la sociedad de la información. Fue aquel un periodo dominado por el todo gratis como filosofía de funcionamiento de la Red, que llevó a la desaparición de muchas empresas proveedoras de acceso que, tras no poder cobrar por el servicio que prestaban, fracasaron en el intento de reorientar sus fuentes de ingresos. Ahora está en marcha la nueva reinvención de ese negocio.

El acceso gratuito a Internet está empezando a desaparecer en el mundo y, además, comienza a hablarse de cómo se podría cobrar por el uso del servicio más popular que facilitan los proveedores de acceso: el correo electrónico. La idea del buzón electrónico como una herramienta gratuita también está amenazada.

Los proveedores de acceso han comenzado por recortar el número de cuentas y la capacidad de los buzones que ofrecen a sus clientes, y empiezan a cobrar por el espacio extra para almacenar información. Con todo, enviar mensajes por el correo electrónico seguirá siendo el método más económico, rápido y cómodo de comunicación intensiva, con la ventaja adicional de que los e-mail son eternos y pueden almacenarse, conservarse y recuperarse de forma sencilla, permitiendo así crear grandes archivos. Sin embargo, como alguien tiene que asumir el coste de las instalaciones que permiten enviar los mensajes a su destino, sí que habrá llegado la hora de pagar por su uso intensivo y, con ello, de utilizarlo racionalmente.

Con ese modelo futuro de pago, el llamado spam, una palabra que acuñaron los Monty Python y que se refiere al correo basura enviado sin el consentimiento del usuario, ya no será sólo un problema de invasión de privacidad, sino también económico.

El spam sólo morirá cuando haya un precio por el envío de mensajes que haga que éstos dejen de ser rentables. Por eso se está considerando la posibilidad de cobrar por el tráfico de los correos electrónicos, en vez de por el acceso al servicio, pues sólo así los distribuidores de spam dejarán de inundar la Red con sus mensajes publicitarios hasta ahora casi gratuitos (el casi es el coste de los listados de las direcciones electrónicas).

El spam tiene también un efecto perverso, pues la acumulación de mensajes deteriora la efectividad del correo electrónico, una herramienta clave en la sociedad de la información al permitir que diariamente millones de comunicaciones se transmitan en el mundo con costes mínimos.

Por eso en España el 93% de los internautas tiene una dirección propia de correo electrónico, y en EE UU se utiliza ya más el e-mail que el buzón postal. Pero cobrar por cada mensaje enviado para poner así fin a la plaga de las comunicaciones no deseadas es como matar moscas a cañonazos, además de una amenaza grave para el desarrollo de la nueva sociedad.

A riesgo de resultar intervencionistas, parece más oportuno seguir el camino que ha marcado la antes mencionada LSSICE: prohibir el spam, salvo que el destinatario otorgue el consentimiento previo para su recepción.

La inviabilidad legal, en vez de la inviabilidad económica, siendo conscientes siempre de que la universalidad de la Red impedirá que algún correo no deseado siga llegando a nuestro buzón electrónico. Pero este camino es mucho mejor que la opción de cobrar por los correos electrónicos cursados, amenazando así el desarrollo de la herramienta más universal del Internet actual.