COLUMNA

Una de capitalismo real

Veníamos de denostar el socialismo real como el único existente, de repudiar la situación de falta de libertades para los ciudadanos bajo argumentos de dar prioridad a la igualdad en las condiciones materiales de vida o de anteponer supuestas necesidades de la construcción nacional. Generaciones enteras resultaban sacrificadas en aras de objetivos decididos por las cúpulas dirigentes que se reservaban las ventajas como miembros de la nomenclatura. Estábamos entrenados para contrastar las proclamas teóricas del más depurado marxismo-leninismo con las realidades del más burdo estalinismo reflejado en las purgas, las deportaciones en masa y el gulag. Por fin cayó el muro de Berlín y pudo comprobarse conforme a los pronósticos de Julio Cerón que detrás de todo no hay nada. Fue entonces cuando Jorge Semprún pudo proclamar el fin de la trascendencia y asegurarnos que debíamos abandonar la idea de un más allá que rebasara el capitalismo en el que estábamos instalados. Seguir sosteniendo cualquier pensamiento basado en la provisionalidad de los sistemas occidentales se averiguaba insensato. Había que dejar de contar con el más allá de los profetas del comunismo.

Pero la resonante victoria final lograda por el presidente americano Ronald Reagan y sus aliados -la primera ministra británica Margarita Thatcher y de Su Santidad el papa Juan Pablo II- contra el imperio del mal empezó a destilar consecuencias venenosas en otras direcciones colaterales. Para empezar, se cumplió el pronóstico de Enrique de la Mata Gorostizga, aquel inolvidable presidente de Cruz Roja Internacional, según el cual la desaparición del bloque comunista traería libertades para los pueblos uncidos hasta entonces a ese yugo envilecedor pero acarrearía también la crecida de la esclavitud en otros muchos lugares ajenos a esa órbita del llamado socialismo real.

Por ejemplo, los sistemas de protección social que en los países occidentales habían suavizado la crueldad del capitalismo más primario y le habían dotado de rostro humano empezaron a erosionarse porque las compensaciones en términos de derechos laborales y sindicales, que se habían incorporado atendiendo al ambiente real y a las condiciones de presión y temperatura atmosféricas, partían del principio de la preferencia por las reformas graduales y de su mayor utilidad para desalentar el surgimiento de confrontaciones revolucionarias de signo irreversible, encaminadas inexorablemente conforme a las profecías marxistas, las cuales se trataba de seguir demorando.

También entonces imperaba la idea del fin de la historia aunque no a la manera de nuestro Fukujama de ahora. La decadencia de Occidente procedía de un pensamiento débil, el del capitalismo, que conforme al fatalismo dominante iba a ser arrumbado por el viento de la historia hasta la playa de la insignificancia, por decirlo en términos ceronianos. Entre tanto, las gentes de buena voluntad se esforzaban por mitigar las injusticias del sistema y, como proclama el lema de una benemérita ONG, se entregaban a la tarea de ir disminuyendo las diferencias.

El caso es que la existencia del bloque de los países del socialismo real representaba un pronóstico de futuro tan adverso, era una enmienda a la totalidad de tal naturaleza que para ir logrando su progresivo aplazamiento se adoptaban enmiendas parciales, que hacían el efecto de una especie de anestesia local.

Entre tanto, la pervivencia del sistema occidental ha dejado de estar amenazada por el poderío de la Unión Soviética y empieza a percibir como amenaza el proceso rayano en el caos hacia su desunión, su empobrecimiento y su centrifugación social y territorial. Descubrimos entonces con asombro que la debilidad de nuestros adversarios por tanto tiempo y con tanta tenacidad buscada ha dejado de ser fuente de nuestra seguridad para convertirse en grave amenaza. Resulta que el desastre ajeno al que prestábamos tan alegres contribuciones está pasando a ser una fuente de nuestra inseguridad, que la inminencia de un entorno de pobreza extrema puede ser amenazante para los poderosos. Desaparecido el bloque del socialismo real, abochornadas sus proclamas teóricas y descubiertas las falacias de sus profecías igualitarias y liberadoras, quedaba el campo libre para que el capitalismo se moviera sin obstáculos. Estábamos llenos de esperanza, pero en ese momento se ha podido advertir que más allá del capitalismo teórico, incardinado en el liberalismo difundido por apóstoles incansables como el profesor Carlos Rodríguez Braun, hay también un capitalismo real basado en la ingeniería financiera, la contabilidad creativa, el abuso de los gestores, el conchabamiento entre empresas auditoras y auditadas, la información privilegiada y la transgresión permanente de las reglas de la libre competencia en perjuicio de los ciudadanos. ¡Socorro!