La vergüenza de Francia

Resulta desagradable que los votantes de uno de los países más ricos y civilizados del mundo tengan la posibilidad de elegir ahora como presidente a alguien atraído por una corriente oportunista, regularmente satirizado en televisión como 'Supermentiroso' o, a modo de alternativa, a un candidato cuyo mensaje es de odio (...). No hay motivo para el pánico. Con Jacques Chirac casi con toda probabilidad de vuelta al Palacio del Elíseo por otros cinco años, el señor Le Pen pronto no tendrá más que decir de lo que ya ha dicho hasta el momento (...). Al mismo tiempo, la sacudida al sistema que él injuria es saludable.

Algunas cuestiones necesitan respuesta. Le Pen se anotó un buen tanto. Su partido logró más votos que ningún otro de los que concurrieron a las elecciones en no menos de 35 del centenar de departamentos existentes en Francia (...).

Pero su éxito debe mucho al resto de los candidatos (...) y muy especialmente, a la fragmentación de la izquierda (...). El señor Jospin se ha destruido a sí mismo. Ni siquiera fue capaz de decidir entre competir como socialdemócrata o como socialista. (...). Mientras su corazón está en la vieja izquierda, su cabeza gira a la derecha. Además de la cuestionable imposición de la jornada laboral de 35 horas semanales (...) ha manejado la economía bastante bien (...). El señor Chirac, infinitamente preferible a Le Pen, no se merece seguir. Tiene encanto y ojo (...), pero durante muchos años ha mostrado una patente carencia de compás moral o ideológico. Las acusaciones de corrupción se ciernen sobre él. Ni Jacques Chirac ni Lionel Jospin realmente parecen saber hacia dónde debe caminar Francia.