TRIBUNA

Los costes del envejecimiento

Se anuncia en Madrid para la próxima semana la Asamblea Mundial del Envejecimiento, con 180 países representados y una inauguración de gala a cargo del secretario general de Naciones Unidas, Koffi Anan, al que de paso investiremos doctor honoris causa por la Universidad de Alcalá de Henares.

Este sí que es un asunto de futuro, exactamente de nuestro futuro, del de cada uno de nosotros, al menos en el caso más deseado. Es, en definitiva, una cuestión ante la que se retratan las sociedades. Porque de cómo se comportan las sociedades ante los inválidos en general, entre los que acaban figurando inevitablemente los más mayores en edad, cabe deducir su calidad moral. Sin remontarnos a los tiempos de la roca Tarpeya, están cercanos los tiempos en que se eliminaba por ejemplo a los sordomudos considerados ineficientes y algunas sociedades que luego han reaccionado con ejemplar sensibilidad aplicaban sistemas para esterilizar o deshacerse directamente de quienes presentaban determinadas minusvalías.

En estos tiempos entregados a la idolatría de la economía de mercado, donde todos son cálculos sobre precio/calidad o coste/eficiencia, algunos desarrollos parecerían entrar en contradicción. Las ciencias adelantan y la medicina ofrece como resultado una esperanza de vida sucesivamente prorrogada que va convirtiéndonos estadísticamente en centenarios. Basta con la lectura de las listas de fallecidos que publican los diarios donde la frecuencia de los que sobrepasan la frontera de los noventa ya es abrumadora. Arturo Soria y Espinosa acostumbraba a definirse como superviviente inalterable y cada día crece el número de los que se sobreviven a sí mismos.

Nuestra generación, especializada en llegar siempre tarde a todo, sabe ya de manera cierta que carecerá por parte de sus hijos de las atenciones y cuidados que prestó o presta a sus padres.

Esos hogares troncales, patriarcales, donde los mayores seguían siendo una referencia de prestigio y autoridad, son cada vez más excepcionales. Primero, por la inestabilidad de las familias, por la centrifugación de sus miembros. Luego, por la falta de espacio, por la incapacidad de prestar los servicios permanentes que los de más edad reclaman, servicios que deben detraerse de otras exigencias impuestas por la dinámica imperante.

Apartir de una edad las opciones son la soledad del resistente o la retirada hacia las residencias especializadas que socializan la desolación vital. Hay indicios de regreso a lo que hace treinta o cuarenta años se llamaba medicina social, decidida a ocuparse de cada paciente teniendo muy en cuenta su condición económica y profesional. Una medicina social que integraba en sus cálculos aquel principio de que cuando un obrero come merluza uno de los dos está enfermo.

Después aparecen los diligentes actuarios de seguros y a partir de la pirámide de población, invertida en 180º, predicen matemáticamente la quiebra del sistema público de pensiones. Imbuido por estos cálculos, el representante del PP en el Pacto de Toledo propone que se responda a la mayor longevidad de las mujeres con una rebaja en sus percepciones, y así sucesivamente.

De ahí que los directores de la orquesta de Chicago se dispusieran a instrumentalizar el pánico al grito de ¡albricias! Amigos, apúrense y suscriban un plan de pensiones porque el Estado que estamos adelgazando bajo el principio de que la necesidad agudiza el ingenio y elimina los parásitos de la sopa boba va a ser en seguida incapaz de soportar las cargas sociales. Además de que esos deberes de asistencia han dejado de ser considerados un honor colectivo para convertirse en una rémora para la competitividad a cuyos avances todo ha de sacrificarse.

Otra cosa es que las cotizaciones de Bolsa caigan y el resultado sean rentabilidades negativas para los de siempre, de modo que los ahorros vayan siendo carcomidos por el orín y la polilla o por los administradores de Enron y los auditores de Arthur Andersen conchabados con ellos.

Entonces la contabilidad analítica establece los costes del mantenimiento correspondiente a las franjas de edad. De los 60 a los 80 años esos costes se elevan, pero a partir de los 80 la subida es exponencial y la tentación de considerar inútiles y disfuncionales esas inversiones para un sistema basado en la eficiencia empieza a cobrar carta de naturaleza mientras se abre la puerta a la eutanasia activa aplicada a discreción por quienes se consideran alejados de esa circunstancia.

Por todo eso, la Asamblea Mundial del Envejecimiento se encuentra a la defensiva y suena la canción de Joan Manuel Serrat: 'Que las manzanas no huelen, que nadie conoce al vecino, que a los viejos se les aparta después de habernos servido bien. Que el mar está agonizando, que no hay quien confíe en su hermano, que la tierra cayó en manos de unos locos con carné. Que el mundo es de peaje y experimental, que todo es desechable y provisional. Que no nos salen las cuentas, que las reformas nunca se acaban, que llegamos siempre tarde, donde nunca pasa nada'.