Estados Unidos
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. REUTERS

Las cifras mágicas de la reforma fiscal de Trump

La Casa Blanca minimiza el impacto presupuestario de su propuesta tributaria

Regresa a Laffer para sostener que los ingresos fiscales no caerán

Buena parte del éxito del economista Arthur Laffer (Ohio, 1947) se debe a que su tesis es sencilla, intuitiva y fácil de asimilar. Su famosa curva –la curva de Laffer– refleja que existe un punto óptimo de presión fiscal y que, superado ese nivel, un incremento tributario no genera más ingresos, sino que se traduce en una menor actividad y una caída de recaudación. Y, en sentido contrario, Laffer sostiene que es posible elevar la recaudación reduciendo los impuestos. En los dos extremos de la curva, con una presión fiscal del 0% y del 100%, el Estado no ingresa nada. Las ideas de Laffer no son tan revolucionarias. Ya en el siglo XIV, el economista y filósofo Ibn Jaldún advirtió que un incremento de los impuestos podía desincentivar la actividad económica y mermar la recaudación de impuestos.

Sin embargo, Laffer tuvo el acierto de dibujar esta idea en su famosa curva y convertirse en el gurú económico de Ronald Reagan. Desde entonces, su nombre se empuña como un arma entre los partidarios de reducir el papel del Estado. Y se suele dar por hecho que cualquier rebaja fiscal es intrínsecamente positiva y capaz de generar mayor actividad.

La izquierda europea suele exagerar el efecto multiplicador de elevar el gasto público; la derecha de EE  UU confía en exceso en el retorno que genera una rebaja fiscal sobre las arcas públicas

“Si quitas dinero a los ricos y se lo das a los pobres generarás muchos pobres y no habrá gente rica”, dijo Laffer a este periódico en una entrevista en la que también propuso prender fuego a la Unión Europea. Con un discurso más cercano al de un showman que al de un académico, no resulta extraño que sus tesis hayan seducido a Donald Trump. La reforma fiscal que el Gobierno estadounidense anunció esta semana contempla una drástica rebaja de impuestos directos como el IRPF o el impuesto sobre sociedades. La Casa Blanca regresa a Laffer y asegura que ello no se traducirá en más déficit porque la reducción tributaria generará un círculo virtuoso que elevará la actividad económica y, a su vez, aumentará los ingresos tributarios.

Nadie duda de que una rebaja fiscal puede tener un efecto positivo sobre la economía. Sin embargo, la cuestión es si el efecto multiplicador generado por una reducción tributaria tan drástica como la que propone Trump puede llegar a ser neutral en términos presupuestarios, como sugirió Steve Mnuchin, secretario del Tesoro de Estados _Unidos.

El Gobierno de Trump propone una histórica rebaja del impuesto sobre sociedades, que pasaría del 35% al 15%. Una reducción de 20 puntos de golpe es algo extraordinario y supondría un hito. Según los propios cálculos del Gobierno de Trump, el impacto estático de la medida, es decir, sin tener en cuenta el efecto sobre el crecimiento, supondría una pérdida de recaudación de unos dos billones en la próxima década. Sin embargo, el Tesoro estadounidense confía en que tal medida fomentaría el crecimiento empresarial hasta resultar prácticamente neutral.

Es poco creíble. De la misma manera que la izquierda europea peca muchas veces por exagerar los beneficiosos efectos del incremento del gasto público, la derecha que representa Donald Trump mantiene un confianza excesiva –y no respaldada en cifras– sobre el impacto positivo de una rebaja fiscal que, aseguran, no generará más déficit público.

La reforma fiscal de Trump carece de momento de un estudio riguroso en el que sustentarse. Su propuesta, lanzada el pasado miércoles, se limitó a publicitar las líneas generales que cabían en una página de Word.

Economistas citados por New York Times ya han alertado de que el plan fiscal de Trump puede provocar un agujero presupuestario relevante. Precisamente por este motivo, cabe esperar que la reforma fiscal sufra modificaciones de calado durante el trámite legislativo. De hecho, en las filas republicanas también existe recelo ante el proyecto del presidente. No es que los republicanos rechacen bajar los impuestos, sino que quieren hacerlo de forma gradual y con mayor cautela.

La idea de que es factible bajar los impuestos y, al mismo tiempo, no sufrir una merma recaudatoria o, incluso, subir la recaudación, también tiene un alud de defensores a este lado del Atlántico. Uno de ellos es, o era, el actual ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro. Durante la etapa de José Luis Rodríguez Zapatero, se opuso a las subidas fiscales de este y defendió que una rebaja fiscal generaría recursos públicos y mejoraría las cuentas públicas.

Una vez en el Gobierno de Mariano Rajoy, Montoro se olvidó de las recetas de Laffer y combatió el abultado déficit con la mayor subida fiscal en democracia. Posteriormente, con la mejora de las cuentas públicas y la proximidad de las elecciones, desandó el camino e impulsó una drástica rebaja fiscal en el IRPF y el impuesto sobre sociedades. La experiencia española reciente es clara. Cuando se aumentaron los impuestos, la recaudación subió y cuando se bajaron, cayó. La tesis de Laffer no se cumplió. Es cierto que durante la etapa de José María Aznar se bajaron los impuestos y los ingresos aumentaron. Ello es así porque la medida se adoptó en una etapa expansiva. La clave es el crecimiento. 

El proteccionismo ha sido el principal temor que ha generado Trump en el ámbito económico en sus primeros 100 días. Ahora, su plan fiscal, unido a su intención de incrementar el gasto militar y la inversión pública en infraestructuras, amenaza con incrementar el déficit y la deuda pública. Y ello genera inquietud tanto en las filas demócratas como en las republicanas.

Desde la óptica europea, Estados Unidos es un país con un bajo nivel de gasto e ingresos públicos. La principal potencia del mundo recauda en impuestos el equivalente al 33,5% del PIB. Solo México e Irlanda registran cifras inferiores en la OCDE. España, por ejemplo, ingresó el año pasado el 38,6% del PIB y la media de la OCDE alcanza el 42%. Lidera el ranking Francia, con una presión fiscal superior al 50%, un porcentaje que sería inadmisible para los estándares americanos. El gasto público en Estados Unidos se sitúa en el 37,7% del PIB frente al 46,6% de la UE.

A pesar de que Estados Unidos mantiene un tipo nominal en el impuesto sobre sociedades muy elevado, del 35%, su recaudación es relativamente baja. En 2015, el tributo que grava los beneficios empresariales aportó a las arcas estadounidenses un 2,2% del PIB. En la Unión Europea, con un gravamen medio del 22,5%, la recaudación se sitúa por encima del 2,5%. España, por ejemplo, mantiene hoy un gravamen del 25% e ingresa en torno al 2,4% del PIB. Estados Unidos tiene margen para ganar en eficiencia. La Casa Blanca prevé fijar un gravamen reducido –en torno al 10%– para incentivar que las empresas americanas repatríen el dinero que tienen en el exterior. Está por ver si Trump será capaz de atraer el inmenso capital que las empresas americanas mantienen en todo el mundo. La imprevisibilidad del dirigente estadounidense y su defensa de las políticas proteccionistas no son la mejor carta de presentación para convencer a las multinacionales de repatriar sus dividendos.

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