El director del Consejo Económico Nacional, Gary Cohn, y el secretario de Estado, Steven Mnuchin.
El director del Consejo Económico Nacional, Gary Cohn, y el secretario de Estado, Steven Mnuchin.

Reforma fiscal de Trump: la no-doctrina que también aplicaron Kennedy y Reagan

Los republicanos ven venir el lobo del déficit público y la posible suspensión de pagos del gobierno ante el gasto en el que va a incurrir el presidente

200 palabras bastaron para exponer la reforma fiscal del presidente Trump. Primero, los datos. Las empresas pagarán un 15% en impuesto de sociedades. Es una fuerte bajada fiscal que ya quisieran las pymes españolas que generan el 66% de nuestro empleo -y eso que hemos conocido desalentadores datos de la EPA-. De los siete tipos actuales en el impuesto de la renta se pasa a tres: 10%, 25% y 35% (este último, aplicable a los más ricos, que hoy pagan el 39,6%).

Habrá deducciones para individuos y familias: una pareja que tribute conjuntamente, estará exenta de pagar impuestos por los primeros 24.000 dólares de ingresos y la mitad en el caso de una persona.

Hay algunos detalles más, pero lo esencial de la reforma ya está escrito. Sin embargo, debido a la ausencia de información, es mucho lo que hay que decir. Primero, el objetivo del anuncio de la reforma: demostrar, una vez más que “Trump es el presidente más activo de la historia en sus cien primeros días de mandato”. La reforma fiscal se presentó en un folio -eso es ir al grano- y, si de firmar decretos ley de una página se tratase, Trump tendría razón: ha firmado más decretos-página que nadie. Mission accomplished. Me pregunto si alguien ha leído el decreto ley de 21 de abril, firmado por Trump, en que se da un plazo de 180 días para desarrollar la reforma fiscal, lo que quiere decir que, hasta 2018, en el mejor de los casos, no la habrá. Primero, porque tiene que descender a detalle, segundo porque tiene que negociarlo con el poder legislativo (republicanos y demócratas) y, tercero porque Cámara de Representantes y Senado tienen que aprobarla. Ninguna de estas cuestiones es tan sencilla como parece.

En su comparecencia pública Gary Cohn, director del National Economic Council, y Steven T. Mnuchin, secretario del Tesoro, recibieron muchas preguntas de la prensa, que no pudieron contestar. Lo importante, según ellos, era -es- la filosofía del plan: reduciendo impuestos, se creará más riqueza porque las empresas invertirán y contratarán más y la población general, con más dinero en su bolsillo, gastará más. A esta no-doctrina económica, en Norteamérica, la denominan como trickle-down economics: baje usted impuestos a los más ricos y, cuando los ricos sean más ricos, harán que los demás también lo sean. Así de sencillo. Para ilustrar la evidencia empírica y la solidez intelectual de la propuesta del presidente, los pregoneros aludieron a la historia, de todos sabida: JFK, Kennedy, en 1961, bajó el tipo máximo del 90% al 70% y la economía creció al 7%. En 1981, Reagan lo bajó del 70% al 50% y consiguió un PIB del 7,8%. Sin embargo, a Cohn y a Mnuchin se les olvidó decir, por ejemplo: que el presidente Johnson (LBJ), tras ser asesinado Kennedy, tuvo que subir los impuestos varias veces, porque de otra manera no hubiera podido financiar su propuesta de Gran Sociedad, consistente en reforzar la Seguridad Social para los paupérrimos y la creación de Medicaid y Medicare, los programas sociales más importantes de América. Se me olvidaba: Vietnam. La guerra de Vietnam (oficialmente, de 1965 a 1975), extremadamente cara y que también exigió fuertes subidas de impuestos.

El caso de Reagan es interesante. Efectivamente, en 1981 bajó los impuestos a los más ricos -se quejaba en su libro de memorias An American life de que, cuando llegó a Hollywood en los años 30, Uncle Sam se llevaba 90 céntimos de cada dólar que ganaba, lo cual para él era injusto. Olvidó decir Reagan que, entonces, él era demócrata, que quien gobernaba era Roosevelt (FDR) y que los impuestos para los más ricos eran muy altos porque América sufría la Gran Depresión-. En 1984 y en años sucesivos, dado que el déficit y la deuda pública se multiplicaron por dos, el presidente tuvo que subir los impuestos varias veces. De ahí que, en 1988, su sucesor, George Bush padre, en campaña electoral, prometiera: “leed mis labios: no subiré más los impuestos”. Pero el déficit público heredado por Reagan era tan elevado y, de nuevo, otra costosa guerra, la primera del Golfo en 1991, llevaron a Bush Senior a incumplir su promesa y hubo de subir impuestos. Consecuencia: Bill Clinton ganó las elecciones.

También George Bush hijo bajó los impuestos a los más pudientes, siguiendo la misma filosofía, pero nada más empezar su presidencia, estalló la primera de las recesiones de sus dos mandatos, sucedieron los terribles atentados terroristas del 11 de Septiembre de 2001 y, adicionalmente, embarcó a Estados Unidos en dos guerras (Irak y Afganistán) que, como dicen el hispanista Geoffrey Parker y el propio presidente Trump, costó mucho a América “in blood and treasure”. Joseph Stiglitz, premio nobel de economía, calculó que la guerra de Irak costaría 1 billón de dólares. Al final, la factura actual y real de las dos guerras, dicho por la Oficina Económica del Congreso asciende a 6 billones de dólares. El déficit público, hoy, según esa misma fuente, equivale al 77% del PIB. Y la deuda -suma de todos los déficits- equivale al PIB: hablamos en ambos casos (PIB y deuda pública) de 20 billones de dólares .

El think-tank Tax Policy Center estima que el 10% más rico de América habría de pagar el 90% de los impuestos para sostener la economía. No olvidemos que estamos a las puertas de un default o suspensión de pagos del gobierno federal, de nuevo provocado por los congresistas republicanos, con la diferencia de que hoy, el rehén no es el presidente Obama, sino supuestamente, uno de los suyos: el presidente Trump. Tax Policy Center (respetado por demócratas y republicanos) ya ha hecho cálculos: la propuesta fiscal de Trump hará que el gobierno federal deje de ingresar 3 billones de dólares del impuesto de la renta de las personas físicas y otros 6 billones fruto de la bajada al 15% del impuesto de sociedades. Una conclusión parece obvia y se la preguntaron los periodistas a los dos pregoneros de Trump hasta que se les secaron las gargantas: “¿no cree usted que aumentará el déficit público?”. Respuesta ,en la misma línea de Reagan y de Bush: “No, porque gracias a las bajadas de impuestos, generaremos tanta riqueza y empleo, que el plan se autofinanciará a sí mismo”. Sin embargo, ya hemos visto que, con Johnson, Reagan y Bush, esta filosofía fue fallida y, en el caso de este último presidente, culminó en la Gran Recesión de 2007-2009.

Sin embargo, Bill Clinton subió impuestos a los más ricos, impulsó el comercio internacional e imbuyó las TIC en la economía y la empresa americanas y la economía creció al 5% y consiguió la más fuerte creación de empleo del siglo XX. Obama heredó de Bush la Gran Recesión y puso en marcha el paquete de estímulo para rescatar la economía (787 billones de dólares) y el automóvil y los bancos y las aseguradoras…: Obama tomó posesión en enero de 2009; en junio de 2009 la economía volvió a crecer y se generaron, en sus dos mandatos, 15 millones de empleos. Cierto, para financiar el paquete de estímulo, Obama subió temporalmente los impuestos a los más ricos. Y, gracias a todo ello y a pesar de las cosas tan ajenas a la realidad que dice Trump, el nuevo presidente heredó una economía saneada que se dirige al 3% de crecimiento en PIB y pleno empleo, con tasa de paro del 4,7%.

A Trump le queda un largo camino por delante. Su propio partido evitó repeal and replace Obamacare, desde la derecha, desde el centro y desde la izquierda. Ahora, sus correligionarios, que ven venir el lobo del déficit público y la posible suspensión de pagos del gobierno, están asombrados del fortísimo aumento del gasto en que va a incurrir Trump sin haber conseguido primero los ingresos, más aún, bajándoselos a los que más pueden aportar, los más ricos, empezando por él mismo y sus empresas. El partido quiere un impuesto de sociedades del 20% y no del 15% y, si no, no le aprobarán la reforma fiscal. Ni una palabra de la promesa electoral de subir impuestos a los que declaran fuera de América: claro intento de meterse en el bolsillo a las empresas tecnológicas. Tampoco una palabra para acabar con el comercio internacional, excepto que “donde dije digo, digo Diego”: y Trump anunció el mismo día, que no va a renunciar a NAFTA, a pesar de haber prometido destruirlo en campaña electoral.

Para ser consistente con la filosofía que comparte con Johnson, Reagan y Bush -Dios no lo quiera-, a Trump le falta solo una cosa: una guerra. Quizá no fue casualidad que el día del anuncio de la reforma fiscal, América lanzara un misil sin carga nuclear que puede alcanzar a Corea del Norte o que haya iniciado el proceso para derogar el tratado de no proliferación con Irán. Dios nos pille confesados.

Jorge Díaz Cardiel es socio director de ADVICE Strategic Consultants. Autor de Hillary vs Trump y Una nueva geopolítica para un nuevo presidente.

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