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A fondo
Opinión

Bezos, Musk, la Luna y el apetito por el riesgo

Hay una vía para lograr una industria más eficiente y, según el fundador de Amazon, todo pasa por nuestro satélite

Cohete New Glenn de Blue Origin en una rampa de lanzamiento.Blue Origin

Hay hombres que nunca se cansan de soñar. Que moldean, con sus ideas, el destino de los 8.294 millones de personas que viven en la Tierra. Y a los que, en ocasiones, se les queda pequeño hasta el planeta. Ése parece ser el caso de Jeff Bezos, el fundador de Amazon, quien hace unos días en París puso las bases de un escenario cuanto menos ambicioso.

El empresario quiere convertir nuestro planeta en una reserva natural, un lugar donde los niveles de polución vuelvan a los niveles de la era preindustrial. Un lugar donde vivir, pasear y, por supuesto, también trabajar, pero siempre desde el respeto al medio ambiente. Y a la industria contaminante quiere mandarla a la Luna.

No es un brindis al Sol, ni tampoco a nuestro satélite. Tiene un plan pensado y a él dedica gran parte de sus esfuerzos, una vez alejado de la gestión de Amazon y focalizado en su compañía Blue Origin. Cree el magnate nacido en Albuquerque que la industria que posibilita los vuelos espaciales reducirá enormemente sus costes si empieza a fabricar cohetes en serie, como si de un modelo industrial se tratase.

El hombre que dio sentido a internet, o a la venta online por internet, quiere hacer algo parecido con el espacio. Poner las bases para que los vuelos espaciales tengan un sentido económico, no solo geopolítico. No se trata, argumenta, de viajar más lejos, sino de que el viaje tenga un propósito.

Quedarse allí

Y el propósito, en esta ocasión, no es llegar a la Luna, sino quedarse en ella. Y empezar a fabricar allí las cosas que necesitamos en la Tierra. Trasladar allí la manufactura intensiva, los centros de datos, e incluso la producción energética con un doble sentido: ahorrar costes y dejar de contaminar nuestro planeta azul.

La Luna, dice Bezos, está solo a tres días y medio de viaje, y sus polos contienen hielo de agua que puede transformarse en oxígeno e hidrógeno, es decir, combustible espacial. Su gravedad es seis veces menor que la terrestre, lo que significa que mover materiales desde la Luna al espacio requiere hasta 28 veces menos energía por kilogramo que hacerlo desde la Tierra.

Hay, en definitiva, una vía de cambiar todo nuestro modelo de producción para lograr una industria más eficiente y menos contaminante y, según la visión de Jeff Bezos, todo pasa por la Luna. Estrenando apenas el segundo cuarto del siglo XXI, todo ello puede parecer de ciencia ficción, pero no es el único empresario que se ha fijado en las estrellas. El hombre más rico del mundo, Elon Musk, le lleva incluso la delantera. La empresa del magnate de origen sudafricano, SpaceX, ha lanzado hasta la fecha más de 10.000 satélites al espacio. El resto de la humanidad, sumando todos sus lanzamientos, queda lejos de esta cifra.

Y si bien sus ojos han estado en algún momento fijos en Marte, parece también haber desviado su atención a nuestro satélite. En febrero de este año ya anunció sus planes de crear una ciudad en la Luna, algo que pretende hacer en menos de 10 años. Las películas con las que crecimos han cambiado. En vez de asistir a una carrera entre rusos y americanos, podemos ver un duelo entre dos hombres que fundaron su propia empresa.

El apetito por el riesgo

Y esa es la mayor lección empresarial que podemos sacar de todo este asunto. Es pronto para saber si el sueño de colonizar la Luna responde a los delirios de unos hombres a los que ya se les ha quedado pequeño nuestro planeta o a una visión clarividente que supera con creces la de un humano normal, pero está claro que a ambos les sobra lo que tanto parece faltar en nuestro continente: apetito por el riesgo.

Se queja Europa –y evidentemente España– de que se está quedando atrás en la carrera tecnológica, de que sus empresas no despegan a pesar del talento que producen sus universidades. Pero... ¿está dispuesto el ecosistema empresarial –y especialmente los inversores– a apoyar ideas tan arriesgadas como las que sostienen emprendedores como Bezos y Musk?

Es algo que convendría preguntarse. Lunáticas o no, las ideas de este tipo de personas son las que han cambiado nuestro mundo. Y el apetito por el riesgo, convenientemente estructurado, puede ser beneficioso. No se trata de actuar a lo loco, sino de definir el nivel de riesgo que una organización está dispuesta a asumir de forma consciente para alcanzar sus objetivos estratégicos.

Tan perniciosa es la excesiva prudencia –que puede frenar la competitividad– como una exposición descontrolada que comprometa la estabilidad de un proyecto. Pero definir hasta qué punto una empresa acepta la incertidumbre en áreas como inversión, innovación, expansión o financiación puede ser de gran utilidad a la hora de tomar decisiones.

Por suerte para la especie humana, nunca faltarán soñadores. El gran desafío, para la mayoría de nosotros, es saber cuáles de estos proyectos llegarán a buen puerto, y cuándo y cómo apostar por ellos. Pero sin olvidarnos de una gran realidad: algunos sueños se cumplen.

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