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La realidad paralela de Trump, en otra dimensión

A diferencia de Clinton y Obama, no rectifica ante el rechazo ciudadano y niega la realidad

Protesta contra Donald Trump delante de la Torre Trump, en Nueva York, el 30 de mayo.DPA vía Europa Press (DPA vía Europa Press)

Trump vive en una dimensión distinta a la del resto: dice una cosa y la mayoría piensa la contraria. Una media aritmética de cientos de encuestas sobre la gestión del presidente, la dirección del país, economía, inflación, inmigración, política internacional, la guerra de Irán, la guerra ruso-ucraniana (“¡acabaré en un día con ella!”) y ...

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Trump vive en una dimensión distinta a la del resto: dice una cosa y la mayoría piensa la contraria. Una media aritmética de cientos de encuestas sobre la gestión del presidente, la dirección del país, economía, inflación, inmigración, política internacional, la guerra de Irán, la guerra ruso-ucraniana (“¡acabaré en un día con ella!”) y el conflicto de fondo en Oriente Próximo dice que dos tercios de los estadounidenses suspenden a Donald Trump en su gestión de todos esos temas.

Suspensos de tal calibre, máxime antes de unas elecciones que tiene todas las papeletas de perder, harían preguntarse a alguien sensato si va en la dirección correcta. Clinton y Obama lo hicieron, cuando perdieron las primeras elecciones de medio mandato: desde la izquierda, fueron al centro, como pedían sus votantes. Trump no rectifica y niega la mayor: “¿Economía? Vivimos la época dorada de América”, aunque el PIB del primer trimestre fue rebajado (+1,6%). “¿Inflación elevada? Es culpa de Biden”. ¿La guerra con Irán?

Trump dio por ganada la guerra nada más empezarla, pero no tiene visos de acabar pronto. A Trump se le acaba la cuenta atrás: la guerra es impopular y afecta negativamente a la economía y a la inflación. Preguntado por las elecciones legislativas de noviembre, bajo el prisma de la guerra de Irán, dijo: “Las midterms no me preocupan”. Trump piensa que los iraníes no podrán aprovechar esa cita electoral en su contra y, además, está convencido de ganarlas…, él: donde hay primarias, Trump apoya a su candidato/a, apartando, por traidores a MAGA, al resto. Esto genera descontento en el Partido Republicano. Si los conservadores pierden la mayoría en la Cámara de Representantes, querrán un ajuste de cuentas con Trump. La tentación de este será gobernar por decreto, lo cual conduciría al impeachment, de nuevo.

Él no parece preocupado: la economía se le cae en pedazos; a sus aliados tecnológicos les explotan los cohetes al despegar; la ciudadanía está descontenta porque no llega a fin de mes…: “La culpa es de los fake media porque no informan de mis éxitos”. Su realidad es que el S&P 500 creció en abril y mayo, más que nunca. Pero el índice de confianza del consumidor está por los suelos y las ventas minoristas caen. Los líderes de las big tech son las más grandes fortunas del mundo, pero esa riqueza no llega a sus trabajadores. La incógnita de la inteligencia artificial: hace más ricos a los dueños de Nvidia, Microsoft, Alphabet/Google, Meta, Oracle, Amazon, Tesla, pero genera despidos masivos, en aras de mayor eficiencia y productividad. Trump solo ve lo primero, pero no lo segundo. Líderes ciegos, en economía, son el enemigo público número uno.

Y están los fines de semana de la marmota enriquecida. Desde que comenzó la guerra con Irán, hace tres meses, cada viernes se anuncia algo importante que altera los mercados; durante el fin de semana hay otro anuncio oficial que cambia el sentido de los mercados los lunes. Mientras, algunos se hacen multimillonarios, como si tuvieran información privilegiada: ¿cuántos altos el fuego ha habido con Irán; cuántas veces han sido incumplidos; cuántas propuestas de paz rechazadas? A Trump parece no importarle, pero el bolsillo de la ciudadanía está que arde.

Mientras, otros actores en la guerra dicen poco, hacen mucho y consiguen sus objetivos. ¿Por qué entró EE UU en guerra con Irán, si en junio de 2025 había destruido sus capacidades nucleares? “La amenaza de ataque nuclear de Irán era inminente”, repite Trump. El director de Antiterrorismo, Joe Kent, negó la mayor y alegó que Trump había iniciado la guerra en Irán por “la presión de su aliado y de su poderoso grupo de presión estadounidense”. Kent dimitió. La directora de seguridad nacional, Tulsi Gabbard, tampoco apreció esa amenaza iraní: deja el cargo, ya. Marco Rubio, secretario de Estado, dio una clara explicación del porqué de la guerra: “Sabíamos que un aliado atacaría Irán y decidimos adelantarnos y ayudar”. Y tanto que ayudar: América ha gastado gran parte de su arsenal y su aliado lo tiene intacto. China y Rusia se frotan las manos.

Trump, con el Departamento de Justicia, ha acordado su exoneración de investigaciones del fisco a sus actividades y declaraciones de Hacienda. No es terreno del Departamento, pero la extitular, Pam Bondi, también fue despedida: prometió desclasificar todo el caso Epstein, pero tuvo que echarse atrás por presiones…

Trump despliega una actividad impresionante. Pero el egocentrismo, la vanidad, el desapego en la toma de decisiones –no parecen importarle las consecuencias para los demás– muestran a un hombre que, realmente, no es dueño de sus poderes. Tampoco asume responsabilidades, por contraste con otros presidentes: Eisenhower puso límite a los mandatos presidenciales, porque sintió la insufrible presión del “complejo industrial-militar”; Kennedy fue asesinado. Johnson, deprimido por la guerra de Vietnam, tiró la toalla. Nixon se refugiaba en la bebida, pero el Watergate le echó de la presidencia. Ford no era muy listo: perdió. Carter deprimía a la nación: perdió. Reagan levantó el espíritu de América, con chistes… y con economía y la victoria sobre la URSS. Bush padre rompió su promesa y subió impuestos: perdió. Clinton protagonizó la mayor expansión económica en generaciones. Bush hijo se tomó la molestia de inventarse algo sobre unos polvillos amarillos para justificar la guerra de Irak. Le dejó a Obama una gravísima recesión financiera, pero Obama salió por la puerta grande. Biden, nada.

¿Y Trump? ¿Qué legado dejará Trump además de enriquecerse? ¿Su estatua de oro?, ¿la sala de baile de la Casa Blanca?, ¿la destrucción de la OTAN? o ¿el fin de la primacía mundial de América?

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