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Opinión

La revolución de la IA entra en una fase incómoda: productividad, incertidumbre y coste social

La inteligencia artificial amenaza con romper la ‘escalera profesional’ de muchas ocupaciones cualificadas

Jensen Huang (segundo por la izquierda), CEO de Nvidia, mientras el secretario de Estado de EE UU, Marco Rubio, saludaba al presidente chino, Xi Jinping, durante la visita de una delegación estadounidense a China, el 14 de mayo pasado.Evan Vucci (REUTERS)

Hace apenas dos o tres años, la inteligencia artificial parecía todavía una conversación de laboratorio, una promesa futurista más cercana a Hollywood que a la economía real. Hoy, en cambio, se ha convertido en el gran motor de la nueva revolución tecnológica y financiera. Las grandes tecnológicas compiten por construir centros de datos gigantescos, entre récords de valoraciones bursátiles. La productividad potencial de la IA se presenta como la gran esperanza para economías envejecidas y endeudadas. Todo ello acontece incluso en medio de tensiones geopolíticas globales, guerras comerciales y conflictos como el de Irán, con claro impacto sobre la energía que emplean intensivamente en la IA, y que apenas han conseguido alterar el entusiasmo inversor alrededor de esta tecnología.

La velocidad del cambio resulta sencillamente extraordinaria. Según un informe del AI Economy Institute de Microsoft, con datos del segundo semestre de 2025, una de cada seis personas en el mundo utiliza ya herramientas de inteligencia artificial generativa. Emiratos Árabes Unidos o Singapur superan tasas de adopción del 60%, mientras gobiernos y empresas aceleran sus inversiones para no quedarse atrás.

Las posibilidades son inmensas y crecientes. La IA puede democratizar el acceso al conocimiento, reducir los costes sanitarios, aumentar la eficiencia empresarial y liberar tiempo para actividades creativas y de mayor valor añadido. En teoría, estamos ante una tecnología capaz de elevar la productividad global como pocas innovaciones anteriores. Sin embargo, precisamente cuando el entusiasmo parece alcanzar máximos históricos, empieza a emerger algo inesperado, una creciente sensación de malestar social. La reciente encíclica Magnifica humanitas del Papa León XIV alerta con acierto de los grandes riesgos en que incurre la sociedad con una IA descontrolada.

Un síntoma llamativo está apareciendo en Estados Unidos, el país que lidera esta revolución tecnológica. En numerosas graduaciones universitarias, la simple mención de la inteligencia artificial comienza a provocar abucheos entre los estudiantes. Lo que hace unos años habría parecido impensable refleja un cambio psicológico importante. La generación que debería abrazar con mayor naturalidad cualquier innovación tecnológica empieza a mirar la IA con ansiedad, recelo e incluso enfado. Un número amplio de estudiantes estadounidenses protestan ya contra acuerdos entre universidades y compañías de inteligencia artificial, organizan marchas anti-IA y crean clubes luditas, similares a los del siglo XIX que lucharon contra la maquinaria textil.

La pregunta es inevitable. ¿Por qué precisamente los jóvenes, tradicionalmente más receptivos a la tecnología, están reaccionando así? Probablemente porque son los primeros en percibir que esta revolución puede afectar directamente a sus oportunidades laborales y su incorporación al mercado de trabajo. La preocupación ya no es abstracta. Hay estimaciones de que el empleo entre trabajadores jóvenes en ocupaciones especialmente expuestas a la IA cayó un 13% en apenas tres años.

En este contexto aparece uno de los problemas más importantes, como es la posible ruptura de la escalera profesional. Durante décadas, muchas profesiones cualificadas funcionaban mediante aprendizaje progresivo. Los jóvenes comenzaban realizando tareas rutinarias y repetitivas antes de asumir mayores responsabilidades. Son precisamente esas tareas básicas las que la IA ejecuta ahora con enorme eficacia. Si elimina buena parte del trabajo junior, ¿cómo se formarán los profesionales senior del futuro? El problema no es solo destruir empleo, sino también la alteración del propio mecanismo de acumulación de experiencia sobre el que se han construido muchas profesiones modernas.

Hay que reconocer que todavía no existe consenso definitivo sobre el impacto real de la IA en el mercado laboral. Las investigaciones actuales siguen siendo preliminares y las grandes revoluciones tecnológicas tardan años en reflejarse plenamente en los datos económicos. Muchos opinan que incluso los jóvenes acabarán adaptándose mejor que nadie a esta tecnología y que surgirán nuevas ocupaciones difíciles todavía de imaginar.

En todo caso, aunque parte del temor resulte exagerado, la ansiedad social ya es real. Y eso también tiene consecuencias económicas. La inteligencia artificial no solo plantea un desafío de índole tecnológica, sino también política, fiscal y social de enorme magnitud. Si una parte relevante del empleo de entrada desaparece o se precariza, el impacto sobre las cuentas públicas puede ser considerable. Menos cotizaciones sociales, menor recaudación tributaria y mayores tensiones sobre sistemas de bienestar ya presionados por el envejecimiento demográfico.

Además, la preocupación por la IA parece insertarse en un deterioro más amplio del optimismo colectivo, especialmente entre los jóvenes occidentales. El último World Happiness Report, auspiciado por las Naciones Unidas, advierte de una caída significativa del bienestar juvenil en Estados Unidos, Canadá y otros países anglosajones. Es como si se estuviera perdiendo buena parte del optimismo.

La IA probablemente no sea la única causa de ese malestar. Las redes sociales, la polarización política, la precariedad de la vivienda o la incertidumbre económica también pesan. No obstante, la IA se está convirtiendo en el símbolo más visible de una sensación generacional de pérdida de control sobre el futuro. Durante demasiado tiempo, el debate sobre IA se ha centrado exclusivamente en sus capacidades técnicas o en sus valoraciones bursátiles. Mucho menos se ha hablado de cómo distribuir sus beneficios y gestionar sus costes sociales. La IA puede convertirse en la mayor revolución productiva del siglo XXI, pero no será sostenible si amplias capas de la población perciben que el progreso avanza contra ellas. La gran pregunta no es, en absoluto, si se debe desarrollar la IA. Eso no está en debate. La verdadera cuestión es si se podrá construir una inteligencia artificial compatible con el empleo, la cohesión intergeneracional, la estabilidad social y la sostenibilidad fiscal.

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