La lógica de Trump
Como en la guerra de Irak, el presidente de EE UU quiere controlar el petróleo y el gas mundial

“Toda guerra se basa en confundir para vencer sin combatir… salvo que sea inexorable”, escribió Sun Tzu y practica Donald Trump, alternando ultimátum, bombas y acuerdos temporales, tal como hace ahora con Irán. Es parte de su lógica dialéctica global, que combina aranceles, guerras, negacionismo climático y expulsión de inmigrantes, para construir un poder imperial capaz de enfrentar el desafío a su hegemonía. China reduce rápidamente distancias: su PIB (PPA) es un tercio mayor al estadounidense, aunque por habitante es un 65% menor. Supera a EE UU en registro anual de patentes de alta tecnología, aunque las cinco mayores tecnológicas estadounidenses controlan la mitad del negocio digital mundial gracias a deuda, que es parte del 364% sobre PIB de deuda total estadounidense (124% la pública).
Los ataques de EE UU e Israel a Irán están en el guion de confrontación hegemónica en el marco de una crisis sistémica que abarca lo económico, social y humanitario, la política, la ecología y lo existencial de una humanidad enfrentada a su criatura, la mal llamada inteligencia artificial generativa, que es inteligencia humana digitalizada, apropiada por megacorporaciones tecnológicas estadounidenses. Mientras las grandes corporaciones mundiales tuvieron beneficios récords, los salarios cayeron en el ingreso nacional, con fuerte pérdida de poder adquisitivo y degradación social. El 43% de la humanidad vive con menos de 5,5 dólares diarios. En EE UU, los beneficios corporativos crecieron favorecidos por recortes de impuestos de Trump, mientras hay 40 millones de pobres sin ayuda. Las guerras por territorios y recursos, el genocidio palestino para construir el Gran Israel gendarme regional y el cambio climático provocan una crisis humanitaria, ecológica y democrática, dando vuelo al neofascismo y la deshumanización en todo el mundo.
Trump busca reforzar la hegemonía de EE UU recuperando su economía erosionada en el capitalismo globalizado, en el que la maximización de beneficios de las transnacionales resulta antagónica con una distribución de ingresos que posibilite la cohesión social. Su respuesta atiende solo demandas de sus élites: guerra arancelaria para disputar mercados y chantajear para imponer reglas; guerras militares para dominar el mercado mundial de energía, y retrasar o evitar la transición hacia renovables (apuesta de China y la UE, que invierten el 35% y 25%, respectivamente, del total mundial), por lo que su negacionismo de la emergencia climática es clave para mantener los combustibles fósiles como patrón energético dos siglos más, si la humanidad y el planeta sobreviven.
Como en la guerra de Irak, EE UU busca controlar el centro del tablero, el petróleo y el gas mundial (y con este el de fertilizantes), con infraestructuras y rutas de transporte marítimo, cruciales para dominar mercados y mantener supremacía tecnológica y militar. Es primer productor y exportador de gas y primer productor y tercer exportador de petróleo, gracias al fracking de esquisto, del que tiene reservas probadas para diez años y potenciales para 200. Su explotación posibilitó récords de producción (aporta dos tercios) y exportación, gracias a subsidios estatales a costa de déficit público.
Para ser rentable, necesita precios superiores a 70 dólares hoy, mayores a 100 en 2030, y crecientes a largo plazo, según se agoten los yacimientos más accesibles. Para conseguirlo, Trump necesita reducir la oferta hidrocarburífera de otros productores, gestionando el petróleo y gas de Venezuela, y destruyendo infraestructuras energéticas en Irán y/o imponiéndole limitaciones en la pax americana. Si consiguiese doblegar a Canadá (terceras reservas petroleras) y Groenlandia –rica en gas y tierras raras– como pretende, además de construir la Gran América del Norte, dominaría el 30% de las exportaciones y la mitad de las reservas mundiales. Sumando aliados del Golfo, formaría un bloque oligopólico de nueve de las diez mayores reservas de petróleo y cinco de las diez mayores de gas, pudiendo condicionar producción y precios mundiales de energía y alimentos, generando inseguridad alimentaria y depreflación mundial con gran impacto en el poder adquisitivo.
Dominado el centro del tablero, tocará cierre de posición de EE UU, que para América Latina supondrá, además del acoso a Cuba, ¿y Colombia?, geoestratégicamente clave, aumentar la presión para expulsar a China de infraestructuras y explotación de agua, minerales e hidrocarburos regionales, que Washington considera suyos. Para la Unión Europea implicará desestabilización para dividirla y desarticularla, frenar la transición a las renovables, y dominar sus mercados. Presionará por aranceles y eliminar o limitar leyes de servicios y mercados digitales, de IA, de protección de datos, y estándares para conseguir soberanía digital. Continuará la ofensiva contra el mermado Estado de bienestar europeo, al que considera “barrera fiscal” para sus empresas, por sus regulaciones sociales y ambientales, cuyo sostenimiento requiere impuestos o contribuciones, a la vez que exigirá que le compremos más armamento (somos su principal mercado) para ampliar su negocio (concentra un 42% de exportaciones bélicas).
La inteligencia artificial, convertida en nuevo patrón tecnológico dominado por corporaciones estadounidenses, generará gran demanda de energía (y agua) y reconfigurará el modo de producir, distribuir y consumir, con profundas implicaciones sociales y para la sostenibilidad de la vida tal como la concebimos. En la organización del trabajo y el empleo provocará un ajuste radical, pues razona, planifica y ejecuta tareas de forma autónoma, por lo que hasta 2030 el 14% de trabajadores del mundo tendrían que cambiar actividad por la automatización (en EE UU y UE serían un 25%), eliminando 300 millones de puestos laborales, por lo que la política de expulsión masiva de inmigrantes de Trump (y la ultraderecha europea), en esa lógica maquiavélica, buscaría liberar empleos para la población “blanca”.
El asalto al rey adversario, China, quedaría para el medio-largo plazo. Pero controlando Venezuela y lo que resulte con Irán, EE UU conseguiría romper eslabonamientos fundamentales de la Franja y de la Ruta china. Venezuela firmó una alianza estratégica con Pekín en energía, infraestructuras y tecnología e Irán otra de inversiones masivas en infraestructura, y es nodo geográfico de la Ruta como corredor económico terrestre rápido y seguro, además de marítimo, que conecta China (importador del 90% del petróleo iraní exportado) con Europa y Occidente.
En esta partida inconclusa, la guerra y el armamentismo permanente son continuación de los negocios por otros medios, dejando fuera como desechos a la humanidad y la naturaleza, las dos fuentes genuinas de riqueza. Como dijo Bertolt Brecht, el autoritarismo “vela el contenido económico de su violencia”.