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La tribuna de los fondos
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

¿Qué parámetros son útiles para medir la eficiencia de una cartera de fondos?

Buscar optimizar la forma de invertir ha sido objeto de estudios e investigaciones científicas que han generado cientos de fórmulas

Bolsa
Vista general del parqué madrileño de la Bolsa.Ana Bornay (EFE)

Para empezar por el principio hablemos del alfa. El alfa es lo que aporta el gestor o la filosofía de inversión de un fondo o cartera de fondos frente al mercado. Pero cuando hablamos de mercado ¿a qué mercado nos referimos? ¿Qué índice representa mejor los intereses de cada inversor? Por otro lado, los fondos que consiguen más alfa ¿son los que ofrecen más satisfacción a cualquier inversor?

En general, los inversores toleran bastante mal resultados negativos en un fondo durante un tiempo largo, normalmente hasta dos años, cuando los índices de mercado que siguen como referencia se están comportando bien, aunque ese fondo acabe haciéndolo mejor en un momento posterior. Un ejemplo es Alken European Opportunities. Su gestor, Walewski, fue un gestor estrella muy reconocido del 2010 al 2015. Tras un mal 2019 y 2020, el fondo perdió la mayor parte de su patrimonio. Llegó a tener siete mil millones de los que apenas mantiene cuatrocientos.

Una consultora americana, que analizaba este comportamiento generalizado del inversor, publicó un estudio que tituló: Hasta Dios hubiera sido despedido si hubiera sido un gestor muy activo. Así que podríamos decir que un fondo con alfa espectacular no satisfará a todos sus inversores. El potencial partícipe puede intentar imaginar, conociendo la filosofía de inversión, sí será capaz de mantenerse en el fondo cuando vaya mal o relativamente peor.

Los mercados y productos financieros han inspirado numerosos estudios e investigaciones académicas generando cientos de fórmulas que buscan optimizar la forma de invertir. El lector puede encontrar fácilmente en internet la teoría de carteras de Markowitz o el modelo de valoración de activos de William Sharpe, ambos premios Nobel del siglo pasado.

El legado de Markowitz, al concienciar sobre la importancia de la diversificación, es indiscutible. Hoy en día, setenta años después, sigue siendo habitual que los profesionales miremos la correlación entre activos, aunque intentando distinguir la causal de la espuria.

Por Sharpe se conoce al mercado por la segunda letra del alfabeto griego: beta. Su modelo mide la rentabilidad y riesgo de cada inversión frente al mercado, cuya beta sería 1. Cualquier fondo con beta menor a uno debería aportar menor volatilidad y rentabilidad que el mercado, y al revés, un producto con beta mayor a uno teóricamente ofrecería un retorno superior.

Aunque ambas teorías son valiosas, sus modelos matemáticos no son eficaces para construir y gestionar carteras de fondos, ni siquiera bajo la hipótesis de que los humanos tomamos decisiones racionales.

La frontera eficiente de Markowitz sería la combinación de fondos con mejor rentabilidad para cada nivel de riesgo. Las carteras óptimas del pasado son fáciles de obtener para alguien que disponga de una base de datos completa. El problema es que las combinaciones van cambiando a lo largo del tiempo y, no solo porque se lanzan y desaparecen fondos continuamente, sino porque las carteras de fondos que mejor funcionaron en un ciclo económico pasado, pueden no ser las idóneas en un plazo futuro.

Por otro lado, la beta no predice el rendimiento ni el riesgo relativo. Es relativamente usual encontrar fondos con betas menores a uno, que son más volátiles y rentables que un índice de mercado utilizado por la gestora o que Morningstar le ha asignado. Un ejemplo es el fondo Azvalor Internacional.

A pesar de las carencias del modelo de Sharpe (beta), puede ser conveniente comparar su cartera de fondos respecto a índices de mercado adecuados, no tanto por medir si los baten (alfa), sino porque una buena referencia puede ayudar a establecer una correcta estrategia de inversión y a medir los resultados de las diferentes decisiones a lo largo del tiempo. A muchos inversores les ayuda reflexionar sobre qué referencias son coherentes con sus objetivos y plazos. Algunos superan la tendencia a fijarse solo en los índices o fondos que mejor se comportan en cada momento. Pensando en la inversión a largo plazo, como inversor, podría preguntarse si prefiere seguir un índice concentrado que vaya asignando más peso a los valores que más están subiendo ahora o uno muy diversificado que limite el riesgo por valor, sector o país, por si cambiara la tendencia.

La fórmula de cálculo para los índices más seguidos por fondos es por capitalización o volumen de emisión. Pero también hay índices que asignan el mismo peso a todas los valores y algunas gestoras lo llaman smart beta. Si el lector prefiere preservar su capital, quizás sea más inteligente no concentrar riesgos. Pero si tolera mal quedarse fuera de lo que está de moda, entonces un índice concentrado en un país o sector que se calcule por capitalización le servirá mejor. En renta fija es diferente, ya expliqué en mi tribuna anterior que a mí no me parece conveniente para un inversor tomar como referencia el índice que calcula Bloomberg con las mayores emisiones mundiales de alta calidad. Tiene mucha duración, múltiples divisas de emisión con impredecibles futuros costes de cobertura y no es especialmente atractiva su rendimiento medio con divisa cubierta.

Para terminar, no voy a hablar de la ratio Omega, que fue ideada en 2002, justo cuando Kahneman ganaba el nobel de economía siendo psicólogo. Kahneman demostró los sesgos cognitivos en nuestras decisiones, también en las de inversión. En toda decisión influye la emoción, aunque creamos que no. Si me permite un consejo, para cualquier decisión de inversión importante no mire solo rentabilidades o ratios, busque un buen asesoramiento que tenga un enfoque integral incluyendo el aspecto emocional.

Marta Díaz-Bajo es directora de soluciones de inversión de Atl Capital

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