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Editorial
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Gestos de disciplina razonable para una economía de evolución incierta

España debe afrontar cuanto antes la vuelta a la senda de la consolidación fiscal y no fiar la reducción de la deuda y del déficit solo al crecimiento y los ingresos públicos extra

El shock que la pandemia de Covid-19 desencadenó en la economía mundial y la vertiginosa rapidez con la que esta se ha recuperado explica en buena medida, junto a otros factores geopolíticos, la actual crisis inflacionista y justifica la contundencia prusiana con la que los bancos centrales han respondido a ella. Un análisis en el que coinciden a grandes rasgos tanto Pablo Hernández de Cos, gobernador del Banco de España, como Agustín Carsten, director gerente del Banco de Pagos Internacionales, en una entrevista concedida a CincoDías en la que ambos defienden que la pandemia no ha revertido la globalización, pero sí ha acortado las cadenas de producción y que el rally inflacionista actual no durará, aunque que las bajas tasas del pasado tampoco volverán, sino que se reconducirán hasta los objetivos de los reguladores. La suma del ahorro de las familias durante la pandemia y de las ayudas para hacer frente a la crisis explican la fortaleza de un consumo que resiste el deterioro de las variables macro. En el terreno de las empresas, el papel de los ERTE, junto a unos salarios moderados, ha permitido que el mercado laboral no se haya resentido tanto como se esperaba. Todo ello gracias a un tejido empresarial que ha aguantado en muchos casos debido a las facilidades de financiación, fundamentalmente a través de créditos ICO, y que afronta ahora las perspectivas de las alzas de tipos y del azote de la inflación con las oportunidades de unos fondos europeos de recuperación cuyo volumen es histórico.

Pese a que las oscuras previsiones económicas sobre el inicio de 2023 no se han cumplido, la economía mundial afronta una etapa de enfriamiento y de incertidumbre. La factura de la pandemia para España ha sido un récord histórico de deuda y un abultado déficit, cuya reducción el Gobierno está fiando casi exclusivamente al aumento de los ingresos públicos, alimentados por el crecimiento y el efecto de la inflación. Como señala el gobernador del Banco de España, España debe afrontar cuanto antes la vuelta a la senda de la consolidación fiscal y hacerlo no solo con el respaldo de esos ingresos fiscales, que probablemente no se mantendrán en el tiempo, sino de unos fondos europeos que pueden suavizar la dureza del proceso. También parece sensato pedir prudencia a un sector financiero que ha dejado atrás los años de vacas flacas en los márgenes y nada ahora en liquidez, algo que debería servir para apuntalar aún más su solvencia en lugar de para alimentar el reparto de dividendos. Todos ellos parecen gestos de disciplina razonable en una economía que ha esquivado la recesión, pero cuya evolución a medio plazo sigue siendo incierta.

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