Bonos: ¿hora de salir del banquillo?
El mercado detecta señales de agotamiento en el rally bursátil y vuelve a fijarse en los bonos. Pero el riesgo de nuevas subidas de tipos complica el retorno a la renta fija

Hay un momento concreto en el que uno toma consciencia del cambio de estación. Un escalofrío, una luz diferente en el cielo o una racha de viento nos hacen conscientes de que ha llegado el otoño. Y a menudo, aunque los meses de calor y viajes hayan sido placenteros, uno se descubre deseando que terminen: “Señor, es hora. El verano fue grandioso. Pon tu sombra sobre los relojes de sol y deja libres los vientos en los campos”, suplicaba Rilke en uno de sus poemas más famosos.
El verano —y el resto del año— ha sido bonito en las Bolsas. A nivel mundial han subido un 17% desde enero. Incluso los que no se atrevieron a aventurarse más allá de Europa o España han ganado dos dígitos. La guerra de Irán no ha podido frenar a unas empresas que están reportando crecimientos de beneficios del 30% en el tercer trimestre en el S&P 500.
Pero muchos inversores empiezan a sentir la misma urgencia de Rilke. El mercado alcista incomoda. Demasiadas cosas pueden fallar, piensan. Hay nervios y castigan con dureza cualquier decepción. En los últimos días Alphabet e Intel han sufrido enormes caídas al no contentar a los inversores.
Y en paralelo, como un jugador de fútbol que calienta en la banda, empiezan a mirar de reojo al mercado de bonos, ese producto extraño en el que se pierde dinero cuando suben los tipos y al revés. Han tenido un año malo, no dramático, pero con pérdidas en la mayoría de sus segmentos. Pero cada día de caída los hacía un poco más atractivos para entrar. Y a estas alturas el atractivo se acumula. El bono americano a 10 años, por ejemplo, llegó a superar el 5,3% de rentabilidad a inicios de octubre. A esos niveles, según la encuesta mensual de Bank of America, un 30% de los gestores consideraría pasar parte de su cartera de bolsa a bonos. Si el bono americano subiera al 6%, un 80% de los gestores acometería el cambio.
Los inversores parecen, en cualquier caso, acercarse a la renta fija con cautela. Los datos de septiembre de Vanguard muestran que la mayoría del dinero que entra en bonos lo hace en fondos de deuda soberana y que el segmento que más pierde es el de los bonos basura, uno de los favoritos de los inversores en 2026. En España, el mercado ha dado la vuelta. El dinero que salía de la renta fija a largo plazo en septiembre —casi 700 millones— está volviendo con fuerza en octubre. Son dos formas distintas de prudencia: en un caso frente al riesgo de crédito y en el otro frente al riesgo de duración. La idea de que con estas rentabilidades es posible ganar dinero incluso si los tipos de interés suben está calando en los inversores. Cuanto mayor es la rentabilidad de partida, mayor es el colchón para absorber una eventual caída del precio de los bonos.
Estos movimientos se basan en la idea de que los tipos de interés están cerca de su pico. Esa es la visión de muchos expertos. ING, por ejemplo, espera una subida más en diciembre y, con los tipos oficiales al 2,75%, hacer la travesía de 2027 esperando a que la economía se enfríe un poco, la tensión en Oriente Próximo se reduzca y los precios vuelvan a su cauce. Entonces volveríamos a ver un recorte y ese 2,5% sería la velocidad de crucero para la siguiente fase, ese tipo de interés de equilibrio del que siempre hablamos pero que nunca está en equilibrio. Si eso se materializa, los bonos ya podrían empezar a tener un lugar en las carteras. En cambio, la Bolsa se mueve por parámetros diferentes en este momento. Si los beneficios siguen cumpliendo con las expectativas, podríamos tener aún varios meses de subidas por delante. Ese es el factor que determinará su evolución y no los tipos de interés.
Pero el mercado no está de acuerdo con este escenario benigno en el que la inflación sigue controlada y la Bolsa depende de sí misma. Los contratos financieros con los que inversores y bancos negocian y gestionan el riesgo de tipos cuentan otra historia. Sus precios indican que, tras la subida de diciembre que todo el mundo espera, vendrán dos más en la primera mitad de 2027. Eso implica una visión mucho menos optimista sobre la inflación en la que las subidas de los precios de la energía acaban propagándose a toda la cesta y los bancos centrales se remangan. La economía no tiene por qué romperse —ya hemos atravesado periodos con los tipos de interés en el 4%—, pero las familias sentirían el agua al cuello y el encarecimiento del crédito tendría efectos sobre el crecimiento y el empleo. En este escenario, los movimientos que estamos viendo en octubre podrían considerarse un error. Es pronto para comprar bonos a medio y largo plazo. El colchón que proporcionan rentabilidades de partida del 3% al 5% podría quedarse corto y hacer que los inversores terminen en pérdidas. La solución para un inversor conservador sería volver a los fondos monetarios, es decir, deshacer lo andado en las últimas semanas.
La tercera alternativa sería que los tipos apenas se moviesen o incluso bajasen. A ese escenario se puede llegar por dos caminos diametralmente opuestos. El malo pasaría por una recesión económica. La economía global, tras un año de precios al alza y cuellos de botella en la energía, empieza a ralentizarse mientras el paro sube. Y aunque la presión inflacionista siguiera ahí, la destrucción de demanda haría que las expectativas de subidas de precios fueran muy limitadas. En ese caso, la Bolsa sería el activo más vulnerable. Las carteras de deuda pública serían el activo estrella.
El segundo camino hacia unos tipos más bajos, y quizás en el que menos creen los inversores ahora mismo, se construye sobre acuerdos de paz en Irán, Oriente Próximo y Ucrania. La reducción de las tensiones aliviaría los precios de la energía y la inflación sin necesidad de destruir demanda. Eso podría ser suficiente para impulsar las Bolsas y los bonos a la vez, llevando una sonrisa a las carteras de todos aquellos que no lo hayan apostado todo a la energía.
El resumen es que, a pesar de los vientos de cambio, y por mucho que deseemos refugiarnos en la tranquilidad de la renta fija como el que se mete bajo una manta a ver una película, es probable que aún sea pronto para aventurarse a hacer cambios significativos en las carteras. Quizá, después de todo, aún no sea el momento de dar por terminado el verano.
Francisco Quintana, director de Estrategia de Inversión de ING España