Las Bolsas borran las pérdidas por la guerra pese a que la inflación se mantiene al alza
La renta variable mundial borra las pérdidas provocadas por el estallido del conflicto pese a las dudas sobre el impacto de las subidas de precios en consumidores y empresas


La política y los petroleros avanzan a ritmos distintos. El golfo Pérsico se reabirió el viernes por primera vez en más de mes y medio y los precios reaccionaron de inmediato: el crudo brent cayó más de un 12%, situándose por debajo de los 88 dólares por barril en los contratos a dos meses, un nivel no visto desde principios de marzo. Con todo, la reapertura anunciada por Donald Trump y por el ministro de Asuntos Exteriores iraní solo está garantizada durante 10 días. Tiempo suficiente para impactar en los mercados, pero no para llegar a los surtidores de gasolina, con unos precios en máximos en EE UU y Europa desde 2022: para cuando estas rebajas lleguen al consumidor, el Estrecho podría volver a estar cerrado. Y así ha sido, apenas 24 horas después Irán ha vuelto a bloquear el paso después de que Trump no retirase su propio bloqueo.
El riesgo de escasez de combustible persiste, notablemente en Europa, como importadora neta de combustibles. Algunos aeropuertos italianos han optado por racionar el repostaje, mientras las aerolíneas alemanas han solicitado la liberación de las reservas estratégicas de queroseno. Iniciativas que se verán complementadas por parte de la Comisión Europea con un plan de subsidios a los viajes en tren que incluirá incentivos al teletrabajo. Más allá, la crisis energética ya se ha trasladado a los precios, situando la inflación de la zona euro en el 2,6% en marzo y en el 3,3% en EE UU.
Entre los gestores ha imperado la mirada hacia el pasado y el recuerdo de que las crisis geopolíticas no tienen un impacto muy elevado en los precios y en la economía si su duración es reducida. Una visión que parecía haber primado en unos mercados financieros que ya anticipaban desde principios de abril que lo peor de la guerra había pasado.
Antes incluso de la reapertura del Golfo, Wall Street ya había borrado las pérdidas provocadas por el estallido del conflicto y, esta semana, el S&P 500 superó por primera vez los 7.100 puntos tras encadenar tres máximos históricos consecutivos. Con el anuncio de la reanudación del flujo de petróleo por Ormuz, el Ibex 35 también ha borrado las pérdidas de la guerra y se sitúa a menos de 10 puntos de sus máximos históricos, una marca alcanzable con facilidad en tan solo una sesión al alza. En la misma línea, las Bolsas de Londres, París y Fráncfort siguen muy cerca de recuperar las posiciones cedidas por la guerra. El mercado siempre ha confiado en la resiliencia de las Bolsas y la economía ante la prueba inflacionista que supone la escalada del precio de los combustibles por el cierre del estrecho de Ormuz y la evidencia del coste económico y político inasumible para Donald Trump de un conflicto de larga duración en año electoral.
“La economía mundial ya ha atravesado períodos de precios elevados del petróleo: durante casi cuatro años, desde principios de 2011 hasta gran parte de 2014, el brent se mantuvo alto, con una media en torno a 110 dólares por barril. Aun así, la economía global siguió creciendo a un ritmo sólido”, argumentan desde Citi en un informe de esta semana. En parte, porque las economías desarrolladas son cada vez menos dependientes del petróleo gracias a la transición energética.
En el escenario más grave que estiman los estrategas del tercer mayor banco de EE UU, con el Golfo cerrado durante “muchos meses”, el brent cerraría 2026 aún en torno a los 110 dólares por barril. Esto, añaden, se traduciría en una inflación mundial cercana al 4%, menos de la mitad de lo alcanzado en 2022 tras el estallido de la guerra en Ucrania. ¿Cuál es el umbral máximo de inflación que pueden soportar las Bolsas? No hay una cifra exacta, pero sí está clara la conjunción de factores que debe darse, apunta David Kohl, economista jefe de la banca privada suiza Julius Baer, en declaraciones a CincoDías.
“El umbral a partir del cual una mayor inflación desencadenaría una crisis financiera es bastante alto. Cualquier repunte que pudiera provocarla tendría que ser significativo, como por encima del 8%, y sostenido durante más de un año y medio”, estima Kohl. Una subida así, sería lo suficientemente intensa como para, según el economista jefe de la banca privada suiza, empujar a los bancos centrales a elevar con fuerza los tipos, lo que provocaría un encarecimiento de la financiación que pesaría en las Bolsas.
“El último obstáculo (para los mercados) no es la guerra, ni el petróleo, sino la política monetaria”, señaló Mike Wilson, jefe de inversiones de Morgan Stanley, esta semana en su podcast. “Cuanto más duren los efectos de este choque de oferta (del petróleo), mayor será el riesgo de destrucción de la demanda. Esto es negativo para el crédito”, añaden desde el equipo de renta fija de Federated Hermes en una nota divulgada esta semana.
El encarecimiento de la financiación pone el foco en el endeudamiento: el dinero más caro eleva la aversión al riesgo de los inversores y, al mismo tiempo, presiona los balances de empresas y activos más apalancados. Como dijo una vez Warren Buffett, “cuando baja la marea se ve quién nadaba desnudo”: al subir los tipos, quedan más expuestas las vulnerabilidades acumuladas. En este contexto, algunas partes del mercado ya arrastraban ciertas tensiones previas, como el sector tecnológico, lo que amplifica el impacto potencial sobre las valoraciones.
Protagonistas del mercado en los últimos tres años y del rebote tras las primeras señales un posible final de la guerra, con subidas cercanas al 20% en abril, las tecnológicas han recurrido al apalancamiento —en algunos casos entre ellas mismas, como Nvidia y OpenAI— para financiar fuertes inversiones en IA, aún sin retornos claros. La sospecha de sobrevaloración es previa al conflicto y se arrastra desde hace meses. Tanto en noviembre como en enero pasados provocó ajustes de doble dígito en algunas compañías. Fue el caso de Nvidia, que desde entonces y pese al repunte de las últimas semanas acumula una caída del 4%.
A las dudas sobre las valoraciones del sector tecnológico se añade el creciente protagonismo del crédito privado, un segmento menos supervisado y más vulnerable a impagos si suben los tipos. Las alertas se intensificaron tras la quiebra, en octubre, de First Brands, uno de los mayores financiadores del sector del automóvil en EE UU. Desde entonces, el consejero delegado de JP Morgan, Jamie Dimon, ha advertido sobre la existencia de “muchos problemas ocultos” en la deuda corporativa.
“Hay focos en los que sí se ha deteriorado la calidad del crédito, así que lo vigilaremos de cerca”, dijo Dimon este martes durante una llamada de resultados, aunque subrayó que no lo ve como “un problema sistémico”. A medida que crecen las dudas tanto sobre la IA como sobre el crédito privado, la banca comercial ya ha endurecido las condiciones, según ha informado Bloomberg esta semana: algunos bancos han elevado los intereses de los préstamos e incrementado las exigencias de garantías antes incluso de cualesquiera subidas de tipos por parte de los bancos centrales.
“Los bancos centrales seguirán muy de cerca la probabilidad de que se produzcan efectos de segunda ronda, como el aumento de las expectativas de inflación a medio plazo, la subida de los salarios y los problemas en las cadenas de suministro”, explica James Bilson, estratega global de renta fija sin restricciones de Schroders, en declaraciones a este diario. “Pero nuestra hipótesis de base es que estos serían mucho más moderados que en la crisis de 2022”, añade el estratega de la gestora británica.
Subidas antes en Europa que en EE UU
Si “el último obstáculo” para los mercados es la política monetaria, como dijo el jefe de inversiones de Morgan Stanley, EE UU parte de una posición más sólida que Europa. Su economía está más protegida al haberse convertido en el mayor productor de petróleo del mundo, con capacidad para cubrir su demanda e incluso exportar gracias al auge en la última década del shale, el crudo extraído desde la roca a través de un proceso agresivo y costoso.
“La menor dependencia del petróleo y el auge del shale, que ha convertido a EE UU en exportador neto de energía, son probablemente factores clave: un escenario similar al de los años setenta parece poco probable, incluso si la guerra escala”, señalan desde Bank of America. Sin presiones inflacionarias equivalentes, el mercado no solo no descarta subidas de tipos, sino que incluso sigue anticipando recortes a final de año por parte de la Reserva Federal, lo que aleja el principal riesgo para los mercados.
En Europa, la situación es más compleja. Según la Agencia Internacional de la Energía (AIE), coordinadora de las reservas estratégicas de petróleo de las economías desarrolladas, el continente afronta alzas importantes en los precios de los combustibles e incluso el riesgo de escasez de algunos como el queroseno ya a mediados de año si no sustituye al menos el 50% de sus importaciones procedentes del Golfo por suministro alternativo. En este contexto, los inversores ya anticipan subidas de tipos en la eurozona: dos veces este año, según las estimaciones de Lombard Odier.
“Aunque la economía europea se encontraba en una situación razonablemente favorable antes del conflicto en Oriente Medio, el shock energético implicará una mayor inflación, un crecimiento más lento y una política monetaria más restrictiva”, afirman desde la banca suiza en un informe de esta semana. “El Banco Central Europeo teme reaccionar con demasiada lentitud y permitir que las presiones inflacionarias se extiendan más allá del sector energético”, añade.
“En general, el mercado anticipa actualmente tres subidas de tipos en la eurozona, es decir, incrementos como respuesta al shock del precio del petróleo”, añade Tobias Schafföner, gestor multiactivos de Flossbach von Storch. Una encuesta de Bloomberg entre economistas ya apunta a la expectativa de alzas de tipos en la eurozona tan pronto como en junio.