La IA ante el sistema de patentes: “más velocidad”, menos garantías
En el ámbito de las patentes, donde la novedad es un requisito absoluto, una divulgación prematura puede comprometer de forma irreversible la protección de la invención

El pasado diciembre, la Oficina de Patentes de Japón registró cerca de 82.000 solicitudes en un solo mes, muy por encima de las 20.000 o 30.000 habituales. Sin una explicación oficial convincente, en el sector de la propiedad industrial gana peso una hipótesis inquietante: el uso de IA para generar solicitudes de forma automatizada a gran escala.
El impacto potencial es evidente. Evaluar una solicitud de patente con rigor requiere, al menos, treinta minutos. Cincuenta mil solicitudes adicionales suponen 25.000 horas de trabajo: más de doce años de dedicación a tiempo completo concentrados en semanas. Si este fenómeno se consolida, no se trata de una anomalía estadística, sino de una señal de alerta sobre la presión que puede sufrir el sistema global de patentes.
En paralelo, la Oficina Española de Patentes y Marcas (OEPM) ha lanzado un aviso que trasciende nuestras fronteras. Detecta un aumento de solicitudes sospechosas de haber sido generadas mediante IA y advierte sobre dos riesgos principales.
El primero es de seguridad. Cuando un inventor introduce detalles de su invención en una herramienta de inteligencia artificial, la información puede salir de su control. Según las condiciones de uso, esos datos pueden emplearse para entrenar modelos, almacenarse en servidores externos o incluso quedar expuestos a terceros. En el ámbito de las patentes, donde la novedad es un requisito absoluto, una divulgación prematura puede comprometer de forma irreversible la protección de la invención o abrir la puerta a futuras impugnaciones.
El segundo riesgo es de calidad. Una solicitud generada por IA puede presentar una apariencia formal correcta y, al mismo tiempo, ser jurídicamente ineficaz. Descripciones con incoherencias, definiciones imprecisas de los elementos técnicos o reivindicaciones mal planteadas pueden derivar en objeciones durante el examen o, peor aún, en una protección insuficiente. Una patente mal redactada no solo no protege, sino que genera costes, retrasa decisiones y transmite una falsa sensación de seguridad. En muchos casos, resulta más perjudicial que no haber solicitado protección.
La Oficina Europea de Patentes (OEP) también ha integrado herramientas de inteligencia artificial en sus procesos internos, por ejemplo, en búsquedas de anterioridades o clasificación de documentos. Sin embargo, ha sido clara en sus advertencias. Su política de uso de IA, publicada en 2025, establece un enfoque centrado en el ser humano y subraya la necesidad de evaluar los riesgos legales, éticos y de confidencialidad asociados a estas tecnologías. Además, las Directrices de Examen vigentes desde abril de 2026 recuerdan que la responsabilidad última del contenido de una solicitud recae siempre en el solicitante y sus representantes.
El problema de fondo no es el uso puntual y erróneo de la inteligencia artificial por parte de una empresa. Es el riesgo de que la lógica del volumen automatizado distorsione el funcionamiento del sistema. Si se generaliza la presentación masiva de solicitudes generadas automáticamente, el sistema puede verse inundado con documentos de escaso valor técnico. El resultado sería un aumento de los tiempos de examen, mayores costes operativos y una pérdida de eficiencia generalizada.
Las consecuencias afectan directamente a las empresas que innovan de forma genuina. En un entorno saturado, quienes invierten años en investigación competirían en desigualdad frente a quienes producen solicitudes en serie a un coste marginal. El paralelismo con la inflación es claro: cuando algo deja de ser escaso, su valor se diluye. En este caso, el valor de la patente como instrumento de protección y de incentivo a la innovación.
No debe olvidarse que, en muchos sectores, la cartera de patentes es el principal activo intangible de una compañía. Sustenta rondas de financiación, facilita acuerdos de licencia y define la posición competitiva frente a terceros. Una cartera construida sobre documentos automatizados sin supervisión experta puede resultar frágil cuando se somete a un proceso de due diligence o un litigio.
Redactar una patente no es un ejercicio de redacción técnica, sino una decisión estratégica. Implica delimitar qué se protege y qué no, ajustar el alcance de las reivindicaciones, anticipar objeciones y alinear la protección con los objetivos de negocio. La inteligencia artificial puede ser útil como herramienta de apoyo, pero no sustituye el criterio experto. Sin esa supervisión, un borrador automatizado puede convertirse en una fuente de riesgo.
La respuesta regulatoria llegará próximamente, tanto en Japón como en Europa y en el conjunto de la OCDE. La incógnita es si lo hará antes de que el impacto sea significativo. Mientras tanto, las empresas deben adoptar una actitud prudente y tratar su propiedad industrial con el rigor que exige.
La IA ya está transformando el trabajo en el ámbito de las patentes, pero emplearla como sustituto del conocimiento jurídico y técnico puede comprometer la calidad y la protección de esa innovación.
El sistema de patentes se basa en un equilibrio: la sociedad concede exclusividad temporal a cambio de divulgación técnica rigurosa. Preservar ese equilibrio en la era de la IA exigirá mantener estándares de calidad, responsabilidad y control.