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En colaboración conLa Ley
Cine y derecho
Tribuna

‘Vicios Ocultos’ y el delito de receptación

Una serie muy recomendable que nos hace preguntarnos sobre en qué situaciones, y a qué precio, nos saltaríamos la ley y nuestras propias reglas morales

Hay series que se consumen y se olvidan, y otras que, bajo la apariencia de entretenimiento ligero, terminan funcionando como una radiografía incómoda de la sociedad que las produce. Vicios Ocultos, la serie de Apple TV, pertenece claramente al segundo grupo. Presentada como una comedia negra con tintes de thriller doméstico, la serie se revela pronto como un reflejo de la clase alta estadounidense, atrapada en un ecosistema de dinero, estatus y simulación donde casi todo es intercambiable, incluida la moral.

Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, Vicios Ocultos acierta en tres frentes. El primero es el guion: diálogos brillantes, ritmo preciso y situaciones de tensión muy bien resueltas. El segundo es el reparto, con un protagonista (inconmensurable John Hamm) que encarna a la perfección esa mezcla de sofisticación, decadencia y autocomplacencia que define al mundo que retrata la serie. Y el tercero es el tono: una comedia negra que nunca cae en la caricatura, y que por ello resulta más verosímil para el espectador.

Desde el punto de vista legal lo más interesante de Vicios Ocultos está en el tipo de delito que articula toda la trama. No estamos ante una gran estafa financiera ni ante una conspiración de cuello blanco, sino ante algo mucho más primario y, al mismo tiempo, más sofisticado: el delito de receptación que consiste en lucrarse mediante la adquisición, posesión u ocultación de bienes que se sabe que provienen de un delito patrimonial (como un robo o hurto), sin haber participado en la ejecución de dicho delito original. De esa forma se convierten los robos aislados en una actividad económicamente rentable.

En derecho penal, la receptación no es un delito menor ni accesorio. Es el punto donde el objeto del delito entra en la economía. El ladrón sustrae; el receptor transforma el objeto robado en dinero, lo integra en un circuito de mercado y lo hace desaparecer de la escena del delito. Por eso nuestro código penal lo trata como un delito autónomo y especialmente grave cuando se ejerce de forma habitual y organizada con tipos agravados cuando se trata, entre otros, de bienes de valor artístico, histórico o cultural .

La genialidad de Vicios Ocultos está en como muestra ese mercado negro, un submundo marginal al que el protagonista desciende, no sin consecuencias. Intermediarios, delincuentes, violencia, compradores más o menos discretos y con pocos escrúpulos, comisiones, todo ello se refleja en la serie como una contraposición al lujoso ambiente en el que se mueve el protagonista.

La serie es una magnífica sátira social. El protagonista no deja de hacer lo que siempre ha hecho —negociar, valorar, cerrar tratos, moverse entre intermediarios—; simplemente cambia el tipo de activos con los que trabaja. Relojes, joyas y obras de arte sustituyen a acciones y fondos, pero la lógica del intercambio le sigue siendo sorprendentemente familiar, y acaba encontrándose muy cómodo con su nueva actividad. Solo más tarde irá descubriendo que las reglas implícitas del mercado negro -la violencia latente, la ausencia de garantías, la imposibilidad de acudir a una instancia neutral cuando algo sale mal- no admiten el mismo tipo de juego que su lujosa oficina.

En definitiva, Vicios Ocultos es una serie muy recomendable, de una factura exquisita y que nos hace preguntarnos sobre en qué situaciones, y a qué precio, nos saltaríamos la ley y nuestras propias reglas morales.

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