El vino con el que Richard Branson quiere devolver el esplendor a una finca centenaria en Mallorca
Son Bunyola, el hotel del lujo que el magnate tiene en la isla, lanza el resultado de su primera cosecha. Forma parte del proyecto para retomar la producción agrícola de la propiedad


Conforme desciende la carretera de curvas que da acceso al Hotel Son Bunyola, enclavado entre la Sierra de la Tramuntana y el Mediterráneo, se ven más cerca los bancales con viñas que rodean parte del edificio principal. Ocupan apenas 3 hectáreas de las 330 que tiene en total la propiedad, pero son motivo de orgullo para el director gerente del establecimiento, Vincent Padioleau. El directivo no oculta su alegría, e incluso una pizca de ilusión, al presentar el primer vino de Son Bunyola, que comparte nombre con el alojamiento, tras un proceso que comenzó en 2022. Aunque en realidad la historia arranca varios siglos atrás.
El primer registro de producción de vino en la finca se sitúa alrededor de 1275, pero a finales del siglo XIX la filoxera que azotó Europa devoró los viñedos. Después de un infructuoso intento de recuperar la producción, las terrazas de la propiedad quedaron abandonadas. Hasta que llegó Richard Branson y se propuso que la possesiò recuperara parte de la actividad agrícola que se había desarrollado allí durante siglos.
El magnate británico compró la finca en los años 90, pero la vendió a finales de 2001, cuando solo había en uso tres villas de lujo. La recompró en 2015, la incorporó a su cadena hotelera Virgin Limited Edition y emprendió las gestiones para rehabilitar el edificio principal, que data aproximadamente del siglo XVI, aunque tiene parte de una torre defensiva original del XIII. “Tardó bastante en tener todos los permisos porque es un edificio protegido, así que las obras no empezaron hasta 2021”, relata Padioleau durante una visita al hotel, que cuenta con 27 habitaciones y al que este medio acudió invitado.
Casi a la par de la rehabilitación comenzó el proceso de recuperación de las viñas, para el que Padioleau contactó con Pedro Balda, ingeniero agrónomo y doctor en enología, que viene de una familia con más de seis generaciones de viticultores y bodegueros en La Rioja. “No tuve la más mínima duda de que aquí podíamos sacar un vino. Sobre todo, teniendo el respaldo de la historia de la viña”, asegura Balda, quien también es director de I+D en Vintae, compañía con bodegas en varias denominaciones de origen.

La primera decisión fue apostar por la uva malvasía, la que se cultivó en el lugar durante siglos, y que da lugar a un vino blanco. Luego hubo que recuperar los históricos bancales de una finca que, en palabras del enólogo, estaba abandonada. “Tuvimos que recuperarlos piedra a piedra”, cuenta Balda de un proyecto “gratificante”, pero que, no oculta, “ha sido duro desde el principio”. En 2022 se pudo plantar por media hectárea, pero llegado el momento de recoger los primeros frutos, en 2024, se les adelantó un grupo de pájaros que se comieron todas las uvas que iban a ser recolectadas. “No ha sido un camino de rosas”, sostiene Balda con una media sonrisa.
El año pasado por fin llevaron a cabo la primera cosecha, que se hizo a mano y en la que participaron una decena de huéspedes del hotel para vivir la experiencia, como recuerda Padioleau. Se recogieron 2.200 kilos de uvas, que se han transformado en 1.750 botellas, que, por ahora, solo se pueden degustar o comprar en el hotel. Los cálculos del director gerente y del enólogo son que las tres hectáreas que finalmente se plantaron acaben dando, a partir de 2030, 18.000 kilos de uvas en un buen año. Y que de ellas se puedan sacar 14.000 botellas, que tienen cuatro etiquetas diferentes. “Las hemos hecho a partir de las pocas fotos antiguas que se conservan de la finca. Mi idea de hacer varias es para que los clientes quieran llevarse las cuatro y compren más”, reconoce Padioleau entre risas.
Aceite y miel
No es el único producto de la finca que los huéspedes pueden degustar. Dentro del plan para la parte agrícola de la finca impulsado por Branson, se han comenzado los trabajos para recuperar los olivos de la propiedad. “En los años 60 había 7.000, que siguen aquí, pero escondidos dentro del bosque. Tenemos que ir limpiando el terreno. Y son árboles que llevan décadas sin que se recojan sus frutos. Es un proceso a largo plazo para el que debemos tener paciencia”, explica el director del hotel. Este año han conseguido sacar 25 litros de aceite de la variedad arbequina, que Padioleau custodia casi como oro en paño.
Mayor ha sido la producción de miel, procedente de las 14 colmenas que instalaron hace dos años. “Hemos conseguido 100 kilos para consumo en el hotel y para vender” en la pequeña tienda que hay junto a la recepción. En la misma se encuentran también algunos objetos de marcas locales, siguiendo con la política del hotel, y de la cadena en general, de apostar por lo cercano. En las habitaciones, todas con nombre de especies de la flora y fauna local, hay amenities hechos en la isla, vasos de una fábrica de cristal de la zona y un minibar con bebidas y chocolates mallorquines. En la decoración del hotel, de la que se encargó Rialto Living, se encuentra un guiño a Branson con la presencia de diferentes tableros de ajedrez, juego al que es bastante aficionado, en varias de las estancias comunes. Asegura el personal del establecimiento que el magnate se aloja allí unas tres o cuatro veces al año. Padioleau espera que los vuelva a visitar pronto, para que se tome una copa del vino Son Bunyola en la terraza del hotel, desde la que se divisan las viñas.