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La punta del iceberg
Opinión

Por qué la actual crisis de la vivienda no es una burbuja

Frenar el desarrollo inmobiliario demonizando la construcción solo agravará el problema. La vivienda hoy no detrae los ingresos de los ciudadanos para alimentar una pirámide de deuda, sino para remunerar la dramática falta de espacio en nuestras ciudades

Construcción de viviendas en la urbanización los Berrocales en Madrid, en una imagen de archivoDavid Expósito

El mercado de la vivienda en España ha despertado de su letargo. Después de una década caracterizada por el estancamiento y tras la devaluación que siguió al estallido de la burbuja financiera, los precios han vuelto a emprender una clara escalada que domina el debate público. Ante esta realidad, ha cristalizado una narrativa en ciertos sectores de la política que atribuye este encarecimiento casi en exclusiva a factores especulativos, señalando como culpables a los grandes fondos de inversión, a la retención de la propiedad por multipropietarios y argumentando que la solución no pasa necesariamente por construir más, sino en distribuir el stock existente. Su premisa parece intuitiva, ya que antes de 2008 se construyó a un ritmo frenético e histórico y, aun así, los precios no dejaron de subir. Por tanto, concluyen, aumentar la oferta es inútil, ya que solo alentaríamos el acaparamiento y, con ello, inflaríamos aún más los precios.

Sin embargo, el rigor macroeconómico nos obliga a desmontar este silogismo. Equiparar el escenario actual con el de 2008 no solo es un error analítico, sino que aboca al país a políticas públicas ineficaces. La realidad que revelan los datos es justamente la opuesta, es decir, hoy no sufrimos una burbuja especulativa que conlleva a un aumento especulativo de precios, sino un severo shock de oferta. Paradójicamente, esto último puede en sí mismo alentar la especulación. Pero esta no nacería de un contexto de burbuja crediticia como sí sucedió antes de 2008 sino por la transformación de un bien de uso y disfrute en un activo escaso susceptible de ser usado para obtener rendimientos excepcionales.

Pensemos en lo siguiente. Las burbujas especulativas se comportan exactamente igual que un incendio forestal. Así, para que las llamas se propaguen estas necesitan oxígeno. Una burbuja inmobiliaria necesita igualmente su “oxígeno”, que antes de 2008 fue el crédito. La crisis que culminó en 2008 fue, en esencia, una excepcionalidad financiera inducida por una asunción de deuda privada irracional, no simplemente una crisis de ladrillos.

Antes del estallido, el crédito fluía sin restricciones. Las entidades financieras (la mayoría Cajas de Ahorro de titularidad pública) concedían préstamos que superaban holgadamente el 80% o incluso el 100% del valor de tasación del inmueble. La deuda de los hogares, seducidos por la promesa de revalorizaciones perpetuas, alcanzó en 2007 un asfixiante máximo histórico del 133,94% respecto a sus ingresos brutos disponibles. Esa barra libre de liquidez fue el verdadero motor que infló los precios de forma artificial.

Si observamos la arquitectura financiera actual, el contraste es absoluto. Tras un doloroso proceso de desapalancamiento, la deuda de las familias ha descendido a mínimos de hace dos décadas (68,84% de sus ingresos). Los bancos, sometidos a estrictas normativas macroprudenciales europeas, aplican criterios rigurosos. En consecuencia, el oxígeno especulativo que alimentó el fuego de 2008 no existe en 2026; el encarecimiento actual obedece a otras fuerzas. El incendio tiene otras causas.

Si el alza de precios actual estuviera dominada por una especulación financiera sistémica, veríamos un recalentamiento uniforme en todo el país, pero no es el caso. La evidencia empírica demuestra que los precios de la vivienda suben con mayor agresividad precisamente en aquellas zonas donde existe un desajuste crónico entre una demanda pujante y una oferta paralizada.

Y por mucho que mareemos datos y generemos definiciones en la frontera de lo razonable, lo que mueve los precios es una conjunción de factores de oferta donde la brecha entre esta y la demanda explica una buena parte (casi el 40%). Entre 2021 y 2024, España ha acumulado un déficit habitacional de entre 515.000 y 765.000 viviendas, lo que equivale a un alarmante 4% del parque de viviendas principales. Provincias como Madrid, Barcelona, Valencia, Alicante, Málaga y los archipiélagos absorben enormes flujos demográficos, atrayendo talento, empleo (inmigración en muchos casos) y turismo, pero chocan contra una oferta que no responde. Los precios escalan porque, sencillamente, hay más familias compitiendo por un número de viviendas que apenas reacciona.

El argumento político de que “construir no baja los precios porque en 2008 tampoco lo hizo” ignora, además, el cambio de paradigma productivo. En primer lugar, la industria padece una crisis laboral crónica. El sector de la construcción necesita con urgencia cubrir 700.000 puestos de trabajo. Es una industria sin relevo generacional, donde más del 55% de los operarios supera los 45 años, lo que ralentiza sistemáticamente la ejecución de cualquier proyecto y dispara los costes laborales. En segundo lugar, el tejido empresarial fue devastado. Las miles de empresas promotoras y subcontratas que desaparecieron no han vuelto, dejando un mercado dependiente de un grupo más reducido de operadores que enfrentan, además, una escalada de los costes de los materiales superior al 30% desde 2019.

Finalmente, y quizás de manera más determinante, nos enfrentamos a una barrera de sobrerregulación e incertidumbre legislativa. El cambio legislativo en España entre 2007 y 2026 ha transformado el urbanismo, pasando de un modelo excesivamente expansivo a uno de extrema rigidez normativa que restringe la creación de nueva oferta inmobiliaria. La Ley de Suelo de 2007 invirtió el paradigma previo al establecer que el suelo es rural por defecto, desvinculó su tasación de las meras expectativas urbanísticas, lo que dificulta conseguir crédito promotor, e incrementó las cesiones obligatorias de aprovechamiento a la Administración hasta el 20%. A este bloqueo inicial, en el que los informes sectoriales y la burocracia retrasan entre 10 y 15 años la transformación de terrenos en suelo finalista listo para construir, se añade el endurecimiento de los requisitos técnicos de edificación, que incrementa los costes de producción exigiendo estrictos requisitos de eficiencia y sostenibilidad. Por cerrar este listado, la Ley de Vivienda de 2023 ha agravado este estrangulamiento al elevar las reservas obligatorias de vivienda protegida al 40% en nuevos desarrollos e introducir controles a los precios de alquiler. Esta combinación de sobrerregulación burocrática, mayores costes productivos e inseguridad jurídica encarece la inversión, explicando las dificultades para construir y, en consecuencia, el aumento de los precios.

En definitiva, el drama de accesibilidad que expulsa a las familias jóvenes de hoy no es fruto de la especulación financiera descontrolada. Es el resultado aritmético de una sociedad que crea una cantidad de nuevos hogares cada año —impulsados fuertemente por la demografía y los flujos migratorios— frente a un sector productivo que, lastrado por la burocracia, la falta de mano de obra y los altos costes, a duras penas logra terminar un tercio de lo necesario por año. En 2008, la demanda crecía artificialmente por el dinero barato, generando millones de casas vacías. Hoy, la demanda es real, vital y solvente, pero choca contra el muro de la escasez física.

Frenar el desarrollo inmobiliario demonizando la construcción bajo el fantasma de 2008 solo agravará el problema. La vivienda hoy no detrae los ingresos de los ciudadanos para alimentar una pirámide de deuda, sino para remunerar la dramática y absoluta falta de espacio en nuestras ciudades. Mientras la política pública se empeñe en tratar esta patología de escasez con las medicinas de una crisis especulativa, el mercado seguirá bloqueado y la vivienda asequible continuará siendo, lamentablemente, un privilegio inalcanzable.

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