'El Caso Villa Caprice' y la ética del abogado

La película muestra cómo el afán de reconocimiento puede conducir al abogado a defender causas injustas

Un fotograma de 'El caso Villa Caprice'
Un fotograma de 'El caso Villa Caprice'

El caso Villa Caprice es una película francesa dirigida por Bernard Stora, que narra la historia de un veterano y exitoso abogado, interpretado por Niels Arestrup, que acepta la defensa de un conocido empresario francés (Patrick Bruel) al ser este acusado de corrupción en la obtención de los permisos administrativos para restaurar y habitar una mansión en la costa de su ciudad natal.

La película es muy sencilla en su concepción y en su desarrollo argumental, pero tiene importantes bazas a su favor: un guión con diálogos brillantes, unas localizaciones espectaculares en la costa francesa y unas grandes interpretaciones por parte del trío protagonista (al dúo inicial se suma la actriz Irene Jacob en el personaje de la mujer del empresario). Asimismo, desarrolla con detalle las relaciones entre los principales personajes y el juego de poder que se establece entre los mismos al hilo de la investigación judicial que se realiza sobre el mediático empresario a quién se encarga de defender el experimentado abogado.

Aunque la película pretende realizar una crítica feroz al sistema administrativo, corrupto en todos sus estamentos, que permite en los países teóricamente democráticos que la justicia no sea igual para todos, y alude a como el dinero y los chantajes pueden comprar e influir sobre la el aparato administrativo del estado, los medios de comunicación y la propia judicatura, lo realmente interesante es la reflexión sobre la moralidad de los personajes y, más en concreto, sobre cómo pueden transformarse los valores o los principios morales de algunos de ellos. Así, mientras el personaje del empresario se nos muestra como alguien individualista, sagaz y acostumbrado a manipular y controlar a cuántos tiene próximos con el solo fin de beneficiarse de ellos, el personaje del abogado, sin embargo, experimenta una transformación que a él mismo le acaba repugnando, traicionando todos los ideales a los que había consagrado su carrera.

Es interesante cómo muestra la película que el orgullo, el afán de reconocimiento o la mera recompensa económica pueden conducir la actuación de los abogados, incluso de aquellos más capaces, en beneficio de causas injustas. La película pone de relieve cómo un letrado que no necesita ese reconocimiento ni ese dinero cae en las redes de su cliente y, pese a sentirse incómodo, trabaja en pos de evitar que se haga justicia. En el camino el abogado renunciará a su dignidad y su ética y perjudicará a cuantos le rodean, incluidos algunos clientes que si merecían sus esfuerzos.

El caso Villa Caprice formula al espectador la pregunta de por qué un hombre inteligente acaba vendiéndose a una causa injusta, y nos hace recordar que uno de los célebres principios del Decálogo del abogado de Couture, que indica que "la abogacía es una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia”, no es de aplicación, en este caso, al protagonista de esta historia, dado que la condición humana nos hace a todos, incluidos los abogados, permeables a las tentaciones y a las vanidades que nada tienen que ver con el sentido de la justicia. Una película interesantísima que debería proyectarse en las facultades de derecho para hacer reflexionar a los estudiantes y futuros abogados sobre la necesidad y la importancia de la ética y los valores en el ejercicio de nuestra profesión.

Jose Luis Luceño Oliva, profesor de Loyola Másteres

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