Los vacíos de los ESG: mejor despacio, pero con buena letra

Es cuestión de tiempo que toda la inversión se ajuste a esos parámetros, pero aún no está demostrado que hacerlo aporte rentabilidad

Vemos que la industria de la gestión de activos, tanto gestoras como bancos, ha ido incorporando en los últimos años las siglas ESG a todos sus productos y servicios. La idea principal que subyace en este calificativo es la de incorporar, en la toma de decisiones, no sólo criterios que busquen maximizar el retorno sino también factores ambientales, sociales y de buen gobierno (Environmental, Social, Governance). Este concepto es muy atractivo y compartido por gran parte de la industria, que considera que, a largo plazo, son malas las inversiones que causen problemas sociales, ambientales o compañías mal gestionadas. A largo plazo evitar este tipo de problemas debería dar sus frutos, y también ayudar a vivir en un mundo mejor.

Si simplificamos, el principio es muy antiguo. Se trata de premiar al que lo hace bien y castigar al que lo hace mal. Sin embargo, aquí es donde empieza lo difícil. Los primeros intentos de definir qué es bueno y qué es malo se dan en 2005 cuando la ONU puso en marcha los Principios para la Inversión Responsable.

Si analizamos el inicio, es muy inteligente. En lugar de enfocarse en las empresas y exigirles que cumplan estos criterios ESG, ponen el foco en los inversores, recomendando primero y obligando después a tomar decisiones basadas en unos criterios que, en la mayoría de los casos, lo único que hacían era excluir compañías, sectores o países del universo de inversión.

Muchos de los principales inversores globales, como los fondos soberanos o grandes fondos de pensiones, empezaron a exigir a sus proveedores, principalmente las gestoras de fondos de inversión, que todos sus productos cumplan los principios que ahora se consideran imprescindibles. ¿Cómo un plan de pensiones de los funcionarios de cualquier estado norteamericano, canadiense o europeo podría abstenerse de seguir criterios ESG?

Esta exigencia ha supuesto unos gastos muy significativos en todo el sector financiero, solamente para mantener cuota de mercado. Algunas gestoras en esta carrera por ser el más ESG del momento están siendo acusadas (incluso ya multadas) por green washing. Perdonen los lectores por el anglicismo. Este término, lavado verde, no es más que el uso de un marketing falso o engañoso sobre el cumplimiento del ESG de sus productos.

Otro tema interesante, que destacó mucho durante el año pasado, fue la prima que los inversores pagaban por compañías que tenían mejor cumplimiento de los criterios ESG. Esta prima en parte puede estar justificada si realmente las empresas están mejor gestionadas o más preparadas ante riesgos como el cambio climático. Sin embargo, yo me pregunto, cuánto de esta prima viene solo por los flujos que inevitablemente se dirigen a compañías ESG

Una reflexión que los inversores debemos hacer a la hora de invertir en este marco es si estamos siendo realmente de ayuda o parte del problema. Pongamos por caso la exclusión durante años de la inversión en compañías petroleras. Todos queremos un mundo que funcione sin contaminar, pero ¿es mejor cortar la inversión en energías contaminantes o ayudarlas a la transición con planes a largo plazo? En plena crisis energética es más fácil apoyar una transición ordenada, pero no debemos olvidar la presión de los gobiernos y medios de comunicación hacia la eliminación de las energías contaminantes.

Este mismo ejemplo nos sirve también para ver el problema de cómo medir estos factores ESG. Es más sencillo medir la huella de carbón que genera una empresa que el impacto social que puede causar. Esta crisis energética tiene una consecuencia terrible: la inflación. Si hay un enemigo del factor social es el empobrecimiento y las desigualdades sociales que trae. Somos ahora un 10%-15% (pongan ustedes la cifra) más pobres que hace un año. Tsmpoco es simple medir si los gerentes de una empresa lo están haciendo bien para los colectivos afectados por sus decisiones, los accionistas, los trabajadores y la sociedad. Y esta tendencia continúa. Ahora será obligatorio ofrecer a los pequeños inversores la alternativa de invertir o no según los criterios ESG, aumentando la demanda de inversiones que cumplan estos criterios.

Esto nos lleva a cómo definir lo que es bueno o malo. Las grandes compañías de rating tienen un nuevo gran negocio, ya que, en muchos casos, en especial cuando no se cuenta con una gran cantidad de recursos, serán los que dicten si una compañía es más o menos ESG. ¿Estarán de acuerdo todos los inversores? ¿Opinarán lo mismo los inversores chinos que los americanos? ¿Serán criterios acordes a la Iglesia católica o al partido demócrata americano?

Con este artículo no quiero decir que los criterios ESG no son válidos, pero sí quiero poner en duda una implementación muy rápida y simplista. Nos enfrentamos a años con un gran flujo legislativo, y creo que hay aspectos que deben abordarse seriamente y, a ser posible, lejos del mundo político, como el debate de desinvertir en sectores complejos frente a ayudar a transformar una industria o cómo deben de valorarse los derechos de carbono.

¿Debemos invertir en ESG? Es cuestión de tiempo que toda la inversión, al menos la que los agentes financieros presenten a sus clientes, siga ese camino. De momento, no está demostrado que hacerlo así aporte rentabilidad. Muchos estudios parecen indicar que sí, pero aún faltan datos más precisos y más a largo plazo para llegar a una conclusión clara.

De momento, me quedaría satisfecho con que los grandes inversores se centraran en el gobierno corporativo y fueran más activos en las juntas de accionistas y en la relación con las compañías en las que se invierten. Las gestoras son especialistas en empresas y en cómo gestionarlas, pero tienen menos experiencia en temas medioambientales o sociales.

Rafael Ciruelos es Socio de Diaphanum