Cuando las demandas se cuecen entre piezas de coleccionistas

Hay pequeños museos entre los muros de algunos bufetes. El arte crea ambientes distendidos y ayuda a romper el hielo con el cliente

La biblioteca de Pérez Llorca es un diseño del estudio Volta Arquitectura
La biblioteca de Pérez Llorca es un diseño del estudio Volta Arquitectura

Los abogados de Uría Menéndez terminan su jornada y el filósofo alemán Friedrich Hegel les dice adiós. No es el Hegel de carne y hueso, por supuesto; se trata de una composición del artista visual italiano Pietro Ruffo que corona la salida del despacho, una obra donde un ejército de libélulas perfila la cara del pensador alemán. En los últimos años, la apuesta por el coleccionismo de arte en algunas firmas de abogados del país ha repuntado. Cada vez son más comunes los bufetes cuyas oficinas parecen pequeños museos. En el caso de Uría, por ejemplo, sus despachos guardan una colección de más de 200 piezas, una recopilación que comenzó en 2005 y aún sigue viva.

En estas pequeñas galerías cada obra es seleccionada con mimo. Los departamentos de comunicación estudian con cuidado detalles como el prestigio del artista, su encaje en la colección o que transmita los valores del bufete antes de seleccionar una obra.

El objetivo de apostar por el arte es doble. En primer lugar, a los estudios jurídicos les interesa crear un ambiente de serenidad para el trabajo y la reflexión. En un segundo término, más de cara al exterior, es interesante causar la mejor de las impresiones en los clientes y enviar un mensaje de sobriedad y gusto por hacer las cosas. Entre obras de arte es más fácil negociar asuntos espinosos.

En Uría Menéndez, esculturas, óleos, arte gráfico y clips de videoarte son testigos mudos del día a día de los letrados. En su colección, explica la firma, la geometría y el conocimiento son el leitmotiv. Predominan los artistas españoles, portugueses y latinos. Algunos creadores noveles se mezclan con nombres consagrados, como el artista plástico Jaume Plensa –autor de la cabeza de niña gigante que corona la plaza de Colón de Madrid–, la fotógrafa portuguesa Helena Almeida o el pintor José Ballester.

Exposiciones

En la sede madrileña de la firma internacional Herbert Smith Freehills el arte también es protagonista. Las obras, explican en el despacho localizado en el barrio de Salamanca, ayudan a crear una atmósfera relajada, permiten romper el hielo y dar pie a “iniciar conversaciones interesantes con el cliente”, destacan.

Actualmente, en sus muros se expone de forma permanente la colección de acrílicos El poder de la palabra, de Carmen Pombo, artista cántabra que ha expuesto en ciudades como Hong Kong, Pekín o Dubái. La apuesta por el arte itinerante también repunta. En estos días el bufete británico muestra una selección de obras prestadas temporalmente por la Colección Adebarán, que incluye pintura, escultura e instalaciones de corte contemporáneo, con nombres de la talla de Jonathan Messe, Dubbossarsky & Vinogradov, Christian Schumann, Diego Santomé, Jhon Isaacs, Joan Benassar, Jose Dávila, Muntean Rosemblum, Pedro Barbeito, Thomas Scheibtz, Tom Burr, Won Ju Lim y Yuri Masnij.

Además, los bufetes de abogados, lugares donde transitan frecuentemente personalidades del mundo del derecho y empresarios, pueden ser el espacio perfecto para la reivindicación y la lucha por causas justas. En 2021, Herbert acogió la exposición Our Planet, de los fotógrafos Paul Nicklen, Aidan O’Neill y Cristina Mittermeier. La intención de la muestra, remarcan en la firma, era concienciar sobre la conservación de los fondos marinos.

Arquitectura artística

Quizás uno de los enclaves del mapa de la abogacía española que más se parezca a un museo sea el edificio Castelar, la emblemática torre que parece que levita sobre sí misma, localizada en el número 50 del Paseo de la Castellana, y que desde 2012 alberga la sede del despacho Pérez Llorca en régimen de alquiler. Pero, paradójicamente, este inmueble no alberga piezas de arte en su interior. Es más, la política de la firma es clara: mientras menos elementos decorativos, mejor.

Es así por una buena razón. Su filosofía, cuentan, es mantener los espacios diáfanos y las paredes desnudas para respetar la concepción original del edificio, creación del reconocido arquitecto Rafael de la Hoz y de Gerardo Olivares, explican fuentes del despacho. “El edificio es la pieza de arte”, apuntan, y no tiene sentido añadir “arte al arte”. Sobriedad y la elegancia son los factores representativos del lugar. El resultado son amplias estancias de piedra, espacios diáfanos e imponentes escalinatas.

Tesoros escondidos

El hombre que piensa. Una persona reflexiona en cuclillas en la plaza donde se encuentra la sede principal de Uría Menéndez en Madrid. Se trata de la obra Sitting Tattoo X, del reconocido artista catalán Jaume Plensa. En la piel de resina de poliéster de esta figura humana van grabados algunos de los valores del despacho: ética, excelencia, profesionalidad, solidaridad, generosidad o belleza. La escultura tiene como hilo vertebrador la dimensión del hombre y su relación con el entorno. Inaugurada en 2008, fue un homenaje póstumo a Rodrigo Uría Meruéndano. La colección de Uría cuenta con otra obra de Plensa, una cabeza en bronce de la niña Chloé que fue inaugurada en 2014.

Una peculiar biblioteca. Las estanterías de la biblioteca de Pérez Llorca conforman una de las poquísimas piezas de arte que aloja el bufete y de los pocos elementos arquitectónicos que se atreven a alterar la composición original del edificio. Obra del estudio Volta Arquitectura, quien firma el interiorismo del enclave, se trata de una estructura de estanterías alojadas en grandes láminas metálicas. A simple vista no parece una biblioteca; sin embargo, basta con perderse entre las columnas verticales para que los libros aparezcan con timidez.

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