Economía real frente a la financiera… Celsa y su destino

Su deuda está en manos de fondos, que quieren obtener ganancias del 500%, aunque la empresa tenga que cerrar

No hay más que acercarse a la planta de Castellbisbal (Barcelona) de Celsa para entender que se trata de una industria de verdad. Chatarra como materia prima, hornos eléctricos que se encienden a horas intempestivas para lidiar con el alza del precio de la energía, trabajos en planta duros, a pesar de todas las inversiones que se realizan… acería en estado puro, ni más ni menos. Y así es Celsa en todo el mundo, líder en la fabricación de acero largo: para los no entendidos, varillas de acero que conforman el alma del hormigón armado o para cables que soportan puentes. 120 centros productivos en 9 países, 10.000 empleos directos, 4.500 de ellos en España, 70.000 indirectos o inducidos, 30.000 en España. Es la empresa de capital catalán que más factura (más de 5.000 millones).

 

Para los que solo piensan en lo verde, Celsa es, pese a lo que se dedica, una de las empresas más sostenibles de España. Recicla 8 millones de toneladas de acero al año, una más de lo que produce, constituyéndose en el primer reciclador de acero de España y el segundo de Europa. Toda la producción de acero la hace mediante hornos eléctricos que producen nueve veces menos de dióxido de carbono que los altos hornos tradicionales. Y en 2040 será positivo neto, cuando se imponga en su cadena de suministro energético el hidrógeno verde.

Si su perfil industrial y medioambiental es impresionante, también es cierto que durante años ha tenido que pelear con ciertas dificultades financieras, aunque siempre cumpliendo con sus compromisos, siempre pensando en la continuidad de la empresa.

La compañía se ha ido ajustando con las sucesivas crisis que hemos padecido y la propiedad, familiar, se ha dejado la vida y la hacienda en asegurar su continuidad. Sirva como ejemplo que en los últimos 15 años la propiedad de Celsa ha reinvertido en la compañía todo lo generado, más de 1.700 millones, y por ello no ha repartido dividendo desde hace años.

Tras acometer una restructuración de deuda en 2017, lanzó un plan estratégico que ha ido cumpliendo como un reloj, atendiendo puntualmente con los pagos y covenants definidos… hasta que llegó la pandemia. El mercado se paralizó nuevamente, las ventas cayeron y la empresa entró en pérdidas.

Por eso pidieron ayuda al Estado, y recientemente la Sepi aprobó un paquete de ayudas, como no podía ser de otra manera, pues las ayudas están definidas para empresas estratégicas para la economía española. La protección de su actividad comporta un impacto socioeconómico positivo, no estaba en crisis a 31 de diciembre de 2019, y es viable a corto y medio plazo. Celsa, sin duda, cumplía con todas las condiciones.

Pero ahora Celsa, y la propia Sepi, se enfrentan a una situación muy compleja. Desde 2018 la empresa ya no debe dinero a bancos, sino a fondos. Los bancos acreedores, empujados por la dura normativa europea, vendieron los créditos a fondos especializados. Operación en la que los bancos perdieron mucho dinero, al venderlos con un fuerte descuento, algo muy frecuente en el sector.

Según el tipo de crédito, los fondos compraron cada 100 euros de deuda a 50 euros, o a 20. Y ahora esos fondos, que tomaron unas posiciones de ventaja, porque el sistema financiero es así, no están satisfechos con la devolución del 100% de lo que pagaron por la deuda con intereses más que satisfactorios. Piden mucho más, quieren obtener ganancias del 500%, aunque ello suponga poner en riesgo la continuidad de la empresa.

Los fondos quieren el dinero público y a la vez mantener el valor nominal de la deuda convertible, sin casi aplicar descuentos, acumulando un 10% anual, en un vehículo fuera de España, probablemente para tributar menos y también tener menor tutela. Administración central, autonómica, sindicatos, patronal, accionistas… lo tienen claro, están con Celsa, pero enfrente tienen fondos tremendamente profesionales a los que les ampara la legalidad, aunque no la razón.

Lamentarse no vale, algo hay que hacer para salvar un bien industrial tan notable como Celsa. La legalidad no puede quebrarse, porque la seguridad jurídica es básica para lograr dinero internacional, pero alguien le ha de explicar a Sculptor, SVP, Goldman Sachs, Golden Tree, Cross Ocean, JP Morgan, Attestor, Deutsche Bank y otros, que una cosa es lograr una excelente rentabilidad y otra cargarse una empresa por intentar un retorno imposible a cualquier precio. Lo malo es que los fondos son tan listos que hasta sacarían rentabilidad en caso de quiebra de la empresa.

José Antonio Bueno es Global Partner & Country leader de Metyis