La Agencia Tributaria y la excelencia

La AEAT no sufre los vaivenes de los cambios políticos con la intensidad sufrida por otros órganos administrativos

Me imagino que son de sobra conocidos los reparos que opongo en público a las circunstancias que rodean el ejercicio de la función de control por parte de la Agencia Tributaria. El conjunto desorbitado de potestades administrativas de las que dispone –su existencia no es culpa suya– le otorga una posición abrumadoramente dominante en la relación jurídico-tributaria, hasta provocar que resulte abrasiva para el contribuyente. De ahí mis reparos.

Sin embargo, como lo cortés no quita lo valiente, es obligado manifestar que lo anterior coexiste con una serie de características destacables presentes en el trabajo de nuestra Agencia Tributaria, como son la adecuada planificación de sus actuaciones, el uso inteligente de las nuevas tecnologías, la eficiencia en el empleo de sus recursos humanos… Todas estas facetas provocan que la entidad desarrolle sus funciones con un alto grado de eficacia. En especial, vienen a cristalizar en una más que óptima labor de información y asistencia al contribuyente y que tiene como expresión más representativa las brillantes campañas de renta que desarrollan reiteradamente. La de este año, una vez más, vuelve a ser un paradigma de la excelencia administrativa, un auténtico oasis en el panorama de la Administración pública española.

Es impresionante el variado conjunto de servicios que, mediante diversos canales, ofrece la AEAT como ayuda para que los más de 20 millones de contribuyentes del IRPF realicen su confesión anual ante la Hacienda Pública, siendo inimaginable el caos que supondría el cumplimiento de la obligación de declarar y autoliquidar el impuesto en ausencia de la extraordinaria labor que realiza la entidad. Suelo citar el magnífico ejemplo que constituye la llamada cita previa. Que tras la correspondiente solicitud de un contribuyente, la AEAT le cite en un lugar, día, y hora para que un funcionario público le asista en la confección de su declaración tributaria y que llegado el día y hora en el lugar previsto así suceda, es algo tan excelente que parece ciencia ficción en la práctica administrativa española. Solo por eso –en realidad, por mucho más– la entidad es acreedora a que se le considere la mejor administración tributaria del mundo, calificativo que suelo otorgarle en mis intervenciones públicas.

En mi opinión, son varias las circunstancias que hacen posible lo anterior. Entre otras, la ingente disposición de medios materiales y financieros dispuestos por la AEAT o el magnífico elenco de funcionarios públicos de los que dispone. Pero resulta especialmente relevante la concurrencia de otras dos que es conveniente resaltar.

La primera consiste en que, como excepción a la habitual práctica española, en la organización y en el ejercicio de su labor, la AEAT no sufre los vaivenes de los cambios políticos con la intensidad sufrida por otros órganos administrativos. Como es lógico, los cambios de Gobierno comportan sustitución de los equipos directivos de la AEAT, pero los que llegan, lejos de hacer tabula rasa de lo realizado por los anteriores, construyen nuevos avances sobre los logros previamente alcanzados, garantizándose así una positiva continuidad en la senda estratégica que recorre la organización. Bueno sería que se siguiera su ejemplo en otros ámbitos, en los que la costumbre es tejer por unos y destejer por otros lo tejido por los anteriores. La segunda está relacionada con la general impermeabilidad de la AEAT a la presión e influencia políticas. La dimensión técnica de los trabajos que realiza, la trascendencia económica de sus actos o la profesionalidad de sus equipos humanos, son elementos que se unen para impedir que, con una enorme generalidad, cualquier pretensión de influir en su quehacer diario y en sus decisiones esté condenada al fracaso. Esta imparcialidad en las actuaciones de un órgano que dispone de los espectaculares medios legales que tiene la AEAT para decidir sobre la hacienda de los individuos constituye un activo fundamental para la sociología fiscal española.

Son muchos, muchísimos, los contribuyentes que se consideran injustamente tratados por la entidad cuando sufren sus actuaciones de inspección fiscal o de cobro de deudas, pero son, poquísimos –y, además, suelen equivocarse– los que creen que la injusticia que consideran haber sufrido trae su origen en motivaciones improcedentes, sean de matiz político, empresarial o personal.

Estas dos características propias de la AEAT, continuidad en la senda estratégica e imparcialidad en sus decisiones, han sido, son y serán fundamentales para realizar algo tan extraordinariamente relevante como es aplicar el sistema tributario, tarea que proporciona cada año aproximadamente el 85% de los ingresos no financieros del Estado. Las críticas y quejas sobre los impuestos que integran dicho sistema, sobre cuantos son y sobre cuales son, no pueden ni deben dirigirse a la AEAT. Son otras estancias las que lo deciden. A la Agencia hay que reconocerle que suele realizar su trabajo excelentemente. Y en estas semanas de campaña de renta, lo hemos vuelto a comprobar.

Ignacio Ruiz-Jarabo es economista y exdirector general de la Agencia Tributaria