Europa en riesgo de colapso energético

Tras más de 80 días de guerra, es la primera vez que se interrumpen los flujos de gas ruso en Ucrania, que pueden comprometer hasta un tercio del suministro total a la UE

España en las últimas semanas ha logrado una victoria sin precedentes, con un acuerdo histórico para implementar la excepcionalidad energética ibérica, que va a permitir a España y Portugal topar los precios de gas, a una media de 48,8 euros por megavatio/hora durante los próximos 12 meses. Además de rebajar la factura de la electricidad, también contribuirá a reducir la inflación, teniendo un efecto positivo en cadena sobre el conjunto de la economía. Este acuerdo puede reducir un 30% la factura eléctrica de la tarifa regulada y supondrá una importante protección ante futuras subidas de los precios internacionales de la energía en un escenario geopolítico de enorme volatilidad. La Comisión Europea estudia ampliar esa limitación del precio del gas a toda Europa ante los más que probables problemas de suministro.

Nos debemos felicitar por la negociación llevada a cabo en la UE para el reconocimiento de esa “excepcionalidad ibérica” que permitirá a España y Portugal anticiparse y establecer ya ese tope, que inicialmente será de 40 euros/MWh y que ha sido aprobado formalmente en el Consejo de Ministros extraordinario del viernes 13 de mayo.

El gobierno de España sabe que este tope es solo un “parche” y que debe implementar la inversión en energías renovables, reduciendo la dependencia energética. Nuestro país intensificará la tan reclamada transición verde con 1.000 millones de euros adicionales para el Perte de Energías Renovables, Hidrógeno Renovable y Almacenamiento, y 500 millones más para inversiones relacionadas con el autoconsumo y el almacenamiento energético. Además, el Gobierno ha anunciado que está estudiando un real decreto para fomentar la eficiencia energética y el ahorro en los edificios y el parque móvil de las Administraciones públicas.

Todo esto se produce en un contexto internacional de incertidumbre y posible colapso energético. El operador del sistema de transmisión de gas ucraniano ha suspendido esta semana el suministro de gas a Europa vía Ucrania por razones de seguridad y afirma que la violencia del Ejército ruso, está impidiendo la distribución del gas por tierras ucranianas en condiciones de normalidad .

Ya han trascurrido 80 días de conflicto bélico, pero es la primera vez que se interrumpen los flujos de gas ruso en Ucrania. Esta paralización que se ha producido en la estación de la región ocupada por tropas rusas de Lugansk, puede comprometer hasta un tercio del suministro total que transita destino a Europa desde Rusia, reduciéndose en 24 millones de metros cúbicos en un solo día (pasando de 96 millones de metros cúbicos suministrados el martes 10 de mayo a descender a 72 millones de metros cúbicos el miércoles 11 de mayo).

Hay dos gasoductos que pueden verse afectados por estos cortes. El gasoducto Yamal-Europa, que pasa por Bielorrusia y Polonia, con capacidad anual de transporte de gas de 33.000 millones de metros cúbicos y el gasoducto Nord Stream 1 que conecta Rusia y Alemania y que tiene una capacidad de 55.000 millones de metros cúbicos.

El gobierno ucraniano ha culpado de la decisión a Rusia, alegando que no pueden garantizar la operatividad, reclamando que se desvíe el suministro a otro punto, aunque la empresa gasista rusa Gazprom ya lo ha rechazado por ser supuestamente imposible. Además los anuncios de Finlandia y Suecia para incorporarse a la OTAN puede aportar aún más inseguridad, ya que han sido rápidamente considerados por Rusia como una agresión a sus fronteras. Así el gobierno ruso ha señalado sin tapujos que “la expansión de la OTAN no hace que el continente euroasiático sea más estable y seguro” y que la respuesta de Rusia será contundente y dependerá “del grado de aproximación de la infraestructura militar de la Alianza a las fronteras de Rusia”.

En este contexto geoestratégico con una progresiva y preocupante escalada militarista, los anuncios de cortes de suministro energético ha añadido tensión a una Unión Europea excitada, especialmente desde el 27 de abril cuando Rusia cerró el grifo del gas a Bulgaria y Polonia. Europa que tiene como principal proveedor de petróleo, combustibles fósiles y gas a Rusia, ya ha prohibido la importación de carbón ruso, estudia restringir el petróleo (si el aliado húngaro Orban lo permite), y lo último en la lista de sanciones sería el gas. Aunque países europeos, como Alemania, no están preparados para poner fin a la dependencia del gas ruso, lo cual hace muy difícil una posición común.

Con el corte de suministro Rusia está chantajeando a la UE, con una violación de los contratos, intentando imponer un plan irregular de pago en rublos a través de terceras personas sin garantizar claramente los suministros y en el corto plazo el gas licuado no es una alternativa para sustituir de forma total el suministro del gas ruso, aunque si puede ayudar a aliviar parcialmente la dependencia energética europea.

La guerra en Ucrania ya ha afectado de manera significativa a la economía europea, con dinámicas inflacionistas en los mercados, incrementos de precios de la energía e importantes impactos en la cadena de distribución. Estos anuncios de corte de suministros energéticos ya están lastrando la recuperación económica tras la pandemia y se puede atisbar que el próximo “general invierno” puede ser muy duro y cruento, con posibles racionamientos en las calefacciones de los hogares y en la producción industrial. Por desgracia suenan tambores de guerra y el fantasma de la estanflación en Europa se acerca.

José Manuel Corrales es profesor de Economía y Empresa de la Universidad Europea