El futuro del sector del automóvil es crucial para toda la economía

La industria española del automóvil sigue atravesando un largo túnel en el que, de momento, no se vislumbra un pronto final en medio de una crisis desatada inicialmente por la pandemia de Covid-19 y agravada después por el desabastecimiento de semiconductores que vive el mercado, la crisis energética y las dificultades para importar piezas desde Europa del este como consecuencia del conflicto en Ucrania. Los datos del primer trimestre del año revelan una caída del 17% en la producción de coches, según hizo público ayer la patronal de fabricantes de coches, Anfac. En total, de enero a marzo han salido de las fábricas españolas 550.454 automóviles, con un descenso especialmente acusado, del 20%, en el tercer mes.

Pese a las malas cifras, desde la patronal se confía, por un lado, en la puesta en marcha del Perte del automóvil, así como en la capacidad de la industria española para avanzar hacia una profunda transformación impulsada por las exigencias europeas en materia de descarbonización, como también por la creciente competencia de países con costes más competitivos. Aunque tanto la pandemia, como la crisis de semiconductores, el rally de la energía y la guerra no están azotando únicamente a España, sino al conjunto de Europa, la industria española cuenta con dos barreras propias a la hora de competir en la cada vez más reñida carrera por atraer inversiones y adjudicación de nuevos modelos.

La primera de ellas es el hecho de que los grandes centros de decisión de las marcas del automóvil no están en España, lo que reduce el margen de maniobra de la industria para dibujar su propia hoja de ruta y endurece la lucha por ofrecer las mejores condiciones posibles para atraer los grandes contratos. La segunda es la necesidad de contar con un marco normativo más flexible, especialmente en el ámbito laboral, que permita al sector adaptarse a los cambios de ciclo, como también asumir en mejores condiciones retos como el exigente calendario de descarbonización que debe cumplir la industria en los próximos años.

Se trata, en conjunto, de un reto crucial para un sector que ha demostrado sobradamente en crisis anteriores su capacidad de sacrificio, su resistencia en la adversidad y su indiscutible profesionalidad, pero que debe contar también con un apoyo institucional suficiente para afrontar una transición que no solo es crucial para esta industria, sino para la conjunto de la economía española.