Pablo Casado a Díaz Ayuso: hasta aquí hemos llegado

La ambición sin complejos de la presidenta madrileña pone en cuestión el liderazgo del presidente del PP, acosado internamente y por Vox

 El presidente del PP, Pablo Casado (2i), durante la comida de Navidad del PP de Madrid, a la que han asistido entre otros la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (2d), el alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida (d), y Pío García Escudero
El presidente del PP, Pablo Casado (2i), durante la comida de Navidad del PP de Madrid, a la que han asistido entre otros la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (2d), el alcalde de la capital, José Luis Martínez-Almeida (d), y Pío García Escudero EFE

Isabel Díaz Ayuso está poniendo en serios aprietos a Pablo Casado y al conjunto del Partido Popular. Hasta ahora habían sido capaces de mantener las formas en público, pero esta semana han roto y se han enfangado como luchadores de sumo en medio de la Plaza Mayor. La presidenta de la Comunidad de Madrid se quejó amargamente de que el PP de su región suspendiera las cenas de Navidad del partido, esgrimiendo la expansión del coronavirus, y acusó a Génova de estar detrás de esta decisión que únicamente busca impedir que Ayuso utilice estos eventos como si fueran actos de campaña de primarias (¿contra quién?).

Pablo Casado, que no podía entender cómo su querida examiga le trataba directamente como si fuera Pedro Sánchez, no se mordió la lengua y le recordó que cien muertos diarios valen más que unas cañas con militantes.

A estas alturas ya es demasiado evidente que Isabel Díaz Ayuso aspira a sustituir a Pablo Casado, aunque verbalmente dijera lo contrario en la convención del partido. Sin embargo, ni hay primarias a la vista en el partido a escala nacional, ni hay razones objetivas para pensar que se vayan a adelantar las elecciones generales. Es más, este miércoles el presidente del Gobierno volvió a insistir en que agotaría la legislatura, que termina a finales de 2023. Tiene todo el sentido, no por normalidad democrática, como dijo él, sino porque las encuestas dicen que ahora tendría altísimas probabilidades de acabar en la oposición.

Entonces, ¿a qué vienen estas prisas de Ayuso? ¿Qué calendario maneja ella y sus asesores? No se entiende cómo no han avanzado en la unidad que quisieron proyectar en la convención nacional del partido y, sin embargo, se empeñan en una autodestrucción inesperada para el PSOE y gozosa para Vox.

El día a día interno en la sede central del PP debe de ser un infierno. Su principal ocupación debería ser fiscalizar al Gobierno y construir un discurso alternativo, que, a la vez, les diferencie de Vox. No es sencillo, pero la realidad es que Gobierno y Vox se lo han puesto fácil. Sin embargo, tienen que perder demasiado tiempo en apagar los incendios semanales de Isabel Díaz Ayuso y Cayetana Álvarez de Toledo.

El frente de las libertarias y el de Vox contribuyen a descentrar a Pablo Casado, tanto desde el punto de vista ideológico como mental. La coalición de Gobierno y sus aliados de aluvión generan cada día argumentos fáciles para que el PP pueda construir una oposición firme, propositiva y centrada. Es ahí, en el centro, donde están los votantes huérfanos de Ciudadanos y los desencantados con el PSOE. Es el contexto ideal para el PP, sin duda, pero anda enredado en batallas internas y con su spin-off (Vox). Lazos de sangre.

Pablo Casado tiene una gran oportunidad si recupera el discurso que pronunció el 20 de octubre en el Congreso de los Diputados, con ocasión de la moción de censura que Vox presentó contra Pedro Sánchez. Ha sido reconocido por propios y ajenos como el mejor momento parlamentario de Casado. Hoy tendría que decirle a Díaz Ayuso lo mismo que le dijo a Vox aquel día: “Acepto el órdago: es hora de poner las cartas sobre la mesa. Hasta aquí hemos llegado”. Se acabó el juego subterráneo.

Isabel Díaz Ayuso ha aprovechado la pandemia para construir una imagen de Madrid que choca con el resto de España, por eso no encuentra eco en sus compañeros de partido que gestionan otras comunidades, como Galicia, Castilla y León o Andalucía. Sin embargo, ese discurso populista (cañas y tapas a discreción), demagógico (rebaja de impuestos, que es una propinilla) y frentista (contra Sánchez, Casado, Almeida) ha calado dentro del votante conservador medio. Ya se sabe, ante enfermedades incurables uno se agarra al primer curandero que le vende una pócima milagrosa que cura hasta el cáncer.

Ese es el problema de Pablo Casado, que su examiga, la patrona de hoteles, restaurantes y cafeterías (horeca), gusta a los votantes conservadores, como quedó demostrado en las pasadas elecciones autonómicas de Madrid.

Por si eso fuera poco, en el partido manejan encuestas que comparan resultados electorales con Casado o Díaz Ayuso como cabeza de cartel y el resultado saca los colores al palentino. Por eso hay tantas voces dentro del PP que defienden el sistema de compromisarios en lugar del de primarias abiertas a todos los militantes.

Volviendo al discurso de Casado anti-Vox, encontramos un potente argumento en favor de Ayuso. “Los españoles de hoy y de mañana nos van a juzgar por la capacidad que demostremos de reunir fuerzas para ganar, para detener y revertir este verdadero trienio negro en el que el Gobierno ha sumido a España, desperdiciando los sacrificios que los españoles han hecho y usando otra crisis para dilapidar nuestra trayectoria de reconciliación, libertad y progreso. En democracia, reunir fuerzas es reunir votos, recuperar voluntades, renovar esfuerzos y buscar los grandes objetivos nacionales que queremos para España y sus ciudadanos. Lo demás es perder. Y perder significa que gobiernan otros. Los peores. Así de simple”.

Reunir fuerzas es reunir votos, es ganar. Ese es el gran capital de Ayuso frente a Casado, que seguramente se acogería a otra frase de aquel mismo día, también dedicada a Abascal: “Política sin complejos, sí, pero con cabeza”.

El PP se enfrenta abiertamente al dilema Ayuso versus Casado. El Gobierno de Pedro Sánchez podría ayudar a inclinar la balanza. Todos los países necesitan un buen ejecutivo, pero también una magnífica oposición preparada y presta a sustituirle. Los Gobiernos caen porque pierden elecciones o se deshacen por escándalos de corrupción. Cuando no hay alternativa, surgen los caudillos. Por tanto, ayudar al crecimiento de la buena oposición es también responsabilidad del que ocupa el poder. Da gusto ver cómo se manejan en Alemania.

Aurelio Medel es doctor en Ciencias de la Información y profesor de la Universidad Complutense